{"id":277,"date":"2010-05-05T00:06:46","date_gmt":"2010-05-04T22:06:46","guid":{"rendered":"https:\/\/www.canal-literatura.es\/7certamen\/?p=277"},"modified":"2010-05-04T21:08:09","modified_gmt":"2010-05-04T19:08:09","slug":"49-domingo-inefable-por-ortega","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.canal-literatura.es\/7certamen\/?p=277","title":{"rendered":"49- Domingo inefable. Por Ortega"},"content":{"rendered":"<p>Era in\u00fatil valerse de la tijera violeta, tan infantil, tan fuera de lugar. \u00bfQu\u00e9 infamia del destino la hab\u00eda puesto ah\u00ed, justo frente a \u00e9l? Pero no deb\u00eda parecerle raro. <!--more-->Todo, desde el oscuro comienzo, fue como una pesadilla de la cual se quiere despertar, luchando, sudando, y no se puede, hay como una fuerza invencible que no lo permite hasta el final, final siempre revelador, as\u00ed dicen algunos con aires de m\u00edsticos, nada de gestos de sorpresa en la cara.<\/p>\n<p>El cumplea\u00f1os de su hermana hab\u00eda sido, en palabras de ella, un hecho sin precedentes en el barrio, fiesta memorable que en el calendario de ese a\u00f1o cay\u00f3 s\u00e1bado, lo m\u00e1s de bien, sin pensar en la oficina, los libros de cuentas y la barriga perversa del supervisor, teniendo toda la ma\u00f1ana para hacer las compras de rigor, los vinos, los snacks, los CDs\u00a0 con la m\u00fasica de moda; para hacer las llamadas de recordatorio a los amigos olvidadizos, comprometi\u00e9ndolos moralmente.<\/p>\n<p>La ocasi\u00f3n promet\u00eda ser perfecta para la distensi\u00f3n, y lo fue. A \u00e9l le gustaba bailar, encontraba un estado de relajaci\u00f3n total en los ritmos m\u00e1s agitados, la salsa, el merengue, la cumbia, la toada, sus preferidos para acercarse a las amigas y demostrarles lo excelente bailar\u00edn que era, su \u00fanica vanidad. Con una chica en especial bail\u00f3 largo rato, y, tras una conversaci\u00f3n en la que la verdad y el compromiso son motivos menores, pudo besarla en el ba\u00f1o con el alcohol suficiente para no quedarse en pre\u00e1mbulos. Hab\u00eda sido un d\u00eda especial para \u00e9l.<\/p>\n<p>Por eso le resultaba tan inusual verse en la situaci\u00f3n en que estaba. Sin embargo, muy a su pesar, reconoc\u00eda que ten\u00eda algo de culpa. \u00bfPor qu\u00e9 se le ocurri\u00f3 pasear en bicicleta un domingo por la tarde? Lo normal era quedarse en casa viendo la Bundesliga, luego llevar a su madre y su hermana (el padre no viv\u00eda con ellos desde hac\u00eda mucho tiempo) a comer un chifa o una pizza. Pero alter\u00f3 el orden de su rutina, sin propon\u00e9rselo, sin recurrir a ese don de planificaci\u00f3n que tanto le apreciaban en la oficina.<\/p>\n<p>Cierto es que a ambas no les sorprendi\u00f3 tanto. La hermana ten\u00eda la certeza de que se hab\u00eda ido a visitar a la amiga con quien no par\u00f3 de bailar, lo m\u00e1s seguro, conociendo su apetito de soltero joven. Persuadida por esta idea, la madre tranquiliz\u00f3 su conciencia; adem\u00e1s, la amiga en cuesti\u00f3n era hija de una vieja condisc\u00edpula.