Icono del sitio 7 Certamen de Narrativa Breve 2010

138-Segunda ronda. Por Croqui

Hacía tres años que no veía a Nacho. Seguíamos en contacto, pero sólo por correo y, muy pocas veces, por teléfono. Él se había instalado definitivamente en Cuenca. Yo había vuelto a Madrid tras pasar una larga y extraña temporada en Londres que no me había servido para aclarar las ideas.

Conduje hasta tener delante las famosas Casas Colgantes, era la primera vez que las veía y no me parecieron gran cosa. Creo que me perdí durante el trayecto, suele ocurrirme. Tardé en llegar más del doble de lo que esperaba y pasé un cuarto de hora buscando sitio para aparcar. Mientras, pensaba en qué nos diríamos, en cómo nos encontraríamos el uno al otro. En cierto modo siempre lo había considerado como un hermano mayor. Tiene la misma edad que yo y no es muy alto, pero nunca ha repetido curso, no ha estado en paro, ni enfermo, ni indeciso o deprimido, con lo cual me lleva muchos años de ventaja. Cogí mi bolsa del maletero, no pesaba nada, estaba casi vacía. Me senté a esperarle en una tasca decorada para epatar a los turistas. Me dio tiempo a tomar dos dobles de cerveza y sentirme como un esnob al sorprenderme pensando que en ningún sitio los tiran como en Madrid. Me cuesta estar en ciudades pequeñas, cuanta menos gente haya, antes me angustio. Para mí un fin de semana en el campo es una experiencia asfixiante.

Cuando empezaron a pasar adolescentes dándose voces unos a otros y cargando con mochilas por la calle, supe que mi amigo llegaría pronto. A base de años de estudio había logrado recorrer los veinte metros que separan el último pupitre del aula y la mesa del profesor; daba clase de Historia en un instituto. El muy gilipollas se presentó dándome una colleja que hizo que se me derramase parte de la jarra que tenía en la mano. Era una vieja costumbre entre nosotros, ahora no tenía tanta gracia como cuando lo hacíamos en el parque del barrio. Me dijo orgulloso que ya no fumaba, se le notaba varios kilos más gordo. Se rió de la pinta que tengo desde que he dejado de llevar el pelo largo. Comentó que, al contrario de lo que suele salir en la tele, la mayoría de los chicos de ahora son mucho menos brutos que nosotros cuando teníamos su edad, recordamos algunas de las barbaridades que habíamos hecho entonces. Se interesó por saber de mi trabajo y si estaba saliendo con alguien. Me encogí de hombros, él ya sabe cómo soy, es el mismo gesto con el que le respondía cuando me preguntaba si había aprovechado los apuntes que me solía pasar fotocopiados semanas antes de cada examen cuando estábamos en COU. Nacho conocía al camarero y le pidió un plato de carne mechada, al parecer era lo que mejor hacían allí. A mí me daba igual comer una cosa que otra, tampoco supe apreciar el vino que escogió, era tan caro que no hice ningún intento de impedírselo cuando se ofreció a pagar la cuenta. Luego me llevó a su casa, un segundo piso de tres habitaciones. Hacía tiempo que no veía un apartamento así, ordenado, con libros en las estanterías y todos los muebles haciendo juego, salvo una cuna desmontada que le habían regalado sus padres para que se decidiera a darles un nieto.

Dormí una siesta y después me aseé, quise dar un paseo, aproveché para acercarme al coche y devolver el equipaje al maletero, ya en ese momento estaba decidido a volver a Madrid cuanto antes.

Cenamos a base de tapas. Fuimos a un bar de copas anticuado y cutre. Al llegar, nos fijamos en un hombre de unos sesenta años que iba medio mamado. Tenía el pelo tintado de negro y vestía pulcramente a la moda de veinte años antes, cada poco rato pedía a gritos otro cubata de Smirnoff con tónica. Estuvimos bebiendo hasta que llegó la novia de Nacho, trabajaba a algunos kilómetros de la ciudad. Era tan guapa como en las fotos. Se divirtieron advirtiéndome de lo dura que era la vida que me esperaba, entre hipoteca, pareja, familia, trabajo estable… Ellos parecían contentos aunque intentasen disimularlo. Les costaba estar más de un rato juntos sin toquetearse o darse besos, era algo incómodo para los tres. El sesentón estaba como una cuba, intentó agarrarse a una mujer con el culo gordísimo que se hizo la ofendida chillando exageradamente. El camarero le cogió bruscamente por las solapas y al arrastrarlo hacia la puerta me tiró la bebida, inmediatamente me trajo otra y nos pidió perdón. El individuo al que había echado se quejaba en voz alta desde la calle.

