{"id":631,"date":"2010-05-22T00:34:17","date_gmt":"2010-05-21T22:34:17","guid":{"rendered":"https:\/\/www.canal-literatura.es\/7certamen\/?p=631"},"modified":"2010-05-22T00:34:17","modified_gmt":"2010-05-21T22:34:17","slug":"165-contacto-por-oliveira","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.canal-literatura.es\/7certamen\/?p=631","title":{"rendered":"165-Contacto. Por Oliveira"},"content":{"rendered":"<p>Los trenes a esas horas son as\u00ed, apenas un espacio precario limitado por piernas y bultos, la se\u00f1ora que sali\u00f3 tarde del trabajo y ahora se apresura a tomar sitio, el hombre con las manos blanqueadas por la pintura que mira so\u00f1oliento las p\u00e1ginas de un diario, la mujer rubia de tac\u00f3n alto que se mantiene erguida mientras su mano enguantada se pasea por el pasamanos del vag\u00f3n.<!--more-->\u00a0Todo parece estar concebido bajo un orden antiguo: la orquestada participaci\u00f3n de los bostezos, los ojos cerrados del cansancio, el lento transcurrir del paisaje urbano en jirones por los cristales tintados. Movido por la costumbre, me dispuse a atravesar el pasillo del vag\u00f3n como si se tratara de la estrecha sala de un museo, contemplando caras como estatuas, ropas como lienzos, examinando fugazmente sus rarezas apreciables. Fue entonces cuando lo vi. Estaba parado en una esquina, atrapado entre la puerta y dos hombres corpulentos que vest\u00edan a\u00fan sus ropas de trabajo. A pesar de la estrechez lograba retener su cuerpo para no rozar a los otros. Llevaba un grueso abrigo de tergal, un aparatoso gorro y unos guantes de lana. A la segunda estaci\u00f3n pudo sentarse tranquilo, ya que a esa altura del trayecto el tren suele quedar medio vac\u00edo. Sosten\u00eda un libro entre sus guantes. Mir\u00e9, como acostumbro, el t\u00edtulo. <em>Mano<\/em>, de Guillermo Anguiano. Creo que fue a partir de ese momento cuando empez\u00f3 a interesarme de veras. Me sent\u00e9 junto a \u00e9l a pesar de que en el vag\u00f3n quedaban numerosos asientos libres. Tras una breve conversaci\u00f3n, en la que intercambiamos algunas impresiones anodinas acerca del tiempo y del libro que estaba leyendo, me cont\u00f3 esta incre\u00edble historia, que reproduzco con la literalidad que me permite mi imperfecta memoria.<\/p>\n<p>*<\/p>\n<p>Mis manos&#8230; \u00bfC\u00f3mo explicarlo? Al principio todo me era confuso, ya que nunca me hab\u00eda interesado por semejantes temas. El libro del que hablamos no me sirvi\u00f3 de mucho. A partir de las primeras lecturas supe ya distinguir a qu\u00e9 respond\u00eda la precisa geometr\u00eda del sentido del tacto. Los corp\u00fasculos de Meissner y de Pacini, los discos de Merkel, el m\u00fasculo horripilador&#8230; Cr\u00e9ame si le digo que todas las definiciones de este mundo encierran un infierno posible. Pero no quiero ser desordenado. Comenzar\u00e9 por el principio.<\/p>\n<p>Sol\u00edamos cont\u00e1rnoslos con el segundo caf\u00e9 de la ma\u00f1ana. A Laura le gustaba ese juego porque era como un reencuentro, como recuperar el tiempo que hab\u00edamos perdido en las horas de sue\u00f1o. Tanto los suyos como los m\u00edos tend\u00edan a ser simples representaciones de lo vivido durante el d\u00eda, con ligeras salvedades que derivaban en pesadillas. Por lo dem\u00e1s, nunca tuvimos demasiados sobresaltos al respecto. Tanto ella como yo \u00e9ramos personas normales, y como tales asum\u00edamos nuestras poco usuales rarezas. Un d\u00eda Laura me cont\u00f3 que en su sue\u00f1o nos persegu\u00eda un tigre por una selva repleta de manos que colgaban de los \u00e1rboles. En el \u00faltimo momento las manos nos atrapaban y el tigre se abalanzaba hacia nosotros, instante en el que Laura hab\u00eda abierto los ojos para evitar lo inevitable. Esa ma\u00f1ana, despu\u00e9s del desayuno, nos fuimos tranquilos a la oficina y las pesadillas desaparecieron durante algunas semanas. Hasta el d\u00eda en que, por la ma\u00f1ana, despu\u00e9s del segundo caf\u00e9, le cont\u00e9 lo que esa noche hab\u00eda so\u00f1ado.