<\/p>\n<p>Pero la l\u00f3gica de la hermana no ten\u00eda asidero en la realidad. \u00c9l no deseaba buscar a la chica al d\u00eda siguiente de consumados los hechos; hab\u00eda aprendido que hacerlo significaba el comienzo de lo inefable y \u00e9l prefer\u00eda siempre lo conocido, lo tangible. \u00bfY qu\u00e9 era lo que estaba viviendo ahora? Una burla de su filosof\u00eda personal. Lo comprendi\u00f3 desde la inaudita respuesta del guardia en la puerta: \u2039\u2039\u00a1Fue su culpa, carajo! \u00a1C\u00f3mo se le ocurre ir por la vereda, cojudazo!\u203a\u203a El hombre hab\u00eda aparecido de pronto en la esquina. \u00c9l consigui\u00f3 frenar a tiempo, apretando el manubrio hasta desgajarlo del tim\u00f3n. Ni siquiera lo lastim\u00f3, s\u00f3lo le dio el susto de su vida haci\u00e9ndolo brincar hacia adentro del galp\u00f3n que cuidaba. \u2039\u2039Disculpe \u2014dijo \u00e9l, parado en la bicicleta\u2014, no lo vi. Usted se me apareci\u00f3 de repente.\u203a\u203a No fue la manera m\u00e1s id\u00f3nea de ofrecer disculpas, lo admiti\u00f3 despu\u00e9s. Tuvo que aguantarse lo que le dec\u00eda el sujeto y estaba a punto de dejarlo hablando solo, cuando el otro lo tom\u00f3 del brazo con fuerza. \u2039\u2039Usted me acompa\u00f1a. B\u00e1jese.\u203a\u203a<\/p>\n<p>Entonces sucedi\u00f3: baj\u00f3 mansamente de la bicicleta, ingres\u00f3 por la puerta peque\u00f1a del port\u00f3n, obedeci\u00f3 cuando el otro le hizo una se\u00f1a, apoy\u00f3 la bicicleta en la pared h\u00fameda del patio que a medida que avanzaba se hac\u00eda m\u00e1s estrecho, tanto que en un principio de observar varias filas de baldosas amarillas y negras, como un tablero de ajedrez, ahora s\u00f3lo ve\u00eda una fila que intercalaba ambos colores; no le asombr\u00f3 ese efecto; tampoco le molest\u00f3 la pesada mano sobre su hombro izquierdo, cortes\u00eda innecesaria, mientras caminaba maravillado, aceptando lo desconocido de manera perruna.<\/p>\n<p>El estrecho desfiladero (a eso lleg\u00f3 a convertirse el amplio patio con las paredes cada vez m\u00e1s altas, sombreadas casi hasta la cima con el tufo creciente de humedad) desembocaba en una construcci\u00f3n peque\u00f1a y tosca, p\u00e1lida de color, de una sola planta, con esas barricadas de concreto en el techo que son como la prolongaci\u00f3n in\u00fatil del frontis. \u2039\u2039Que se siente y espere su turno\u203a\u203a, dijo un guardia en la puerta. El otro no se fue. Ambos empezaron a conversar en voz baja, emitiendo de cuando en cuando unos resuellos que deb\u00edan ser de indignaci\u00f3n. Sentado en un sill\u00f3n bajito, \u00e9l se acariciaba el cabello.<\/p>\n<p>Paredes de may\u00f3licas grandes y blancas, exhibiendo esas l\u00edneas zigzagueantes que les dibuja el tiempo, las dos ventanas cuadradas con toscos marcos azules, cerradas, un escritorio plomizo, evidentemente pesad\u00edsimo, con las patas oxidadas, de esos que ya no se ven en las oficinas, el pavimento de hormig\u00f3n cenizo, y para llenar de hast\u00edo la pieza los dos guardias con ese uniforme caqui tan de ayer, en una silla el muchacho de espaldas, los hombros compungidos y apurados, y la mujer de edad incierta, diligente hasta el odio, preguntando lo absurdo desde un asiento demasiado grande para ella, menuda, inevitablemente arrogante.