- 7 Certamen de Narrativa Breve 2010 - https://www.canal-literatura.es/7certamen -

23- Postal desde Alejandría. Por Luc

Al doblar la esquina apareció ante mis ojos la en otros tiempos magnífica construcción, orgullo de la Universidad Complutense. Ahora semejaba un león agonizante varado en un zoológico de edificaciones despintadas, en un barrio en decadencia, semidesierto y arruinado, con la fachada neoclásica mucho más grisácea de como la recordaba, completamente salpicada de desconchados y excrementos de ave. El espectáculo, de puro triste, me hizo vacilar. Pero me palpé por encima de la chaqueta, a la altura del corazón, y el contacto con la frágil solidez de la cartulina me empujó a cruzar resuelto la calle.

Una vez en el pórtico pulsé el timbre. Al poco, un bedel jovencísimo me recibió bajo una sonrisa afable. Me presenté como antiguo alumno de la facultad, matemático recién jubilado, y añadí que, al enterarme de la próxima demolición del edificio, de repente me habían entrado la morriña y las ganas de dedicarle una visita antes de que desapareciera. Y el chico que no faltaba más, amigo, que entendía mis sentimientos y que desde luego no era el primero que había pensado lo mismo, sino más bien de los últimos. Me adelantó que, tras semanas transportando todo lo que pudiera resultar útil no quedaba prácticamente nada interesante, y que la mayor parte había ido a parar a los contenedores. Y terminó pidiéndome que, puesto que se acercaba su hora de marcharse y no quedaba ningún trabajador dentro, que le hiciera el favor de, al salir, cerrar dando simplemente un portazo.

La desolación embargaba cada metro del claustro de la antigua facultad de Ciencias Exactas. Semejaba una playa batida por los restos de un naufragio. El aspecto que ofrecía y el silencio de oquedad que se palpaba, apenas avancé por él, redujo todos mis sentidos a una cárcel de sombras. En una atmósfera fangosa bailaban infinitas moléculas de polvillo en suspensión. La mayoría de las ventanas sin cristales, el suelo lleno de cascotes y desperdicios, gatos merodeando entre restos de bocadillos, paredes enmohecidas por humedades, abandono y brozas por todas partes. Ascendí apoyándome en balaustradas de piedra descarnada y escaleras con peldaños rotos.

En el piso superior finalmente desemboqué en la biblioteca, en cuya sala principal y entre largas hileras de estanterías con textos y cartapacios pulcramente ordenados, cuatro décadas atrás Virginia y yo coincidimos en tardes enteras de aplicado estudio. La recorrí con devoción: completamente desposeída de sillas y mesas, vitrinas y anaqueles vacíos que seguramente acabarían hechos añicos; tuve que caminar sorteando libros desmochados, papeles rotos y utensilios en desuso, como reglas de cálculo, pizarras y escalas logarítmicas. En un rincón algunas cajas con las restantes pilas de carpetas y objetos a vaciar. Tan solo me reconfortó un poco el aroma añejo a madera noble.

Por una puerta lateral pasé al archivo que en tiempos se utilizó como almacén de la biblioteca y de la secretaría. Miré al fondo y no pude evitar un suspiro de alivio. Había llegado a tiempo. Por fortuna el armario era demasiado viejo para reutilizarse y demasiado grande para ser transportado. Me dio por pensar que en eso nos parecíamos: ambos éramos considerados ya por la sociedad entes obsoletos e inservibles. Con una barra de hierro que encontré hice palanca para separarlo de la pared. Luego me arrodillé y, con la mejilla a ras del muro y alargando el cuello, extendí un brazo que apenas cabía tras el tablero trasero del mueble. Palpando con las yemas de los dedos rastreé la superficie de la madera hasta tropezar con la concavidad, un recoveco entre estantes que en su momento el carpintero tuvo que dejar para acoplar dos de diferente profundidad. Allí seguía. Lo así por la punta y estiré, despacio, no fuera que con el tiempo la tela se hubiera ajado y acabara rasgándose. El pañuelo de seda de Virginia. La única prenda de todas las que vestía que no le quité.