Fueron llegando algunos otros profesores jóvenes del instituto, alternaron con nosotros hasta que cerraron el local. Hablaban sobre películas que no he visto, libros que nunca leería y anécdotas profesionales que me resultaban ajenas. Trufaban su discurso con muletillas de jerga juvenil que seguramente habían aprendido de sus alumnos, en su boca chirriaban. A veces bailoteaban algunas de las canciones, me hacía sentir como cuando era pequeño y mis padres salían a la pista en alguna boda. Pronto empezaron a utilizar conmigo el tono condescendiente que seguramente reservaban para los chicos a los que daban clase. Me sentí obligado a participar de su conversación, se me ocurrió contar una anécdota que había escuchado a un compañero de piso en Londres como si hubiera sido yo quien la hubiese protagonizado, fue bastante bien recibida, lo que me permitió pasar el resto de la velada sin tener que decir mucho más. Podía limitarme a escuchar y asentir educadamente. Un profesor de Educación Física que llevaba la cabeza afeitada para disimular lo que ya eran algo más que entradas quiso saber cómo consigo mantener tan buena forma. Suelen preguntarlo cuando me quedo en manga corta, resulta halagador, pero también algo embarazoso. Mi respuesta tipo es, no fumo, no bebo y procuro llevar una vida ordenada. Generalmente tengo que dar un trago al vaso, o una calada al cigarro que casi siempre llevo en la mano para subrayar la ironía, pero en este caso todos entendieron inmediatamente la broma, supongo que habían oído hablar de mí. Mientras apagaban las luces del local, mencioné el incidente de la copa derramada, resultó que todos conocían al hombre que me la había tirado, al parecer frecuentaba los bares cada vez que tenía algo de dinero en el bolsillo y solía terminar haciendo el ridículo. No había ningún otro sitio adonde ir, me sentí tan aliviado de terminar con aquel aburrimiento que ni siquiera me molestó el hecho de que allí las veladas sociales no durasen lo suficiente para que el alcohol empezara a notarse en las sienes.

Nacho me ofreció pasar la noche en su casa, decliné su invitación al ver la cara que puso su novia. Mentí pretextando que tenía una habitación reservada. Cuando me preguntaron dónde, tuve que hacer memoria para recordar el nombre de alguno de los hoteles que había visto por la tarde. Me acompañaron hasta la puerta, pero intuyo que él sabía perfectamente que yo no soy de los que hacen reservas. Se despidió de mí dándome un abrazo, me dijo con mucha solemnidad que me cuidase, que esperaba volver a verme pronto. Parecía como si me hubiesen asignado una misión suicida a la que me hubiera ofrecido voluntario. No supe qué contestar. Nunca he sido voluntario para nada. Bajé la cabeza haciéndome el compungido, mirándole de reojo. Cuando él hizo lo mismo, le lancé una de mis mejores collejas en años. Su novia se asustó tanto que hasta dio un salto hacia atrás, cuando nos vio reírnos mientras él se frotaba la nuca con una mueca de dolor sólo a medias fingida, se unió a nuestras carcajadas.

Mientras mis amigos se alejaban, empezaron a oírse gritos destemplados. Era el hombre del pelo teñido, estaba presumiendo de que se iba a ir de putas, pero no parecía lo bastante sobrio para follar. Le vimos al final de la calle, se paró bajo una farola y vomitó sonoramente todo lo que había bebido. Luego se perdió discretamente en la oscuridad, intentaba recomponerse, mantener el paso tan firme y digno como le fuera posible. Nacho y su novia se despidieron de mí con la mano en la distancia a la vez que se burlaban abiertamente de aquel personaje patético. Les devolví el gesto y me quedé mirando cómo se iban andando cogidos por la cintura hasta que torcieron una esquina. Me esforcé por alegrarme de verlos tan felices

Pensé en ir a dormir al coche, pero no tenía ni idea de cómo llegar hasta donde había aparcado. Entré en el hotel. Probé con cada tarjeta de crédito que llevaba, finalmente el recepcionista aceptó una de mala gana, no creo que tampoco ésa tuviera fondos. Me dio a cambio la llave de una habitación, ni siquiera subí para verla. Entré directamente en el bar a comprar tabaco, a esa hora sólo podíamos acceder los huéspedes. La tele estaba sintonizada en un canal de vídeos musicales con el volumen al mínimo. Había una mujer mayor que yo sentada en la barra, luego supe que era viajante comercial, tenía desperdigados por el suelo de su habitación un montón catálogos y muestrarios de azulejos para cocina. Llevaba la sombra rosa de los párpados cuarteada y las cejas de un color diferente al del flequillo que le enmarcaba la cara. Sólo me acuerdo de sus ojos, es porque empezamos a intercambiar miradas antes de estar completamente borrachos. El camarero vestía un chaleco rojo que le daba el aspecto de un mono amaestrado. Me preguntó qué iba a tomar. No me quedaban más que unos cuantos euros en el bolsillo. No tenía pensado seguir bebiendo, hasta que reparé en que podía hacerlo a cuenta de la tarjeta que había entregado en el mostrador de la entrada. Pedí Smirnoff con tónica, quise probar aquella mezcla.

Los primeros tragos me resultaron amargos. A partir de la segunda ronda no me supo a nada

 

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