<\/p>\n<p>\u00c9l lo estudiaba todo con detenimiento, sintiendo la agresiva humedad de la pieza. Le sobrevino una ola de culpa cuando el muchacho se levant\u00f3, mostrando la contratapa de un libro (en la foto un Pasolini con espesa barba). Lo sospech\u00f3 amanerado por su andar, y cuando le hizo una venia no le qued\u00f3 duda de por qu\u00e9 la mujer no hab\u00eda correspondido a la mano que le tendi\u00f3 al despedirse y por qu\u00e9 ahora, sin mirarlo siquiera, alzaba el brazo y hac\u00eda un chasquido con los dedos en se\u00f1al de inmediato cumplimiento de una orden inequ\u00edvoca.<\/p>\n<p>No pudo notar el regocijo en la cara de los guardias, pero escuch\u00f3 las resonancias de la persecuci\u00f3n de afuera, alcanz\u00f3 a o\u00edr el maullido de gato herido, los golpes secos y contundentes, casi no entendi\u00f3 las alusiones a Dios, la vana m\u00fasica de moribundo, los insultos, y luego sinti\u00f3 la pesadumbre de un silencio que se instal\u00f3 repentino y perdur\u00f3 hasta que la mujer habl\u00f3.<\/p>\n<p>\u2014Talvez est\u00e9 de m\u00e1s que lo mencione; pero andar en bicicleta por la acera est\u00e1 prohibido.<\/p>\n<p>Su voz lo perturb\u00f3: era melodiosa y perentoria, id\u00e9ntica a la de un ni\u00f1o. Sinti\u00f3 la violenta necesidad de hablar y no pudo; era imposible, vergonzoso. Impulsado por la temeridad de una situaci\u00f3n l\u00edmite, sin esperar la cortes\u00eda de una invitaci\u00f3n, se sent\u00f3 delante de la mujer. Impasible, et\u00e9rea, la mujer acomodaba unos papeles en la gaveta. \u00c9l observ\u00f3 el estante trasero, como de viejo gimnasio, con sus casilleros y candados. Quiso preguntarle c\u00f3mo sab\u00eda lo del incidente si no hab\u00eda intercambiado palabra con el guardia. Tuvo que aceptar la maravilla de una comunicaci\u00f3n insospechada. Repas\u00f3 el escritorio pr\u00e1cticamente vac\u00edo excepto por unos papeles con un clic y, como una rareza ex\u00f3tica, una tijera color violeta, impropia en la armon\u00eda s\u00f3rdida del lugar, casi una ofensa al ritual que lo hab\u00eda seducido desde que el primer guardia lo injuri\u00f3, o, mejor (lo aceptaba ya con resignaci\u00f3n), desde que sinti\u00f3 el deseo irresistible de subirse a la bicicleta esa tarde de domingo, sin avisar a la madre ni a la hermana, obedeciendo a un llamado que la voluntad se deleitaba en obedecer. De repente decidi\u00f3 enfrentar a la mujer con el \u00faltimo recurso que pose\u00eda.<\/p>\n<p>Ella sosten\u00eda la mirada, torva, laxa. Se miraban por \u00fanica vez. Cuando \u00e9l parpade\u00f3, la mujer acometi\u00f3:<\/p>\n<p>\u2014Le recuerdo que su falta supone, tambi\u00e9n, la aplicaci\u00f3n de la m\u00e1xima sanci\u00f3n.<\/p>\n<p>No tuvo tiempo de reparar en ese \u201ctambi\u00e9n\u201d porque sinti\u00f3 la presencia de los dos hombres a su espalda. No se anim\u00f3 a voltear. Era tarde. Hab\u00eda sido culpa suya.<\/p>\n<p>Se dispon\u00eda a coger la tijera violeta, cuando aquella misma pesada mano sobre su hombro izquierdo lo disuadi\u00f3, record\u00e1ndole que merec\u00eda una muerte menos heroica que el suicidio.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Era in\u00fatil valerse de la tijera violeta, tan infantil, tan fuera de lugar. \u00bfQu\u00e9 infamia del destino la hab\u00eda puesto ah\u00ed, justo frente a \u00e9l? 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