Desde el comienzo todo salió a pedir de boca. Los cuatro toneles metálicos pintados de anticorrosivo lucían impecables. La cabuyería, los remos de aluminio, las tablas calafateadas, dos sábanas blancas y una brújula checoslovaca completaban los pertrechos, además del maní garapiñado y un garrafón de agua potable. El montaje fue rápido y eficaz, con la ayuda de un planito meticuloso. Incluso la vieja camioneta Dodge, en cuyo alquiler invirtió sus últimos ahorros, cubrió el trayecto hasta la costa norte sin chistar. Antes del amanecer se lanzó al mar en su balsa bien equipada; voy cuesta arriba, dijo mirando al cielo: los números están conmigo. Pero varios días de viaje no fueron suficientes para olvidar. Bajo el sol del quinto meridiano lo asaltó el recuerdo de aquellos hombres blancos, peludos como arañas, acuchillando vientres por doquier para luego hacer fuego hasta del bahareque mayor, con todo y ancianos adentro. Cada vez que paraba para descansar, le parecía percibir los gritos de pánico rebotando en el bosque y hasta un denso olor a cuero calcinado. Estaba perdido, nervioso y sediento pero todavía vivo, gracias al invencible Atabey de los taínos, murmuró levantando los brazos sobre su pintada cabeza. No le resultaba tan molesto el grillete en el tobillo derecho como que las moscas le anduvieran rondando las llagas del látigo, así que se detuvo en el primer arroyadero y tras enjuagar profusamente sus heridas, preparó un emplasto con yerbas de ribera y miel de güira. Fue cuando se escucharon de repente, cual mbembo de la condenación, los ladridos de los perros rancheadores. De nada sirvió la mucha reserva sobre su fuga del barracón, ni el haber emprendido camino a favor de los vientos; ahora sólo le quedaba muy poco tiempo para alcanzar el pantanal. Se puso en marcha de un salto pendiente abajo, mientras el fragor de la manada se crecía. Unos atajos más y la ciénaga comenzó a insinuarse entre charcas pútridas y nubes de mosquitos, justo a tiempo para hundírsele a fondo. En un momento doce canes pingorotudos rastreaban la orilla, mientras el fugitivo apenas si podía respirar con el agua hasta las bembas detrás de las raíces del manglar. Esperaría el momento propicio para salir, si es que algún cocodrilo no descubría antes el manjar de sus temblorosas nalgas carabalíes, no quiera Yemayá señora de los ríos. Me lo contaba mi padre la otra noche en la terraza alta de su residencia de Miramar, habano anillado entre dientes y recalcando los hechos con su mano de hablar, manca hasta el antebrazo.
A pesar de los buenos augurios que sugirió un comienzo casi perfecto, hacia el final del segundo día en el mar todo le vino en contra. Poco después de perder el arpón ahuyentando una cuadrilla de tiburones, comenzó a levantar un viento como de borrasca. Enseguida revisó los amarres que unían el piso con la estructura flotante, se aseguró de que la jaba con el maní garapiñado estuviera a salvo de las olas y de que el garrafón de agua potable no pudiera moverse; arriba, nubes muy cargadas dejaban entrever los primeros relámpagos. Claro que nada habría sido peor que morir de hambre o cagaleras negras, como tantos de los paisanos reconcentrados. Tras el fallecimiento de su última hermana, apenas si pudo reunir las pocas fuerzas para intentar la huida. El único lujo que se dio durante la marcha fue mirar un par de veces el escapulario que usara en vida su madre; de otra manera no hubiera podido desandar tantas leguas. Si de algo se arrepentía era de no haberse integrado desde el inicio a la insurrección mambí. Ahora tendría que hacerlo con retraso y en calidad de refugiado macilento, aunque estaba seguro de poder revertir el tiempo perdido en cuanto le asignaran machete y encomienda, pensó mientras se arrellanaba para dormir un rato entre las generosas raíces de una ceiba. Las muchas horas que estuvo allí tendido no podía recordarlas, pero tenía claro que los sucesos habían ocurrido en muy poco tiempo: el inicio de la protesta en el central azucarero, el arribo de los sicarios, la represión desenfrenada y el Chevrolet negro en que lo habían metido a empujones aquellos sujetos de lindas guayaberas. Después un breve silencio hasta las afueras y el disparo en la cabeza, junto a la cuneta. Por fortuna la bala, sin derramar mucha sangre, había ido a parar a la base de la oreja izquierda, donde podía palparse con mucho dolor. Mientras se internaba tambaleante en un palmar cercano, echó a llorar cuando recordó el enjambre de hormigas que le carcomía el orificio de entrada del proyectil; pero pudo reponerse por completo y dar gracias a la providencia también por ello. Entre tragos de Chivas Reagal y su peregrino relato nos había cogido la madrugada en la terraza de mi padre, otrora ingeniero destacado de la industria sideromecánica y luego, durante los años finales de la Revolución, vendedor de croquetas de gato previo invento de un artefacto con rondana para cazar felinos, que todavía andaba tirado por ahí –no lo sepa mi madre… Ahora, como gerente de una cadena de frigoríficos americanos en el renovado puerto de La Habana, el viejo intentaba congelar el tiempo para hacer escarcha de mi decisión política. Y lo hacía invocando los fantasmas de la historia.
