{"id":603,"date":"2010-05-20T12:47:34","date_gmt":"2010-05-20T10:47:34","guid":{"rendered":"https:\/\/www.canal-literatura.es\/7certamen\/?p=603"},"modified":"2010-05-20T12:47:34","modified_gmt":"2010-05-20T10:47:34","slug":"154-orlando-por-guy","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.canal-literatura.es\/7certamen\/?p=603","title":{"rendered":"154- Orlando. Por Guy"},"content":{"rendered":"<p>Orlando contempla las llamas que devoran su casa, con un sentimiento difuso de alivio. Entre el crepitar del incendio le llegan los gritos de angustia de quienes no han podido escapar a tiempo, antes de que el fuego, r\u00e1pido y decidido en la conquista del viejo caser\u00edo, se apoderase sin remedio de todo el edificio.<!--more-->\u00a0Mira su obra y r\u00ede en la creencia de que ha derrotado a su enemigo, a ese ser que lo atormenta desde muchos a\u00f1os atr\u00e1s, que lo acompa\u00f1a en las turbias horas de la noche, que ha invadido el remanso de la vigilia y que ha terminado por corromper los escasos minutos de alegr\u00eda o simple distracci\u00f3n que, muy de tarde en tarde, aligeraban su continua opresi\u00f3n de las meninges, el v\u00e9rtigo insufrible del est\u00f3mago y el temblor convulso de las manos.<\/p>\n<p>El humo se eleva a borbotones por encima de la colina y el fluctuante resplandor de las llamas dibuja en el rostro de Orlando un siniestro baile de sombras. Los aldeanos todav\u00eda no han salido de las brumas del sue\u00f1o ni han comenzado a integrarse a sus tareas diarias y todav\u00eda tardar\u00e1n los vecinos del villorrio, que se asienta en el fondo del valle, cabe el r\u00edo serpenteante y perezoso que fertiliza la vega, en acudir alarmados con sus in\u00fatiles remedios para salvar lo insalvable de la vieja casona que se consume en la ladera del monte.<\/p>\n<p>La suave brisa matutina impulsa el humo hacia la cumbre y refresca el rostro de Orlando que, perdido en el caos de sus recuerdos, borra la sonrisa amarga del rostro y la transforma en un rictus de dolor cuando acuden a su pensamiento recuerdos del tiempo en que, como aspirante a la carrera sagrada, ingres\u00f3 en el seminario provincial.<\/p>\n<p>Desde muy ni\u00f1o sinti\u00f3 la fuerte llamada de una s\u00f3lida vocaci\u00f3n religiosa. Por eso ingres\u00f3 como seminarista del mismo modo que el resto de sus compa\u00f1eros de la escuela se uncieron al arado y a las labores del campo. No pod\u00eda ser otro el destino de aquel muchacho espigado, casi lampi\u00f1o, con aquella voz extra\u00f1amente ronca para su edad, con la que m\u00e1s que hablar sentenciaba siempre a la mayor gloria y alabanza del Se\u00f1or. Monaguillo permanente, asiduo a la catequesis, al rosario, a las novenas y a las procesiones del Corpus y de la Semana Santa, nadie en el pueblo dudaba que Orlando, de adulto, ser\u00eda cura.<\/p>\n<p>Sin embargo, fue en el seminario donde comenz\u00f3 a sufrir los primeros ataques y la pujanza de la carne que amenazaba su pureza. Las continuas oraciones, las s\u00faplicas al Alt\u00edsimo, las penitencias y las mortificaciones del cuerpo rebelde no consegu\u00edan apagar el fuego tentador. En sus delirios, cuando la fiebre le aceleraba el pulso y el sudor lo envolv\u00eda con su h\u00fameda aura, descubri\u00f3, horrorizado, que lo atacaba \u201cEl maligno\u201d. Nunca m\u00e1s lo abandon\u00f3 aquel esp\u00edritu perverso, de perdici\u00f3n, que lo acechaba. Se convirti\u00f3 en su eterno enemigo. Lo ve\u00eda en todas partes; en las lecturas piadosas del libro sagrado, en los encendidos mofletes de las aldeanas que pod\u00eda ver cuando los superiores sacaban de paseo a los seminaristas, en el seno ub\u00e9rrimo de aquella gitana que amamantaba a su hijo sentada a la puerta de un chamizo y hasta en el calor traicionero de las noches primaverales.