Después de golpear a mi hijo, puedo hacer casi cualquier cosa. Es habitual, sin embargo, verme deambular por la casa, encender un cigarro o beberme medio litro de agua. Sin remordimientos. Sin sobresaltos.
Los días no son iguales si no golpeo a mi hijo. Algo como una rutina lo invade todo, una línea recta, un vapor, un extenuado paisaje se yergue ante mí si no veo sus lágrimas, sus lamentaciones, sus gritos, sus apagados espasmos. Puedo, incluso, leer el diario, sobre todo las páginas deportivas, algún suceso internacional de relevancia para luego comentarlo con mi suegro. Ellos: mi suegro, mi suegra, los hermanos de mi mujer, saben que golpeo a mi hijo. La casa es demasiado pequeña. El pasillo, demasiado estrecho. Pero nada dicen. Nada acotan. Temen que también los golpee a ellos, creo. Aunque mi suegro es un hombre corpulento, no sé, tal vez un día se llene de valor y me pregunte, me pregunte por qué golpeo tanto al «niño», a su «nietecito», ya sabemos esas ternuras inabarcables de las que son capaces los abuelos.
No existen causas justificadas o injustificadas cuando se golpea a un niño. Se le golpea y ya. En mi caso, no obedece a un ansia educacional. No siempre se trata de corregir una conducta, un mal hábito, una mala respuesta, una insubordinación. No. De igual manera lo puedo golpear si se come toda la comida, si se duerme temprano, si dice adiós, si tira un beso o abraza desmesuradamente a alguien. Sobre todo cuando abraza desmesuradamente a alguien. Me aborrece verlo abrazar desmesuradamente a alguien. Todo ternura. Todo candor. Todo «niñohermosomiraquebienseportasipareceunhombrecitoetc.».
No sé cuándo comencé a golpear a mi hijo. Es habitual encontrar a ciertos padres que te confiesan que todo llegó con una infidelidad, una frustración, un odio, una impiedad de repentina aparición. Siempre una justificación, una hora, un día, un mes preciso. En mi caso, debo decir, se difumina en mi memoria, pero creo advertir que todo comenzó con la ampliación de la casa. Elena estaba eufórica. Quería celebrar. No todos los días una casa se amplía, se convierte en un hogar verdadero, con sus justas habitaciones, el baño impecable, la cocina aún más impecable, el patio inmensurable. Felices ambos, fui hasta el cuarto del niño: a besarlo, a contagiarlo de nuestra felicidad y, aunque estaba dormido, profundamente dormido para recrear una de esas frases vacías tan en uso hoy, creo recordar que sí, que fue allí la primera vez. Sin remordimientos. Sin sobresaltos. Sin furia. Sin incrementos significativos de adrenalina, serotonina o emociones secundarias. Lo golpeaba sin prisa, rítmicamente, sin crescendos ni vivaces, con pleno dominio de mi respiración: inspiración profunda/ golpes mesurados/ contundentes/ bien distribuidos/ espiración pausada, como la de un yoga en profundo estado Zen.
Después de golpear a mi hijo —no siempre—, he comenzado a sentir unos deseos inviolables de golpear a Elena. Es cierto que está embarazada y que en estas circunstancias será difícil convencerla de mi necesidad, pero creo que todo matrimonio debe conversar, dialogar y comprender aun los asuntos más escabrosos, como este, por ejemplo.
Esta breve declaración, o confesión —sin remordimientos, sin sobresaltos—, la hice ante el juzgado, y aunque Elena, mis suegros y el resto de sus familiares se mostraron retraídos e inclementes, sobre todo inclementes, me alegró ver a mi madre y a mi padre tan preocupados, y sobre todo las lágrimas de mi hijo: todo ternura, todo candor, todo «niñohermosomiraquebienseportasiparece-
unhombrecitoetc., quien reclamaba el abrazo de su padre, entre otras idioteces tan propias de los niños bondadosos como él.