<\/p>\n<p>Me hallaba en una amplia sala de paredes blanqueadas. La claridad cegadora del sol en el poniente atravesaba la \u00fanica ventana que hab\u00eda en la estancia. Yo me encontraba sentado en un inc\u00f3modo asiento de madera sin respaldo. Mis manos estaban atadas a mi espalda, mi cuerpo cubierto por una t\u00fanica blanca de grosero lienzo. Frente a m\u00ed se hallaba un hombre vestido con una toga negra que le\u00eda con aire grave ciertos papeles que remov\u00eda de vez en cuando. Ten\u00eda a ambos lados a dos hombres: uno de ellos parec\u00eda un escribiente, el otro un verdugo. Despu\u00e9s de un tiempo que no sabr\u00eda determinar el togado comenz\u00f3 a hacerme preguntas. Fue entonces cuando comprend\u00ed que me hallaba en un proceso judicial. Se me acusaba de haber robado unas gallinas y de haberlas vendido a un aldeano vecino. Negu\u00e9 la acusaci\u00f3n varias veces ya que en mi sue\u00f1o no recordaba haber hecho nada parecido. A mi tercera negativa el togado le hizo una se\u00f1a al verdugo. El escribiente se dispuso a transcribir el interrogatorio. El suplicio comenz\u00f3 cuando se encendieron las l\u00e1mparas, al caer el sol, y no recuerdo exactamente cu\u00e1nto dur\u00f3. Lo que s\u00ed puedo asegurarle es que el tiempo se detuvo en mi pesadilla, y que lo que conscientes concebimos como una hora, como un minuto, como un segundo, qued\u00f3 en suspenso esa noche. El verdugo comenz\u00f3 golpe\u00e1ndome los dedos con una voluminosa maza de madera, despu\u00e9s las u\u00f1as, despu\u00e9s las manos enteras rompi\u00e9ndome los huesos. Estir\u00f3 mi cuerpo en el potro, tens\u00f3 mis brazos y mis piernas dislocando algunas de sus articulaciones. El escribiente anotaba todos y cada uno de mis lamentos. Tras lo que me pareci\u00f3 una eternidad sin tiempo confes\u00e9 el delito que no hab\u00eda cometido. El togado dict\u00f3 sentencia. Despert\u00e9 en el preciso instante en que mis manos me fueron arrancadas por un certero golpe de hacha del verdugo.<\/p>\n<p>Supe entonces que algo se hab\u00eda quebrado en m\u00ed, que el horror que contemplaba en los ojos de Laura era la prolongaci\u00f3n misma del suplicio, como si la pesadilla no se hubiese diluido entre nosotros tras haberla contado. Nos fuimos a la oficina como si nada hubiera ocurrido, y durante algunas semanas todo pareci\u00f3 transcurrir con absoluta normalidad. Por las ma\u00f1anas Laura me relataba sus sue\u00f1os. Los m\u00edos no volvieron a manifestarse en im\u00e1genes.<\/p>\n<p>La primera vez ocurri\u00f3 mientras ordenaba los informes que se acumulaban cada lunes encima de mi escritorio. Mi trabajo consist\u00eda en indexarlos siguiendo un rudimentario sistema de clasificaci\u00f3n consistente en anotar en un registro sus datos esenciales. La informatizaci\u00f3n no hab\u00eda llegado a\u00fan a los despachos ministeriales, de manera que deb\u00eda cumplir mi cometido a mano. Ese d\u00eda trat\u00e9 de anotar los datos en el registro, pero me fue completamente imposible. Hab\u00eda olvidado el nombre del utensilio que sirve para escribir y, en consecuencia, hab\u00eda olvidado tambi\u00e9n todo lo relativo a la escritura. Pese a tenerlo al alcance de la mano no me era posible tomarlo y hacer anotaci\u00f3n alguna. No quiero abrumarle. Tan s\u00f3lo le dir\u00e9 que mi desesperaci\u00f3n fue en aquel momento infinitamente mayor que ahora su sorpresa.