<\/p>\n<p>Orlando perdi\u00f3 el control por primera vez una noche, cuando acababa de entrar en el dormitorio, despu\u00e9s de las oraciones. El ambiente c\u00e1lido y prometedor de la noche primaveral convidaba a la alegr\u00eda y las chanzas sin malicia. Un compa\u00f1ero coment\u00f3, entre risas, que Orlando parec\u00eda un fauno, que deber\u00edan cuidarse de \u00e9l todas las ninfas del bosque, porque corr\u00edan peligro. A Orlando la vista se le ti\u00f1\u00f3 de rojo, not\u00f3 como si una mano de hierro le apretase la garganta y le impidiese pronunciar una palabra y apret\u00f3 las mand\u00edbulas, preso de una tensi\u00f3n que amenazaba con provocarle el estallido de la frente. Cogi\u00f3 lo que ten\u00eda m\u00e1s a mano, un crucifijo grande de sobremesa, y con \u00e9l golpe\u00f3 al otro joven con tal sa\u00f1a que el chico cay\u00f3 como muerto. Los novicios se apresuraron a sujetar al exaltado Orlando, para que no siguiese golpeando a su v\u00edctima. Lo sujetaron con s\u00e1banas a modo de sogas y se aprestaron a socorrer al infortunado bromista, tendido en un charco de sangre. Mientras, el inmovilizado Orlando no dejaba de gritar que hab\u00eda expulsado al Maligno, hasta que, finalmente, cay\u00f3 en una especie de postraci\u00f3n pr\u00f3xima al estado catat\u00f3nico.<\/p>\n<p>Orlando pas\u00f3 diez a\u00f1os en un sanatorio. Tuvo suerte de que su v\u00edctima no muriera y, as\u00ed, evit\u00f3 la c\u00e1rcel o el internamiento de por vida. Los forenses dictaminaron una dolencia que requer\u00eda largos cuidados y el juez pronunci\u00f3 un fallo en consonancia con ese dictamen. El joven recib\u00eda la visita puntual de su madre todos los domingos por la tarde. \u00c9l apenas hablaba, saturado de calmantes, exhausto por las sesiones de electro shock, por las duchas a presi\u00f3n, por las exploraciones dolorosas y humillantes y por los interrogatorios de los psiquiatras. Pasaba las horas c\u00e1lidas del verano sentado a la sombra en el jard\u00edn, los d\u00edas fr\u00edos del invierno tras los cristales de la gran sala, ocupado en la contemplaci\u00f3n de la ca\u00edda mansa de los copos de nieve.<\/p>\n<p>Mejor\u00f3 con lentitud: ya no gritaba exaltado por las noches; ya no se encend\u00eda col\u00e9rico ante una mirada extra\u00f1a, ni ante un cometario fuera de lugar. El m\u00e9dico le asegur\u00f3 a su madre que pronto lo autorizar\u00eda para que saliese del sanatorio. En unos pocos meses, si los indicios favorables se confirmaban, podr\u00eda abandonar el centro un fin de semana, unas vacaciones cortas o una temporada y hasta recibir el alta, con la \u00fanica obligaci\u00f3n de regresar cada cierto tiempo para una revisi\u00f3n, cada vez m\u00e1s rutinaria, cada vez m\u00e1s prescindible, cada vez m\u00e1s un mero tr\u00e1mite.