Icono del sitio 7 Certamen de Narrativa Breve 2010

216- Arcón de odio. Por Anny Zetto

Para un tipo solitario y huraño como él, la fuerza de la costumbre había acabado por convertirse en rito, como si necesitara de la reiteración de gestos y de horarios para sentirse arropado y seguro, cotidiano, a salvo en un mundo hostil hacia su persona y su desvencijado ego. 

Hacía tiempo ya que cada día de su cotidianidad era un perfecto clon del anterior, sin el menor resquicio de novedad o cambio, ni siquiera en lo más nimio. Cada acción la llevaba a cabo a su hora exacta, cada cosa emplazada en su lugar concreto, pautada, milimétricamente. Esa pulcritud en el detalle, esa repetición de acciones, esa simetría en la ubicación de los objetos eran el único y poderoso sostén de su sosiego. Las toallas del baño perfectamente dobladas y estiradas en el toallero: a la izquierda la beige, a la derecha la blanca; la colonia y la espuma de afeitar con la marca del producto –siempre el mismo- mirándole a los ojos, la una detrás de la otra; el dentífrico y el cepillo dental, callados frente a frente en el ruedo del vaso, cabeza arriba, sobre la mustia  soledad de la repisa; el despertador, digital, concienzudo y exacto en perversión de guiño; la lámpara impertérrita; el lifting matutino e incruento al edredón nórdico; la meticulosidad kafkiana del desayuno; la salida a la calle, siempre con el pie derecho; tomar –siempre como último pasajero- el autobús hacia el trabajo; leer los árboles; recontar los semáforos y, al caminar las calles, empezarse a preocupar por el maldito desorden sónico y el bullicio gestual de lo asimétrico. 

Había oído decir, más de una vez, que tan reiterativas y metódicas acciones terminaban por acomodarse en la antesala de un siquiátrico, abrochadas a la camisa de fuerza de una perversión psicopatológica. 

Tonterías, –pensaba Hermógenes- a esos insufribles teóricos de la mente quisiera verlos él reaccionar ante una experiencia de vida como la suya.  La pérdida tan temprana y tan profunda –en la impericia médica de una simple apendicitis- de su añoradísima madre, le despertó de golpe a la inhóspita realidad de un mundo adulto, mientras le emborronaba el alma neonata a un niño de seis años. Porque su padre, a partir de entonces, hizo por él lo que pudo o lo que supo, sin saber si supo o si pudo hacer más de lo que hizo. Hasta que el alcohol interpretó en su nombre una mazurca oblicua de cipreses. Desde luego, lo que no supo nunca hacer aquel hombre -actor mediocre- fue interpretar, siquiera como figurante, el papel comprensivo de una madre. 

El Seminario –con trece años y un día- trató de imbuirle en la doctrina de lo místico, del creerse y crearse un más allá que le aliviara un más acá destartalado; pero su dolor creció tan retorcido, que se lo guardó todo intacto en un arcón de odio secular, bajo una llave herida de silencios. El mismo arcón que, por grande, cobijó poco después otras experiencias de túrbida prosodia, como los insanos manoseos investidos de presunta candidez del hermano confesor –tan rosáceo como orondo- a solas y en atmósfera inusual con aquélla parafernalia de cirios y de inciensos.

 Lo de Marina, su ex novia, fue otro golpe bajo, aunque distinto. Una mala experiencia en el amor es susceptible de cegar a cualquier mortal que a sus labios de carmín se asome. Aún así enterarse, al cabo de unos pocos meses, de que su sensual Marina atendía no mucho antes por Mariano, factor de RENFE, le mantuvo por un tiempo al borde del precipicio de ese arcón de rencores donde guardaba, sin aparente fecha de caducidad, las esquirlas atormentadas de los suicidios. Allí se le aparecen y se le agolpan un millón de dudas todavía, susurrándole en las noches de insomnio. 

 Demasiada adrenalina amarga y picuda hasta para un huérfano prematuro, ex seminarista, metódico, bajo, calvo y de provincias, con vocación tardía de ferroviario del siglo XXI. 

Aquel arcón –de por sí grande- se le iba agrandando más y más a medida que crecían sus vivencias por esos mundos hostiles; y por mucho que aposentaba duelos y desgaires en aquel alma de conciencia oscura, seguía habiendo espacio todavía para más y más congoja. 

