{"id":283,"date":"2010-05-05T16:00:00","date_gmt":"2010-05-05T14:00:00","guid":{"rendered":"https:\/\/www.canal-literatura.es\/7certamen\/?p=283"},"modified":"2010-07-06T10:43:38","modified_gmt":"2010-07-06T08:43:38","slug":"51-el-porro-imposible-por-esperanza004","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.canal-literatura.es\/7certamen\/?p=283","title":{"rendered":"51- El porro imposible. Por Esperanza004"},"content":{"rendered":"<p>Estaba charlando tranquilamente con Eduardo, uno de mis mejores amigos, cuando de repente, fij\u00f3 en m\u00ed su mirada, y observ\u00e9 que sus ojos estaban enrojecidos y expresaban una angustia insoportable. <!--more-->En ese momento me confes\u00f3 que lo atormentaba una necesidad imperiosa de fumarse un buen porro. Yo le respond\u00ed que, a esas horas (las 3 de la ma\u00f1ana), \u00fanicamente por las calles de La Falcata o El Trivial (dos bares de Lleida) podr\u00edamos encontrar a alguien que nos vendiese la hierba que tanto anhelaba. Como bien sabe todo leridano, esas calles, a altas horas de la madrugada, son lugares harto peligrosos, sucios e inmundos. Se podr\u00eda decir que son los barrios marginales de Lleida, ya que adolecen de todos los males end\u00e9micos propios de la falta de medios econ\u00f3micos, educativos y culturales. A m\u00ed no me hac\u00eda ninguna gracia moverme por esa zona tan poco recomendable en mitad de la noche, pero mi buen amigo era un adicto atroz a los porros, y si no trataba de encontrar los medios necesarios para saciar su repentina apetencia, se impacientar\u00eda, se irritar\u00eda, y finalmente las cosas acabar\u00edan mal entre \u00e9l y yo. Ya ten\u00eda alguna que otra experiencia desagradable con \u00e9l debida a motivos parecidos, todos relacionados con su incurable s\u00edndrome de abstinencia. El lector m\u00e1s sesudo pensar\u00e1 con raz\u00f3n que yo, como amigo \u00edntimo que era de Eduardo, ten\u00eda que haber intentado que acabara de una vez con la perniciosa adicci\u00f3n que lo destrozaba y que mermaba las fuerzas de su intelecto. El problema consist\u00eda en que, aunque yo no fuese un fumador tan empedernido como \u00e9l, los porros eran tambi\u00e9n uno de mis vicios predilectos, y en su compa\u00f1\u00eda mi debilidad parec\u00eda menos evidente. El siempre ten\u00eda la vergonzosa y lamentable iniciativa de confesar su apremiante necesidad de droga, y de esta forma yo me ve\u00eda confortablemente arrastrado por su reconocida flaqueza, una flaqueza que, como he dicho, compart\u00eda silenciosa y discretamente.<\/p>\n<p>Finalmente, y pese a los aterradores e inciertos problemas que nos pod\u00eda plantear el escabroso asunto, decidimos ir a recorrer esas calles en busca del material necesario para elaborar lo que com\u00fanmente se conoce como \u201cun peta\u201d. Salimos de su casa y, puesto que Lleida es una ciudad muy peque\u00f1a, a los diez minutos ya rond\u00e1bamos por esa zona leridana s\u00f3rdida y decadente donde hasta el m\u00e1s cabal se dedica profesionalmente a la delincuencia. Avanzamos con disimulo, intentando integrarnos en el l\u00fagubre contexto. Continuamente le comentaba a Eduardo que estuviese alerta por lo que pudiera pasarnos y \u00e9l asent\u00eda nervioso. La gente del lugar nos miraba con recelo, pues notaba en nuestros juveniles rostros la buena vida que ambos, en general, hab\u00edamos llevado, y eso les molestaba. Sus caras ten\u00edan un aspecto espantoso, en ellas estaban impresas las huellas de su caminar por el mundo: ve\u00edamos facciones destrozadas, echadas a perder, devoradas por el alcohol, la droga y la violencia desatada. Reinaba en el lugar un silencio inquietante: las operaciones de venta de droga y dem\u00e1s tratos ilegales circulaban ante nuestros ojos con la mayor rapidez y discreci\u00f3n imaginables. Hab\u00eda all\u00ed alg\u00fan tipo de burocracia alocada, no planificada, de efectividad intachable. En el ambiente se pod\u00eda casi palpar una tensi\u00f3n sorda, un enfermizo y desasosegado estado de alerta, ya que la polic\u00eda pod\u00eda aparecer en cualquier momento y acabar con el \u00fanico modo de sustento de todos aquellos desgraciados. En fin, que \u00e9ramos dos adolescentes meti\u00e9ndose en lugares alejados de la civilizaci\u00f3n en donde la bondad humana escaseaba.