<\/p>\n<p>Orlando volvi\u00f3 a pasear, libre, por las calles del pueblo. Ya casi nadie lo reconoc\u00eda; hab\u00eda cambiado tanto. Sus cabellos, anta\u00f1o recios, muy negros y encrespados, pend\u00edan ahora, lacios, escasos y salpicados de gris. La mirada, inquieta y feroz de su primera juventud, se hab\u00eda vuelto bovina, h\u00fameda y adormecida. Caminaba encorvado y a pasitos cortos, muy al contrario de su anterior marcha airosa y r\u00edtmica. Cuando alguien lo saludaba tardaba en responder, como si le costase reconocer a la persona que le hab\u00eda hablado, y lo hac\u00eda con una voz insegura, confusa y casi inaudible, como la de un ni\u00f1o algo retrasado, una voz que no casaba con su aspecto de hombre prematuramente envejecido y acabado.<\/p>\n<p>Su presencia por las callejuelas de la aldea o por los caminos junto al r\u00edo, en las eras, en el bosque pr\u00f3ximo y en donde menos se pensaba se convirti\u00f3 en una costumbre. Los lugare\u00f1os lo saludaban y luego, mientras volv\u00edan a sus tareas, meneaban la cabeza y compadec\u00edan a los pobres padres que hab\u00edan tenido que cargar con la desgracia de un hijo as\u00ed en su vejez. Orlando, por su parte, gan\u00f3 algo de color; su piel ya no ten\u00eda aquel acentuado tono ceniciento, ni aquella liviandad que la volv\u00eda casi transparente. Un punto de color te\u00f1\u00eda levemente sus mejillas y hasta se dir\u00eda que su mirada hab\u00eda perdido la indefinici\u00f3n anterior y que parec\u00eda concentrarse en mirar a los vecinos con mayor inter\u00e9s. Su madre, sin embargo, lo oy\u00f3 lamentarse algunas noches y rebullir en la cama, como si alguna pesadilla lo atormentase. Lleg\u00f3, incluso, a acudir la mujer, asustada, a la habitaci\u00f3n de su hijo en m\u00e1s de una ocasi\u00f3n, con la inquietud de si le ocurrir\u00eda algo, y lo encontr\u00f3 muy agitado, empapado en sudor, pero todav\u00eda dormido. Pens\u00f3 la madre que deb\u00eda comentarlo con el doctor en la siguiente visita de control, para la que todav\u00eda faltaban algunos meses.<\/p>\n<p>Sin embargo, \u201cEl maligno\u201d no se hab\u00eda marchado; estaba aletargado y s\u00f3lo esperaba el momento propicio para mostrarse de nuevo con toda la fuerza que hab\u00eda acumulado durante el letargo. Orlando lo present\u00eda en las confusas im\u00e1genes que se le aparec\u00edan en sue\u00f1os, en los l\u00fabricos pensamientos que le asaltaban durante el d\u00eda y en el impulso que tanto le costaba vencer de tocarse all\u00ed donde todo el mal ten\u00eda su origen.<\/p>\n<p>El ataque lleg\u00f3 con la misma inmutable seguridad que llegan las lluvias y las tormentas en oto\u00f1o y con la fuerza devastadora del rel\u00e1mpago que salta entre las nubes cargadas de electricidad. La chispa prendi\u00f3 cuando Orlando vio a una muchacha sola, que segaba hierba en un prado casi oculto por el bosque junto al r\u00edo. El sol calentaba con fuerza en una de las ma\u00f1anas m\u00e1s c\u00e1lidas del verano. El aire se hab\u00eda detenido y costaba respirar en el h\u00famedo vaho que llegaba del amplio remanso cercano. La chica no tendr\u00eda m\u00e1s de quince o diecis\u00e9is a\u00f1os y Orlando no recordaba haberla visto nunca antes por aquellas tierras. Tal vez se trataba de una m\u00e1s de las j\u00f3venes llegadas en compa\u00f1\u00eda de los temporeros que acud\u00edan a la zona para ayudar en las tareas de la siega. La muchacha llevaba la falda remangada hasta los muslos, la