La mira desde el otro extremo del salón. Ha envejecido tanto, en tan poco tiempo, con tantos surcos áridos e indomables arrastrando su epidermis. La piel de la anciana en el extremo oeste contrasta con la de la adulta, sencilla y firme, tensa y a la vez deshilachada por el llanto. Ambas se sienten confidentes y, en silencio, se escuchan entre premeditaciones y recuerdos. Mientras tanto, el amanecer de una mañana de Marzo comienza a atravesar las persianas, despacio, llevándose toda la juventud, abandonando a sendas mujeres, consiguiendo que la Tierra continúe su giro, que el mundo recobre el equilibro.
– Abuela, ya son las seis, es hora de regresar. – La voz de la niña, que acaba de crecer, de convertirse en mujer con casi cincuenta años, habla con una voz distinta, aparentemente calmada y tranquila.
– Lo siento, Clara, de verdad que lo siento. – La abuela llora, con una fuerza desconocida, con noventa y ocho años a la espalda y la juventud brillando en sus pupilas. – Déjame aquí, te lo ruego, no me lleves, déjame aquí. –
– Abuela, no tengo nada que perdonarle. Sabe que me prometió que regresaríamos por la mañana, no me falle abuela, he confiado en usted, no me falle.
Salieron las dos de la habitación, una sosteniendo el cuerpo de la otra, la otra sosteniendo la esperanza a cada paso. Sabían que no iban a volver nunca más a aquel tercero de las afueras, de la calle San Eliseo, apartado y deshonesto con todos, menos con ellas. De todos modos, era su casa, la única de sus vidas, pues todas aquellas paredes que ahora se anteponían al piso de la calle San Eliseo eran simplemente eso, paredes. Nada más, muros que resguardan cuerpos náufragos pero que no acogen ni cobijan sentimientos.
Nadie nos sacará de aquí nunca, pensaba Clara mientras mantenía a su abuela de la cintura, mientras abandonaban para siempre el único hogar de sus vidas.
***
Cuarenta años antes, en el mismo tercero de la calle San Eliseo, se escuchó un temblor intenso y escalofriante, un grito quizás, mas fue demasiado metálico y desgarrador.
– Ana respire, ya está casi. Puedo verle la cabeza, venga un empujón más.- La mujer no contestaba, la matrona la miraba con horror, con una boca descompuesta y rota, desquebrajada hasta los extremos porque Ana no abría los ojos, no los abría.
– ¿Qué le pasa a mi hija?- la mujer más vieja se impacientaba por segundos.
– Ana, ¿está usted bien? Por favor, respire, ¡traigan agua, aprisa! ¡Que esta mujer no vive, que no vive!-
En aquel pequeño dormitorio podíamos contar a tres mujeres y a un bebé a las compuertas del mundo. La vieja se llama Matilde, la moribunda Ana, la matrona no tiene nombre, el bebé es una niña, se llamará Clara.
Había un hombre también. Este esperaba en el otro extremo del piso, agarrándose la cabeza con las dos manos, agitándose con furia de un lado para otro. El hombre se llama Román, es viejo pero parece joven, tal vez por su porte altivo y su frente altanera. Es feo, pero parece guapo, por su camisa y su violenta mirada. A este hombre no le gusta el ruido, no lo soporta, le provoca dolor de cabeza y el dolor de cabeza, todos saben, es uno de los más temidos homicidas.
El hombre, que parece manso, pero no lo es, pues un hombre nunca es manso, se levanta airado y se dirige hacia la habitación ruidosa.
– ¡Hacerla callar de una vez! – Grita golpeando la puerta de madera. Las paredes temblaron y la madre, que no llegará a ser madre, se calla.
– Señor su hija necesita un médico urgentemente, la hemorragia no se detiene y yo ya no se lo que hacer…- antes de que acabara sus lamentos Román asió a la comadrona del cuello, la estranguló contra la pared, y el piso de la calle San Eliseo volvió a temblar.