<\/p>\n<p>A medida que nos adentr\u00e1bamos, \u00edbamos oyendo voces misteriosas, gritos desgarradores, llantos desolados que nos dejaban sin respiraci\u00f3n y algunos golpes de procedencia desconocida. Todo empezaba a darme algo de miedo. El callej\u00f3n en donde nos hab\u00edamos metido acababa en una plaza mediana, atestada de drogadictos cr\u00f3nicos, en un estado de consumici\u00f3n deplorable, y muy necesitados de una nueva dosis. Se peleaban y discut\u00edan entre ellos en un lenguaje que no entend\u00edamos. Por su aspecto deduje que la gran mayor\u00eda eran marroqu\u00eds. Mientras mi compa\u00f1ero, Eduardo, observaba con creciente inter\u00e9s el deprimente paisaje que se nos mostraba, yo me at\u00e9 los cordones por si las cosas no sal\u00edan bien y me ve\u00eda obligado a escapar corriendo. Agachado como estaba, me fij\u00e9 los zapados de Edu. Tambi\u00e9n \u00e9l los llevaba desatados, pero decid\u00ed no comentarle nada. Si sal\u00edamos por piernas y \u00e9l se tropezaba y ca\u00eda, con suerte se ensa\u00f1ar\u00edan con mi pobre amigo y a m\u00ed me dejar\u00edan marchar. S\u00ed, estimados lectores, \u00e9ste fue un pensamiento frio y cruel, pero no perverso ni malvado, ya que la supervivencia es algo puramente animal, irracional, y sobrevivir era lo \u00fanico en que pensaba en aquel dif\u00edcil momento, en el que me encontraba, sumido de lleno en lo infame, en lo salvaje, absorto en la ardua tarea de la subsistencia. En caso de apuro, entre \u00e9l y yo prefer\u00eda ser yo el agraciado ileso o el afortunado superviviente. Una vez con los zapatos bien atados, me dispuse a preguntar a cualquiera de los integrantes de aquella multitud d\u00f3nde pod\u00edamos encontrar algo de hierba. As\u00ed lo hice y tuve suerte, pues el primer personaje a quien me dirig\u00ed asinti\u00f3 con la cabeza lentamente. Era un hombre de raza negra, vestido con una abigarrada t\u00fanica, seguramente, t\u00edpica de su pa\u00eds de origen. Luego, sin romper su solemne mutismo, nos indic\u00f3 con un sencillo gesto de la mano que lo acompa\u00f1\u00e1semos. Edu y yo vacilamos unos segundos pero finalmente le seguimos. El trayecto no dur\u00f3 demasiado, y no pas\u00f3 nada rese\u00f1able mientras lo recorr\u00edamos algo asustados.<\/p>\n<p>Ese hombre tan reservado nos condujo hasta un lugar apartado y solitario. Enfrente ten\u00edamos un destartalado edificio, cuya puerta estaba abierta y a trav\u00e9s de la cual se pod\u00eda atisbar el inicio de un oscuro pasillo, pero no el final. Del conjunto del ruinoso inmueble emanaba un olor h\u00famedo y f\u00e9tido que dificultaba levemente nuestra respiraci\u00f3n. Nuestro misterioso gu\u00eda entr\u00f3 en el pasillo y, por primera vez desde que lo hab\u00edamos conocido, abri\u00f3 la boca para decirnos que pod\u00edamos pasar. Eduardo, haci\u00e9ndose el valiente, entr\u00f3 el primero con paso firme. Yo me retras\u00e9 un par de segundos para analizar concienzudamente aquel espantoso lugar. Luego entr\u00e9 con cautela y llegu\u00e9 sin problemas hasta el final del pasillo. Una vez all\u00ed, el hombre de etnia africana nos aconsej\u00f3 que peg\u00e1ramos nuestras espaldas contra la pared por si acaso la polic\u00eda aparec\u00eda. As\u00ed no podr\u00edan vernos, a\u00f1adi\u00f3, y dicho esto desapareci\u00f3 de nuestra vista. Tras escuchar varios portazos, voces y gritos de los habitantes de la casa, una luz tenue y parpadeante, procedente de una lamparilla enganchada al techo, ilumin\u00f3 parte de la escalera y del pasillo. Ten\u00eda muy poca potencia y era de un amarillo t\u00e9trico, desagradable, y