Las ráfagas de lluvia se estrellaron con fuerza sobre su cuerpo. Abrió los brazos y la boca aprovechando aquella ducha gélida. El agua lo empapó, arrastrando las sales acumuladas en cada pliegue y permitiendo que los poros volvieran a respirar. Pero entonces la balsa comenzó a moverse de un modo insólito, como tirada en cualquier dirección por cuerdas invisibles. Luego de muchos vaivenes llegaron los mareos y las tripas revueltas, mientras el Estrecho de la Florida engordaba a toda prisa. Las subidas hasta las crestas de las olas fueron un consuelo enajenante, dulce paseo que le permitía tocar las nubes con las manos; pero los descensos eran vertiginosas caídas libres que lo sepultaban en vida entre las paredes de un mar acerado. Media hora después sólo quedaba de él un ser convulso de piernas entreabiertas, una de las cuales tuvo la sensatez de amarrar fuertemente a los toneles flotantes. La mar se llevó el maní garapiñado, la brújula checoslovaca y toda el agua de beber. Nada de trapos blancos para el sol ni remos de aluminio, además de mucho daño en las amarras del encuadre. Sobre tales restos y a la deriva se preguntó, en cuanto pudo volver a pensar, cuáles serían sus posibilidades entonces. Pero la incertidumbre duraría muy poco. Se consideró dichoso de no haber muerto en la emboscada del día siguiente al desembarco y tocó el oro de la Virgen del Cobre sobre su pecho; los expedicionarios sobrevivientes al ataque andarían dispersos por allí, con la idea del reencuentro en las lomas. Por el momento, más le valdría salir de aquel inmenso cañaveral con sus dos compañeros de marcha. Ahora el avión militar llegaba casi de frente, vomitando metralla: de cabeza al suelo, a cambiar de posición en cuanto pasara y a ocultarse otra vez entre las cañas hasta que, tras varias rondas, la nave emprendió una retirada de muy poco fiar. La noche fue una bendición a pesar del frío, y en los días siguientes pudieron hasta bien comer un par de veces gracias a los guajiros de la zona. Los peores momentos fueron quedando atrás, y el alma le regresó al cuerpo sabiéndose cada vez más cerca de las primeras cuestas de la Sierra Maestra; sólo desde allí comenzaría la guerra, pensó. En pocas semanas gente de muy diversos credos, oficios y raleas hallaron el camino del ascenso. Desde estudiantes capitalinos hasta un negro llagado y temeroso de los perros; lo mismo empleados de tiendas que cierto joven con una bala en la oreja izquierda; albañiles, maestros, obreros y hasta un indio medio loco que juraba llevar siglos perdido. Y en pocos meses bajarían todos juntos, tomados de las manos; el muchachito que sería mi padre los recibió junto al pueblo en muchedumbre a su entrada en La Habana. Pero casi treinta y tres años después el destacado ingeniero sideromecánico pregonaría a voz en pecho un flamante hallazgo: muy pocos de aquellos barbudos volvieron a la vida por donde mismo habían subido. Entonces se deshizo de su militancia revolucionaria y dijo que no cometería el mismo error, porque quizá más importante que alzarse era saber retomar la senda. Ya era muy tarde para discusiones irreconciliables, así que me empiné los restos del último whiskey y dejé la poltrona para darle un beso de despedida: bello intento papá, la he pasado muy bien, le dije antes de abandonar su residencia de Miramar masticando un pedazo de langosta con mayonesa. Eran casi las tres de la mañana. Subí a mi automóvil solar, conecté el modo de batería y me vine a casa.
Pasado el mal tiempo se incorporó lentamente, reajustó como pudo los restos de la balsa y comenzó a remar con una mano, medio aturdido todavía. La dentellada tajante de un escualo tenaz lo acabó de despabilar y se vio de súbito dando gritos, con un brazo mutilado y sangriento a todo lo alto. El pavoroso espectáculo fue avistado desde un guardacostas americano que merodeaba las doce millas náuticas, salvándolo tanto de una muerte segura como del retorno obligatorio a la Isla, vigente para los que fueran interceptados en alta mar desde los tiempos del presidente Clinton; luego de los primeros auxilios en la enfermería del buque, fue trasladado a un hospital militar del sur de la Florida. Justo allí conoció a mi futura madre, una enfermera cuarentona ansiosa por reproducirse lo antes posible. Y claro, no corrieron el riesgo de esperar por los anhelados cambios en la Isla: me vine al mundo en la playa equivocada, mucho más al norte de lo que hubiera deseado, aunque mi primer presidente fuera un mulato bembón de apellido distante. Ahora, mientras actualizo en la página del Movimiento los archivos de audio de una de las memorables concentraciones en la Plaza de la Revolución (de seguro también algunos bytes pertenecientes al entonces abnegado ingeniero de la industria sideromecánica) pienso en mi padre, sucumbiendo como tantos a los años más negros. No pretendo juzgarlo, sé que aquello fue difícil, que el hambre es mala consejera y todo lo demás. Pero que no espere cambiar el curso de mi vida con su espiral cerrada de la historia, como no hubo penas ni glorias que modificaran el curso de la suya. Por mi parte estoy seguro de que voy cuesta arriba, aún sentado cómodamente frente a esta pantallita de mando por voces, pero cumpliendo con mi nueva labor desde su añeja trinchera; tenemos que cambiar el estado actual de cosas. Que todo sea por el regreso de aquel café serrano mezclado con chícharos para que alcanzara entre todos, pienso mientras me llevo a los labios esta horrible infusión transnacional envasada al vacío: que dios así lo quiera.