blusa entreabierta que mostraba un busto poderoso y tentador, el cabello recogido con un pa\u00f1uelo y las mejillas encendidas por el sol del mediod\u00eda. Orlando ni siquiera tuvo tiempo para pensar lo que hac\u00eda; \u201cEl maligno\u201d se apoder\u00f3 de su voluntad y gui\u00f3 sus actos como si los hubiese repetido mil veces antes. Orlando salt\u00f3 de improviso sobre la desprevenida muchacha, la sujet\u00f3 con fuerza y le rasg\u00f3 las humildes ropas que vest\u00eda, sin hacer caso de los in\u00fatiles gritos de socorro o peticiones de clemencia de la chica.<\/p>\n<p>Todo ocurri\u00f3 muy r\u00e1pido, en pocos minutos. Al terminar, algo se rompi\u00f3 en el interior de Orlando. Sinti\u00f3 como se le aflojaba la presi\u00f3n de los miembros y como le nac\u00eda un gran hueco en el est\u00f3mago, al tiempo que una oleada de calor le sub\u00eda a la cara y le erizaba la ra\u00edz de los cabellos. Le dio asco de s\u00ed mismo y verg\u00fcenza por la visi\u00f3n de la chica desnuda, que lloraba tendida boca arriba con las piernas separadas y el provocativo sexo ensangrentado. Sin embargo, como si \u201cEl maligno\u201d no le hubiese dejado libre todav\u00eda, sino que, por el contrario, se hubiera apoderado irremediablemente de su voluntad, tom\u00f3 una piedra grande con las dos manos y golpe\u00f3 repetidas veces, con todas sus fuerzas, la cabeza de la muchacha, hasta acallar por completo aquellos sollozos que parec\u00edan acusarlo de su pecado, hasta regresar al silencio ominoso de su llegada al paraje, hasta que s\u00f3lo el fuerte latido del coraz\u00f3n llen\u00f3 sus o\u00eddos. Luego, se levant\u00f3 preso de una extra\u00f1a agitaci\u00f3n, mir\u00f3 en todas las direcciones y emprendi\u00f3 un alocada carrera hacia ninguna parte.<\/p>\n<p>Vag\u00f3 todo el d\u00eda por los campos. No comi\u00f3 nada durante esas horas. Tampoco quiso cenar lo que le hab\u00eda preparado su madre, angustiada por la tardanza de Orlando en regresar a casa. Cuando se fue a la cama. Orlando no durmi\u00f3, ni intent\u00f3 conciliar el sue\u00f1o. Permaneci\u00f3 despierto, medio incorporado, sin moverse, con la mirada fija en un punto indeterminado y el pensamiento enredado en im\u00e1genes vertiginosas de carne desnuda, sol y sangre, y en el recuerdo del sonido del cr\u00e1neo machacado, envuelto en aquel desgarrado grito final que se troc\u00f3 en un silencio absoluto, s\u00f3lo mancillado por el canto de las cigarras.<\/p>\n<p>Se levant\u00f3 de madrugada, sin hacer ruido y sali\u00f3 de la casa. Fuera le recibi\u00f3 una noche de luna llena, con las estrellas parpadeantes por el bochorno remanente de la can\u00edcula diurna. Entr\u00f3 en el cobertizo donde su padre guardaba la gasolina para el generador el\u00e9ctrico, el que se utilizaba cuando fallaba el suministro de la compa\u00f1\u00eda. Roci\u00f3 a conciencia todas las paredes del edificio, se asegur\u00f3 de que la puerta estuviera bien cerrada y la atranc\u00f3 con una barra de hierro. Luego prendi\u00f3 una cerilla y la acerc\u00f3 al \u00faltimo reguero de combustible. Entonces, se retir\u00f3 unos pasos y se dispuso a contemplar, satisfecho, la rugiente hoguera.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Orlando contempla las llamas que devoran su casa, con un sentimiento difuso de alivio. 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