{"id":727,"date":"2010-05-26T01:09:39","date_gmt":"2010-05-25T23:09:39","guid":{"rendered":"https:\/\/www.canal-literatura.es\/7certamen\/?p=727"},"modified":"2010-05-26T01:09:39","modified_gmt":"2010-05-25T23:09:39","slug":"196-reto-por-gladys-m-fuentes","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.canal-literatura.es\/7certamen\/?p=727","title":{"rendered":"196- Reto. Por Gladys M. Fuentes"},"content":{"rendered":"<p style=\"text-align: right;\"><em>\u00a0A don Miguel de Cervantes Saavedra\u00a0<br \/>\n\u00a0maestro incomparable de la prosa castellana.<\/em><\/p>\n<p>\u00a0\u00a0 \u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0<\/p>\n<p>Al o\u00edr a lo lejos el galope, que le ha sido familiar durante varios a\u00f1os, Marcelino Rojas, el molinero, se ubica detr\u00e1s de una ventanilla\u00a0 y otea, con la ayuda de la mano derecha, colocada en forma de visera, a unos jinetes, peque\u00f1os en la distancia, que ascienden\u00a0 por el sendero que conduce hasta la hilera de centenarios molinos de viento, como sembrados a la vera del camino, a semejanza de un cultivo de hongos gigantes o abandonados helic\u00f3pteros encallados en la hierba de las hermosas y sosegadas tierras manchegas.<!--more--><\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Sin p\u00e9rdida de tiempo suspende la molienda, acciona el sistema de frenado de los ejes, dise\u00f1ado por \u00e9l mismo para solventar la misteriosa situaci\u00f3n, lo que impide a las aspas exteriores girar, deteni\u00e9ndolas paulatinamente en el lapso de unos segundos, burlando as\u00ed la fuerza del viento, como matando progresivamente el impulso. Luego, regresa al primer molino y, en silencio, escucha una vez m\u00e1s el di\u00e1logo, que ya se sabe de memoria, mantenido en voz alta por un par de hombres, uno de contextura delgada y el otro gruesa, al parecer un armado caballero y su escudero, ataviados con prendas extra\u00f1as para nuestra \u00e9poca, propias justamente de los personajes de los libros de caballer\u00edas, en un lenguaje un poco arcaizante, en ocasiones rayano en el grito, ubicados ambos frente a los impert\u00e9rritos molinos:<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 -Se\u00f1or -dice el escudero-, mire bien lo que hace. Durante siglos he dicho a vuestra merced que aquellos que all\u00ed se ven no son gigantes sino inofensivos y \u00fatiles molinos de viento.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 -Bien parece -responde el caballero-, que no est\u00e1s cursado en esto de los jayanes. No ves, Sancho Panza, los m\u00faltiples brazos y cabezas de Briareo, junto a los de Morholt, Bruciferno, Grindalafo, Pasaronte el Malo y todo ese ej\u00e9rcito de gigantes tremebundos, a la espera de que yo me acerque un poco m\u00e1s para darme cacer\u00eda.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 -\u00bfQu\u00e9 gigantes? -pregunta Sancho Panza.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 -Estos que all\u00ed ves -respondi\u00f3 el amo-, ahora inm\u00f3viles, fingiendo ser estatuas pero apostados como avezados guerreros, con los brazos cubiertos de lienzo, esperando el momento propicio de atacarme, como lo hicieron hace ya siglos, para romper mi sustituta espada h\u00edbrida de hierro y vegetal, y dejarme herido de muerte.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 -Mire vuestra merced, don Quijote -insiste Sancho Panza-, tales monstruos est\u00e1n solamente en su imaginaci\u00f3n que cambia las aspas por brazos, los ventanucos por ojos y los tejados por cabezas.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 -\u00a1Cobarde! -refuta don Quijote-. \u00a1Si no piensas hacer batalla contra esos desaforados gigantes, si tienes miedo, qu\u00edtate de ah\u00ed, ponte en oraci\u00f3n!\u00a0 \u00a1Yo los atacar\u00e9 solo y los vencer\u00e9 aunque quede despaldado!<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 -Se ver\u00e1 luchando contra alguien que no le responde, vuestra merced -agrega Sancho-, como quien patea su propia sombra. La golpea pero el golpeado es \u00e9l mismo. Los molinos est\u00e1n quietos, como amplios cenotafios all\u00e1 sembrados\u00a0 por los siglos de los siglos.