– ¡He dicho que la haga callar! Aquí no se está produciendo ningún parto, ¿lo ha entendido?- La mujer sin nombre aparta la cara, tiene miedo de los hombres, de los hombres que parecen mansos, de aquellos que esconden la bestia, el horror, la catástrofe.
La vieja Matilde, de sólo cuarenta años, tiene escalofríos y no levanta la mirada del suelo para mirar a su marido, también le aterroriza aquel envés violento.
Román se acerca a la parturienta y la mira con arrogancia, como si no fuera su hija, como si aquella mujer, a los extremos de una muerte injusta, se mereciera morir. Entonces aferra su garganta y presiona contra ella, la asfixia con sus dos manos, hundiendo los pulgares, clavando su mirada colérica en la angustia de la víctima.
Pasados unos segundos decide presionar con la almohada, para asegurar el parricidio. Sin embargo, las piernas continúan abiertas. Son las puertas de la vida, que dejan paso a una imperfección perfecta. De la muerte sale vida, y de la vida un llanto.
Clara nació con la púrpura en lo labios, con un clamor ácido, los puños presionados, la intranquilidad de una huérfana defectuosa. Desconocedora de padre, gritó por venganza a la muerte de su madre, desde el primer instante odió a Román, a los hombres mansos y farsantes, crueles y esclavos del resentimiento.
***
El geriátrico es difícil, incluso para las mujeres como Matilde, tan resignadas y conformes, tan felices con la podredumbre. Ella supo nada más verlo que no se trataba de ningún triunfo, de ninguna victoria, que su vida tampoco significaba demasiado comparada con aquello. Tenía la fachada de una cárcel, con las ventanas pequeñas y los ladrillos grises, con escasez de vida y juventud.
La primera vez que aterrizó en aquellos parajes desolados, su hija menor, Araceli, conducía el coche de su marido. Era fea, hasta su madre llegó a reconocerlo delante suya, y odiosa. Tenía la nariz demasiado grande, los ojos demasiado separados, el cabello demasiado áspero y el carácter demasiado paterno. Matilde había llegado a preguntarse si quería a su hija, y jamás llegó a contestarse, quizás por miedo de culpa o por impropiedad espiritual. Hasta su nombre era repugnancia para su madre. Por eso a veces la llamaba Celia, a veces la disfrazaba con los velos de las novias para ocultar el rostro, a veces la ignoraba para ahorrarse una náusea, a veces llegaba a odiarse a sí misma por mala madre, por el odio injustificado. Pero las razones era inescrutables para una mujer como Matilde, conforme y resignada, llena de odio sosegado, que la engullía poco a poco, pero que la hizo fuerte a lo largo de los años, que erró sus llagas y endureció la piel morena.
El odio la hizo octogenaria, más tarde alcanzaría los noventa con la rabia y la memoria intactas, pero siempre tranquilas, reposando en su vientre, oprimiendo la libertad femenina.
Araceli fue la cabecilla de la misión. Intentó convencer a su sobrina Clara al principio, pero no dio resultado. Para nada, todo fue mucho mejor. Su madre apenas opuso resistencia, hasta llegó a agradecerlo. Qué tonta es Araceli, y fea, y odiosa. Porque sabe que su madre la odia y ella también corresponde el sentimiento. Porque sabe que su madre la teme, como temió siempre a su marido, y ahora es Araceli quien ejerce ese poder sobre ella. Víctima del macho inhumano.