En aquella lejana jornada de estudio nos demoramos más de la cuenta, y el otro bedel, recuerdo que con bigote y cara de policía, también tuvo necesidad de marcharse, pero para acudir a una cita con el médico. La facultad casi desierta y Virginia y yo los dos sufridos resistentes de la biblioteca. Faltaba muy poco para los exámenes de junio, los últimos de la carrera, y exprimíamos hora tras hora para memorizar docenas de páginas de apuntes. El buen hombre también nos pidió que al salir apagáramos luces y cerráramos con un portazo. Había confianza. Nos conocía de sobra después de cinco largos cursos.

Se dan episodios que surgen una vez en la vida y enseguida se tiene la áspera certeza de que no se repetirán. Hace muchos años que me resigné a no volver a poseer en ningún rincón de un oscuro archivo a una Virginia enredada en mis brazos y apoyada en un armario, ni a absorber entre gemidos el sabor agridulce de su pelo enmarañado, ni a morder sus labios y besar con los míos cada recoveco de su torso húmedo y jadeante. Cuando ocurrió, deseé que el instante fuera eterno. Pronto supe que fue tan efímero como irrepetible, y que luego se perdió para siempre, como el agua de un cubo arrojada en el mar.

Aquella caliginosa tarde los dos fuimos uno por primera y última vez, y lo fuimos con toda la pasión furibunda de los veinte años, sin apenas palabras, sin miedos ni vergüenzas. Y, al acabar, Virginia desanudó el pañuelo de su cuello, lo impregnó con el sudor de nuestros cuerpos y los restos de los flujos de ambos, y, blandiendo la sonrisa más fascinante y pecadora que mis ojos han disfrutado jamás, lo escondió en un hueco tras un armario archivador que los operarios habían ensamblado por la mañana, todavía sin atornillar a la pared.

La guarida perfecta para el amuleto de un éxtasis.

Me senté en una caja y extraje del bolsillo interior de la chaqueta el sobre con la postal. La desplegué: un tríptico con la foto de un bellísimo distrito residencial de Alejandría y un par más con monumentos locales. Junto al matasellos de Egipto, unas líneas escritas con cuidada letra redondilla.

Mi querido Enrique:

Espero que mi postal te llegue; no dispongo más que de tus antiguas señas, las mismas que nos intercambiamos tras la fiesta de despedida de la promoción. Hay que ver, ¡tiemblo al considerar que de eso hace más de cuarenta años! Aunque, si bien lo pienso, a estas alturas me parece que de todos los brillos de mi vida hace ya cuarenta años.

Nuestra compañera Sonia me comunica que trasladan la vieja facultad de Exactas a la Universidad Politécnica y que van a demoler el edificio y construir oficinas o algo parecido. Quizá ya lo sepas. No me importa que lo derriben, pero hay un objeto que quiero que rescates antes de que la piqueta lo sepulte. Te lo pide de todo corazón una vieja amiga como un entrañable favor personal. ¿Te acuerdas del pañuelo que oculté en la biblioteca? ¡No te perdonaría que lo hubieras olvidado! Quiero que lo recuperes y lo guardes donde no tengas que darle explicaciones a nadie. Pero no lo tires, por lo que más quieras. Me reconfortará saber que lo conservas tú. Y sólo tú, porque me temo que nunca  podrás devolvérmelo. Pero así está bien.

Tras mucho deambular resido en Alejandría, donde vivo razonablemente feliz, con la cercanía de mis hijos y nietos, y junto a Karim, mi marido. ¿Recuerdas?, mi novio de entonces.  Al final consiguió regresar a su país con una española en la maleta…

La memoria no me funciona como antaño: aumenta la distorsión de unos recuerdos en los que se entremezclan personas y fechas deformadas por la realidad actual, como los países cuya ubicación confundo constantemente. A pesar de ello, en mi mente han quedado prendidas para siempre algunas imágenes nítidas que, te juro, nunca se perderán, y que al cabo de una montaña de años a menudo reaparecen como una placentera reliquia gráfica, sobre todo si mi ánimo decae en momentos de pesimismo, nostalgia o soledad. En este caso, en tu caso, ¿fue culpable el más divertido, tierno, guapo, y un poco temerario, de todos los chicos de la promoción 1964-1969 de la facultad de Ciencias Exactas?

Mira la foto de la postal, mi barrio en Alejandría. Y mi casa es la grande de color blanco, a la derecha del minarete. La tuya la tendrás siempre dentro de mí.

Virginia