<\/p>\n<p>No tard\u00e9 en darme cuenta de que ese extra\u00f1o suceso respond\u00eda a fuerzas para m\u00ed desconocidas. Durante algunos d\u00edas trat\u00e9 de recordar los nombres posibles de los utensilios de escritura que mi memoria recordaba. Hice un inventario mental de todas las cosas que sirven para escribir. Pronto comprend\u00ed que me encontraba en un callej\u00f3n sin salida. En cuanto tocaba alg\u00fan objeto para garrapatear cualquier cosa en un papel, en la arena o en las paredes, ese objeto perd\u00eda para m\u00ed su nombre y sus atributos. Mi alteraci\u00f3n nerviosa impresion\u00f3 de tal modo a Laura que me acompa\u00f1\u00f3 a visitar a algunos m\u00e9dicos amigos. Incr\u00e9dulos, tan s\u00f3lo pudieron hacer diagn\u00f3sticos relacionados con los trastornos nerviosos. Me recetaron calmantes y me dieron unas semanas de vacaciones, tras las cuales yo segu\u00eda en el mismo estado. Trat\u00e9 de reponerme realizando ejercicios mentales, reflexionando acerca de mi mal. Hasta que un d\u00eda, en un raro arrebato de lucidez, logr\u00e9 averiguar su verdadera naturaleza. \u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 \u00a0\u00a0<\/p>\n<p>Eran mis manos las que me hac\u00edan olvidar los objetos que tocaba. Al tocarlos olvidaba sus nombres y, con \u00e9stos, sus propiedades, sus funciones, su utilidad. Constat\u00e9 entonces que las palabras no s\u00f3lo definen el mundo sino que tambi\u00e9n lo crean a su manera. Comprend\u00ed que al darle nombre a los objetos damos tambi\u00e9n forma a su existencia. Todo lo que no es nombrado es invisible a nuestros ojos. As\u00ed comprob\u00e9 que tambi\u00e9n otros utensilios comunes comenzaban a perder sus nombres, momento a partir del cual era incapaz de servirme de ellos. En pocos d\u00edas termin\u00e9 comiendo con las manos, caminando descalzo, saliendo desnudo a la calle, y todo ello por desconocer la existencia de objetos a los que no pod\u00eda dar nombre alguno. Sab\u00eda que antes inhalaba humo en objetos cil\u00edndricos y que miraba im\u00e1genes en cajas de pl\u00e1stico y cristal, y que esos peque\u00f1os gestos me reportaban cierto placer. Me obsesion\u00e9 de tal modo que decid\u00ed no tocar nada, o hacerlo al menos con cierta protecci\u00f3n. Cubr\u00ed mis manos con toda suerte de tejidos, y al menos logr\u00e9, en un primer momento, mitigar sus funestas consecuencias.<\/p>\n<p>En aquellos d\u00edas Laura me contemplaba afligida. No est\u00e1bamos preparados para afrontar mi enfermedad. Pronto decidi\u00f3 marcharse, no sin antes asegurarse de que podr\u00eda vestirme y nutrirme solo. En realidad se lo agradec\u00ed, porque ya comenzaba a olvidarme de su nombre, y no habr\u00eda tardado en borrarla por completo de mi memoria.<\/p>\n<p>Perd\u00ed mi trabajo. Me despidieron indemniz\u00e1ndome por mis numerosos a\u00f1os de servicio, de modo que pude pasar todo mi tiempo pensando en lo que me ocurr\u00eda y en sus posibles curaciones. Asist\u00ed a cursos de relajaci\u00f3n, practiqu\u00e9 la acupuntura, incluso visit\u00e9 a un afamado prestidigitador que gozaba de cierta reputaci\u00f3n en el campo de la hipnosis. Aparte de ciertos traumas que se remontaban a mi primera infancia, no logr\u00f3 aportar nada nuevo a lo que ya sab\u00eda. Era evidente que la naturaleza de mi enfermedad estaba ligada al momento de su origen. Y fue as\u00ed como termin\u00e9 por relacionarla con el sue\u00f1o.<\/p>\n<p>El verdugo me arranc\u00f3 las manos y, con ellas, el sentido del tacto. Yo era en mi sue\u00f1o un ladr\u00f3n de gallinas al que en un tiempo indeterminado de un remoto pasado le somet\u00edan a un doloroso suplicio. Mis manos no pueden ahora darle un nombre t\u00e1ctil a las cosas, y es por esto por lo que me olvido del nombre y de la existencia de los objetos y de las personas que toco. Porque las manos que mutil\u00f3 el verdugo no eran otras que las de mi memoria. Al amputarme las manos el verdugo redujo mi mundo a lo que es ahora: un universo de objetos sin nombre, una ciega cosmogon\u00eda sin palabras.