Clara no la ha vuelto a ver desde aquel día. Araceli conducía, Matilde dormía en el asiento del copiloto y Clara, detrás, observaba el paisaje inerte. Prometió a su abuela que jamás volvería por aquellos parajes, mintió, pero sólo por una vez. Su abuela así lo reclamó desde el primer momento, porque ella amaba a su nieta, más que a nadie y que nunca. Y al contrario que a su hija, jamás se lo comunicó. Nunca pronunció una palabra de afecto hacia ella, la observaba siempre en la cúspide de una pirámide dorada. Ella no se merecía la opacidad del geriátrico, ni siquiera su semblante torturado. Ella, Clara, la de los labios púrpuras, era de la vida. Luchó por ella con la ingravidez de la infancia y con los colores de un arco iris infame. Clara se merecía todo lo que ella nunca pudo darle, por eso, antes de su muerte, le otorgó su única posesión, la verdad.
***
– Has matado a tu hija. – Silencio, lágrimas y un rencor lejano.
Román no habla. ¿Vergüenza o ignorancia?
– ¿Preferías morir tú? – Analfabetismo rancio y seco.
La fallecida yace en un colchón empapado de sangre, la niña, a su lado, la mira con ojos grandes y despiertos. Es un bebé que no tiene más de una hora de vida, sin embargo, abre los ojos queriendo poseer el recuerdo de una madre que jamás volverá a contemplar. Una madre que no ha podido arrollarla en los brazos durante las primeras bocanadas de oxígeno, una madre que ha muerto para salvarla, para entregarle el aire de sus pulmones y el insípido sabor de una leche inexistente.
– Sí, mátame a mí, pero no toques más a las niñas. No mates a Clara, no la toques, a ella no, es tu hija Román, no mates a un bebé inocente. – La primera bofetada no le dolió, la rabia consumió deprisa la chispa del golpe.
La segunda bofetada estuvo acompañada de un empujón, pero Matilde no calló. Fue la primera y la última vez de su vida que llegó a contestar a su marido.
– No, Román, esa niña debe vivir, por su madre, ¡ por tu doble delito! No te atrevas a tocarla, a Clara no, a ella no, ya tuviste suficiente con Ana. Ya violaste suficiente su cuerpo, era tu hija…hijo de puta, no mates de nuevo a una vida nacida de tu semilla.
Dos semanas en cama le costó esa contestación, con dolor en las costillas, con sangre en los labios, los ojos hinchados; pero con Clara en sus brazos, con la fortuna de poder otorgarle una guarida, con la felicidad de sus manitas intactas, su cuerpo claro y puro, fruto de un incesto ilegal, pero hermoso, bello, resplandeciente, distinto.
***
En la calle San Eliseo se han cometido muchas violaciones, pues los hombres mansos abundan en las casas antiguas. Logran camuflarse entre las mujeres piadosas y permisivas.
Román violó a Ana, una joven castaña de diecisiete años. Siempre utilizó un argumento a su favor: sus hijas eran sus posesiones, al igual que su mujer. Por ello, Clara, hija de su hija y de su propia sangre, se merecía su tortura.
Pero Matilde, aunque nunca llegó a la cúspide del triunfo, aunque se resignó muchas veces ante los pies de su marido, logró salvar a Clara.
Clara, la niña incestuosa y perfecta, agradeció a su abuela el regalo de la verdad. No le reprochó nada aquella noche de Marzo. Lloró por su madre, por su abuela y por ella misma. Pero jamás lloraría por su abuelo, ni por los hombres mansos, ni por la violencia de género. Porque ella supo, desde la revelación de Matilde, que con lágrimas no se deshace ninguna maldición. Sólo luchando, como su abuela nunca lo hizo, podría alcanzarse la cumbre de la libertad femenina.
Las mujeres como Matilde y Araceli son imperfecciones del pasado, son fruto de las malas hierbas, son recuerdos de heroínas cautelosas, que lloran pero no blanden la espada, son figuras moldeadas por machos iracundos. Clara es la imperfección perfecta, con grietas en el ADN y quizás con un atrofiado recuerdo infantil, pero con la fuerza de los gladiadores en las manos, sin armas ni combates, sólo con palabras y espíritus sanos. Así, lucha por su abuela, por su madre, incluso por su tía, por todas las mujeres del planeta, hasta por las más cobardes.