le daba al sitio donde nos encontr\u00e1bamos un aspecto, si cabe, m\u00e1s sombr\u00edo. Aparecieron otros ruidos que se sumaron a los que ya o\u00edamos, pero estos nuevos eran m\u00e1s extra\u00f1os, proven\u00edan de fuera de la casa y sonaban como si le estuviesen atizando a alguien. Al cabo de algunos minutos vimos una sombra negra y veloz que se deslizaba por esas escaleras destartaladas: no hubo mayor problema, era nuestro \u201camigo\u201d, el africano serio y competente, que nos tra\u00eda el material que le hab\u00edamos encargado. Se nos acerc\u00f3 y del bolsillo sac\u00f3 la mercanc\u00eda, peque\u00f1a y apetitosa. La observamos detenidamente y le pagamos los cinco euros que nos pidi\u00f3. El intercambio concluy\u00f3 sin ning\u00fan altercado, sin ninguna complicaci\u00f3n y los tres (Eduardo, el africano y yo) salimos fuera. Nuestro \u201cdiligente camello\u201d tom\u00f3 su particular ruta y se perdi\u00f3 entre las sombras, desapareciendo tan r\u00e1pidamente como se hab\u00eda presentado.<\/p>\n<p>En aquel momento, nosotros ya hab\u00edamos conseguido lo que dese\u00e1bamos tan fervientemente; \u00e9ramos, por lo tanto, un par de personas libres vagando por una zona conflictiva sin motivo aparente. Una vez con esa hierba de alta calidad en nuestra posesi\u00f3n, nada aconsejable pod\u00edamos obtener de nuestro paseo nocturno por la Lleida m\u00e1s conflictiva y peligrosa, as\u00ed que empezamos a caminar r\u00e1pidamente con la \u00fanica intenci\u00f3n de salir de all\u00ed lo antes posible. Al poco volvimos a pasar por la plaza, y se nos ocurri\u00f3 pedir all\u00ed algo de papel de liar, el \u00faltimo ingrediente indispensable para elaborar ese porro imposible. Se lo pregunt\u00e9 a un marroqu\u00ed quien, no s\u00f3lo nos vendi\u00f3 algo de papel, sino que nos aconsej\u00f3 una viable ruta de escapada para salir de aquel infierno. Le agradecimos efusivamente el consejo y tomamos el camino que nos hab\u00eda mencionado, una callejuela angosta, triste, desierta y, al parecer, segura.<\/p>\n<p>Al dejar aquel horrible sitio, Eduardo y yo nos tranquilizamos. Comenzamos a hablar y a sonre\u00edrnos gozosos mientras coment\u00e1bamos la curiosa experiencia. Media hora despu\u00e9s est\u00e1bamos los dos cobijados en un portal calentito y acogedor, fumando el mejor canuto que he probado en mi vida.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Estaba charlando tranquilamente con Eduardo, uno de mis mejores amigos, cuando de repente, fij\u00f3 en m\u00ed su mirada, y observ\u00e9 que sus ojos estaban enrojecidos y expresaban una angustia insoportable.<\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":[],"categories":[4,3],"tags":[],"amp_enabled":true,"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.canal-literatura.es\/7certamen\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/283"}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.canal-literatura.es\/7certamen\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.canal-literatura.es\/7certamen\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.canal-literatura.es\/7certamen\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.canal-literatura.es\/7certamen\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fcomments&post=283"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/www.canal-literatura.es\/7certamen\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/283\/revisions"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.canal-literatura.es\/7certamen\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fmedia&parent=283"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.canal-literatura.es\/7certamen\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fcategories&post=283"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.canal-literatura.es\/7certamen\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Ftags&post=283"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}