Abro los ojos, parpadeo unos instantes, los cierro.
Abro los ojos progresivamente, casi con deleite. Las pestañas se despegan y la pupila emerge de la oscuridad a la luz. Amanece.
Parpadeo unos instantes. Luces y sombras ondean a media asta, ligadas unas a otras cual código de barras. Rítmicamente, las más claras son vencidas. Atardece.
Los cierro pausadamente, con descanso, con aplomo; como despedida de un absurdo. Un manto negro cubre el horizonte. Anochece.
Trazo sobre mí líneas que me fraccionan y reparten. En vertical unas, en horizontal otras. Van dando forma a mi esqueleto, componiendo mi estructura. Coloco en cada una de ellas el día, la tarde, la noche, con distancia, con cadencia; siguiendo una secuencia cíclica y equilibrada, distinta y certera.
Tres colores ocupan mi espacio repartidos indistintamente. Azul, marrón y verde. Con claridad observo que el azul destaca cubriéndome por completo, dotándome de vida. El marrón se acomoda y expande, mientras que a instancias de él nace el verde.
Salpico con ellos la sólida estructura que voy formando sobre el vacío donde todo queda en suspenso, todo es infinito.
Crean un orden compacto y férreo, poblando la existencia. Dejo brotar la energía – aplicando la Hipótesis de Gaia -, y permito que ésta se repliegue sobre mí para engendrar a la Madre Naturaleza: ahondando simas, abriendo volcanes, extendiendo la estepa, esculpiendo cordilleras, allanando caminos, recortando cabos, dando profundidad a los océanos, creando arroyos, encauzando ríos, despoblando el desierto, desplegando el manto celeste que corona el cielo, colgando de él estrellas y luceros; generando vida.
El astro sol refleja su luz en mi cuerpo líquido, azulado. Me cruza, abarca, rodea, poniendo con ella principio y fin a cada día.
La luna, enamorada insomne, jovial Selene, sonríe de lado cuando crece, cuando mengua. Desaparece si se vuelve vergonzosa por creerse nueva, para luego renacer altanera y brillante como ninguna; completa y llena.
Las estrellas y constelaciones hacen divertido el tránsito de la luz por el silencio, en este universo de brillos y sonidos ausentes donde yo me alojo; colgada de un hilo de seda con herraje de nácar.
La naturaleza fluye trazando sus leyes. Se adapta al cambio, evoluciona. Puebla y florece bajo la gélida escarcha, bajo el dulce sol de agosto, bajo el agua que de la tierra mana; creando un lustroso manto de flores blancas, violetas, amarillas y malvas.
Los árboles agradecidos, extienden al cielo sus ramas dejando fluir la savia vital que les estimula, acariciando con la punta de sus hojas la horquilla celestial que los protege y guarda.
Los animales surgieron de un cataclismo, de una fórmula desconocida y ponderada; irrepetible y única. Quedaron exentos de racionalidad, vástagos mudos de una prole atávica, dotados de instinto, carentes de intelecto.
Y por fin la humanidad nació de mi unión con Urano, tras una prolífica transformación de bestias errantes (cíclopes, gigantes, titanes) en seres vitales dignos de raciocinio. Animales evolucionados gracias a la palabra. Organismos dotados de conciencia, capacidad de elección, conocimiento de sí mismos, de otros. Seres humanos, entes sociales poseedores de estados emocionales latentes y cadentes, son el colofón de mi obra.
Biosfera, atmósfera, océanos y tierra componen una desbordarte fuente de energía en continua transformación, amparadas en el sagrado equilibrio entre ying y yang.
Este matrimonio dual, esta unión de fuerzas opuestas y complementarias, abonan la vida en el planeta por mí gestado, concediendo a sus habitantes el potencial divino de la reproducción y adaptación a los cambios que sufren mientras evolucionan.
Soy la Anciana Madre Tierra que vela eternamente por su ancestral descendencia, manteniendo el complejo equilibrio que permite la vida. Agotada de emanar el principio creador en mi perpetua andadura, os cubro de bendiciones que guíen vuestro camino y me permito ahora descansar; para ello: abro los ojos, parpadeo unos instantes, los cierro.