Entrar, por oposición, en la Red Nacional de Ferrocarriles del Estado supuso para él un apreciable alivio de luto, ya que al cabo de pocos años consiguió por fin la ansiada plaza de maquinista. Y es que allí, la soledad de su cabina de mando, sin compañeros chismosos y suspicaces, la reiteración matemática de horarios y frecuencias, y el viaje a través de un mundo férreo y unidireccional encauzado en raíles, le aportaba a su mente monorrima las dosis imprescindibles de tranquilidad y de sosiego. 

Hasta que Celso, el broker, -¡maldito hijo de mala pécora!- se fugó con sus ahorros en acciones preferentes al diez por ciento libre de impuestos, las suyas y las de otros tantos incautos como él que, cegados por la avaricia, olvidaron la sabiduría popular del refranero, en lo relativo a duros y a reales. Eso, y las apreturas hipotecarias sobrevenidas por la falta de efectivo, le traían acogotado y al borde del marasmo. 

Nada –pensó- nada tenía que agradecerle a este ingrato mundo de los vivos, mientras controlaba las riendas de un pura sangre de acero con nombre de pájaro y tecnología punta, a doscientos cincuenta kilómetros por hora, trotando por la árida Meseta, camino de Madrid. 

Y siempre por culpa de seres tan mezquinos como aquellos viajeros que transportaba a su grupa, repanchingados en sus asientos de cómodo desdén, entre los que podía imaginarse –seguro- a médicos de pulso errático, padres con manos firmes pero sin vocación, sacerdotes con vocación y manos firmes pero malditamente impuras, o Marianos ataviados de Marinas mintiéndole al corazón la verdad de su entrepierna. Todos leyendo ávidos la prensa, o presumiendo de móviles, o dilapidando su tiempo en agendas personales y ordenadores portátiles, tras un rictus inequívoco de triunfadores al uso que les engreía y engolaba de auto ego, como a dioses de un Olimpo de papel social o de papel moneda, tan falsos como el mismo Celso, el bróker

-¡Malditos imbéciles!- rumió entre dientes, inyectados sus ojos en inquina, mientras aceleraba el tren con rabia hasta su más férreo galope. 

La cercanía de la estación de Ávila le conminó en voz alta a decelerar la marcha, pero Hermógenes -por  primera vez en su vida de estricta sumisión- se iba a atrever a desobedecer un mandato y a comulgar -también por vez primera- con el diablo vigoroso de la adrenalina del miedo. 

La noticia en primera página de “El Norte de Castilla” aparecía obligadamente escueta y contundente: “AVE Valladolid – Madrid, choca violentamente con mercancías detenido en estación de Ávila. Cuantiosas víctimas”. 

Hermógenes volvió de pronto en sí, sobrecogido, optó por cerrar su periódico mental rápidamente, abrir los ojos, palpar la realidad y apretar con firmeza la palanca del freno. La adrenalina pasó a ser entonces relincho de alazán, por la inercia del frenazo, y un griterío de pánico se desató en los vagones a sus espaldas, colmatando la atmosfera de insultos e improperios -hacia él y sus progenitores- en un improvisado orfeón de viajeros. 

-¡Pandilla de cobardes! masculló Hermógenes- si os acabo de perdonar la vida. ¿Y así me lo agradecéis, imbéciles? 

Pero inmediatamente tornó a lo suyo. A sufrir callado la histeria de su historia, a seguir atesorando silencios en ese arcón obtuso, a alinear ideas, cepillos de dientes y toallas y –en último término- a limpiar el polvo a su colección callada de venganzas, que hacía tiempo tenía desatendida, con sitio también en aquel arcón sin nombre, grande y silencioso, en el fondo intemporal de su trastero de alma. 

Y es que ése minuto, esos escasos segundos de desobediencia consciente, de intromisión diabólica, acababan de despertar en él una extraña querencia por volver a saborear los desfiladeros del miedo. Del suyo sí, pero también del de los otros, por una única vez, pero sentando un peligroso precedente. 

El inequívoco sabor de la venganza, frío, paciente, meditado, curvo, delicioso… 

Y prorrumpió en una estruendosa carcajada, mientras aposentaba delicadamente el M-8R-V 527 en los andenes de Chamartín, ahora que ya sabía dónde encontrar  la llave inexistente con que abrir -para enmendar- aquel arcón ficticio de perversidad con hielo. 

-Tal vez mañana… ¿por qué no? mañana, sí, mañana con el AVE de regreso a Valladolid… ¡ja ja ja ja ja!

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