<\/p>\n<p>Pronto olvidar\u00e9 hacer uso de la lectura. Ni tan siquiera este tejido que cubre mis manos, cuyo nombre desconozco, es capaz de ralentizar el avance del mal en mi cuerpo. Le cuento todo esto para que usted lo cuente a otros. Escriba la historia que le he contado. H\u00e1gales saber a los que quieran escucharle lo que puede llegar a ocurrirles si carecen de la facultad de nombrar sus mundos sucesivos. D\u00edgales lo que ve en m\u00ed, rel\u00e1teles los pormenores de mi locura. Al menos as\u00ed sabr\u00e9 que tambi\u00e9n yo he existido, que alguien dar\u00e1 a las cosas los nombres que a m\u00ed se me han negado.<\/p>\n<p>*<\/p>\n<p>Mientras nos dirig\u00edamos al vest\u00edbulo de la estaci\u00f3n me hizo una \u00faltima confesi\u00f3n. Esa misma tarde, cuando llegara a su casa, se quitar\u00eda los guantes y se tocar\u00eda la cara y el cuerpo. S\u00f3lo de ese modo atajar\u00eda de ra\u00edz el mal: olvid\u00e1ndose de s\u00ed mismo, perdiendo el \u00faltimo nombre que de alguna forma le ataba al mundo. Entonces ser\u00eda la nada, un vac\u00edo absoluto, el retorno a esa inconsciencia primera del organismo que a\u00fan no reconoce su ser, el brusco ingreso en la esfera primitiva de los animales y las cosas. Nos despedimos con un fuerte apret\u00f3n de manos. Lo vi perderse entre la multitud que a esas horas de la tarde colma las bocacalles que conducen a la estaci\u00f3n.<\/p>\n<p>Al llegar a mi apartamento me dispuse a hacer lo que le hab\u00eda prometido. He escrito esta historia sin la menor dilaci\u00f3n porque de otro modo nadie la habr\u00eda escrito. Ahora s\u00e9, mientras escribo, que tras ese apret\u00f3n de manos algo en m\u00ed se ha quebrado. Siento c\u00f3mo las cosas que toco son arrancadas de mi memoria. Pronto olvidar\u00e9 hacer uso de este bol\u00edgrafo, de este papel, de esta mesa y de estas manos que van perdiendo todos sus nombres, todas las posibles formas en que los he sentido.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Los trenes a esas horas son as\u00ed, apenas un espacio precario limitado por piernas y bultos, la se\u00f1ora que sali\u00f3 tarde del trabajo y ahora se apresura a tomar sitio, el hombre con las manos blanqueadas por la pintura que mira so\u00f1oliento las p\u00e1ginas de un diario, la mujer rubia de tac\u00f3n alto que se [&hellip;]<\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":[],"categories":[3],"tags":[],"amp_enabled":true,"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.canal-literatura.es\/7certamen\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/631"}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.canal-literatura.es\/7certamen\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.canal-literatura.es\/7certamen\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.canal-literatura.es\/7certamen\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.canal-literatura.es\/7certamen\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fcomments&post=631"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/www.canal-literatura.es\/7certamen\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/631\/revisions"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.canal-literatura.es\/7certamen\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fmedia&parent=631"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.canal-literatura.es\/7certamen\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fcategories&post=631"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.canal-literatura.es\/7certamen\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Ftags&post=631"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}