Por ellas, porque entre mujeres, las imperfecciones de los hombres resucitan perfectas.
211- Imperfección perfecta. Por Lola Urrutia.,
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Muchísimo oficio escondido tras este relato repleto de espléndidas expresiones.
Mucha suerte.
Quizás sólo una mujer pueda escribir así, desde las entrañas. El texto me hace rememorar viejos relatos de una amiga mía que escribía con una maestría singular textos sobre mujeres, ahora supongo que son dos las que me han asombrado con tan rara cualidad. Un relato espléndido.
Realmente un relato ganador. Admiro la perfección descriptiva del sentimiento. Soberbio, sinceramente te felicito y te deseo mucha suerte, aunque me parece que no vas a necesitarla.
Espléndido relato, maravilloso me recuerda a una ex compañera y amiga que hace muchos años que no veo, si eres tú, felicitaciones desde Albolote, espero no equivocarme y si es así felicidades a la autora de un relato soberbio.
Mucha suerte…
Realmente unas palabras en buenas manos logran emocionar; hacer brotar esos sentimientos no es fácil, y aquí lo consigues. Me parece magnífico.
Ante todo le sugiero que revise una ortografía básica e intente aprender algo de ella. A partir de ahí, vuelva a repasar su melodrama…
Suerte.
Otro relato confuso…
Siento no haber contestado antes a los comentarios. No tengo mucha experiencia todavía en este gran mundo de la literatura y me encantaría que me dijeran los errores que encuentran en el relato
(fallos ortográficos, gramaticales y de confusión) Aprender es una de mis prioridades en este momento, así que muchísimas gracias por vuestras opiniones, ya sean negativas o positivas, y gracias por leer mi relato, eso, sobre todo, es lo más importante para mí.
Urrutia, lo encuentro un poco enrevesado, aún así, te deseo mucha suerte y continúa escribiendo.
Amiga Lola, con todo cariño te señalaré algunas cositas que he observado en cuanto al uso de la palabra apropiada: «arrollando» (llevándose por delante) por «arrullando» (acunar a un bebé al son del arrorró, onomatopeya también de la voz de las palomas); «arrastrando» su epidermis por «arrasando»; «desquebrajada» por
«resquebrajada»; tratándose de piel joven, «tersa» es mejor que «tensa» (a no ser que esté en tensión emocional, aunque a continuación la «deshilachas» por el llanto)…
En cuanto a la lógica de la acción, ¿cómo Matilde, que se encara con el marido para salvar a la nieta, no tiene arrestos para evitar que estrangule a su propia hija mientras está pariendo? Por mucha sumisión, caray, no se concibe que no le estampe en la nuca un arrimadillo de la chimenea cuando unos minutos más tarde le llama hijo de puta.
Y ahora lo bueno: tienes frases preciosas, «los hombres mansos abundan en las casas antiguas» (esos hombres cuyo mayor peligro es que «parecen mansos» ante la opinión pública) , «logran camuflarse entre las mujeres piadosas y permisivas» (sí, educadas ¡por otras mujeres! para la sumisión y con todas las bendiciones apostólicas)…
Y me gusta mucho que dejes muy claro que el fruto de una acción tan criminal como una violación (ya que el incesto es una cuestión de moral social) es alguien, y alguien digno, como esta valiente Clara que dibujas.
El tema de la violencia de género, aquí explícitamente citado, es en la actualidad un arranque excelente para un relato. O sea que, por ahí, digamos que punto a favor.
La redacción es mejorable, como todas. Cuestión de tachar, corregir y recomponer, y ya está.
El resultado final de esta historia de violaciones incestuosas dentro del más roñoso ambiente de paletismo analfabeto es, como mínimo, encomiable.
Seguramente dejándose llevar un poco más por sutilezas femeninas podría haber sangrado más por la parte de la denuncia. Aunque reconozco que, tal y como ha quedado, ya sangra de lo lindo.