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 -Calla, amigo Sancho -dice don Quijote-, una vez m\u00e1s pretendes que desista de mi empe\u00f1o. No olvides que eso est\u00e1 vedado a un caballero.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 -A un caballero\u00a0 -insiste Sancho Panza-, le est\u00e1 tambi\u00e9n terminantemente prohibido luchar contra alguien inerme y que no ha entrado en desaf\u00edo. Digno de un caballero es responder solamente ante el reto.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 -Tienes raz\u00f3n, amigo Sancho -dice resignado don Quijote-, \u00a1Regresar\u00e9, non fuyades! \u00a1Armaos, cobardes!<\/p>\n<p>Marcelino se acerca silenciosamente a la ventanilla, espera pacientemente a que la pareja se aleje cabalgando, don Quijote en su viejo Rocinante y Sancho en su humilde Roc\u00edn, planeando quiz\u00e1 su pr\u00f3xima visita. Los ve descender la cuesta, el escudero tras el caballero, hasta que las diminutas siluetas desaparecen en el horizonte. Luego, desactiva el familiar freno de los ejes, les da v\u00eda libre para que giren ante la m\u00e1s m\u00ednima presencia del viento y as\u00ed se reinicia la molienda.<\/p>\n<p>Pero cansado de las continuas interrupciones en su labor y de la reiterada conversaci\u00f3n, Marcelino se propone enfrentar de alguna manera a la ins\u00f3lita pareja. Tiene en primer lugar la impresi\u00f3n de que efectivamente se trata de un par de fantasmas, escapados de la \u00e9poca de las caballer\u00edas, fallecidos probablemente en una cruenta batalla frente a un molino en llamas, sin haber cumplido su misi\u00f3n final de derribar al enemigo y que por lo tanto debe penar hasta lograrlo. Los espero -se dice- con las armas usadas\u00a0 para espantar por siempre a los aparecidos: un crucifijo, bendecido por tres curas de parroquias diferentes, agua bendita y una estaca de palo santo.<\/p>\n<p>A los pocos d\u00edas, efectivamente regresan los implicados. Marcelino detiene los ejes y se agazapa como de costumbre tras de la ventanilla, con la salvedad de que esta vez deja las sagradas armas muy cerca de su mano. Cuando las palabras de don Quijote adquieren un aire de diatriba contra los silenciosos molinos, Marcelo, como cari\u00f1osamente le llaman, se santigua, mira a la Virgen de Arriba, patrona de los molineros, y como implorando su asentimiento, lanza al vac\u00edo el agua bendita, justo encima de la cabeza del caballero andante.<\/p>\n<p>-\u00a1Vamos, amigo Sancho! -dice mientras emprende la retirada-. \u00a1Estos cobardes a\u00fan no se deciden! \u00a1La tempestad arrecia!<\/p>\n<p>-\u00a1Vamos, pronto, vuestra merced, por la tempestad se han suspendido grandes batallas! -dice Sancho, en un intento de apartarle del cerebro esa idea insana de luchar contra seres inexistentes y, dando media vuelta a su jumento, baja la colina al lado de su amo.<\/p>\n<p>Marcelo queda decepcionado porque la estaca que lanza como una flecha envenenada a la espalda de don Quijote, se estrella contra el espaldar de la coraza y cae hecha trizas al suelo y, adem\u00e1s, cuando logra sacar el crucifijo por la ventanilla, ya es tarde, los jinetes se esfuman en lontananza. Pero se convence de que no se trata de seres fantasmag\u00f3ricos a los que el agua bendita sin duda habr\u00eda desaparecido al instante.\u00a0<\/p>\n<p>\u00a0 \u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Si no son almas en pena -se dice- quiz\u00e1 sean salteadores o vulgares ladrones que buscan dinero u objetos valiosos. Uno se disfraza de caballero y se hace el loco, insultando a los inocentes molinos, mientras el otro aprovecha y roba lo que pueda. Les pondr\u00e9 una prueba y, si caen, no me queda ninguna duda. Les dejar\u00e9 junto a los molinos unos livianos bultos de olorosa harina, una bolsa con tentadoras monedas y una apreciada\u00a0 antig\u00fcedad, un reloj del siglo XVI, al que ni el tiempo ni\u00a0 la carcoma han podido deteriorar y que se encuentra a\u00fan en funcionamiento en uno de los molinos. En el momento en que intenten apoderarse de tales pertenencias, gritar\u00e9 con todas mis fuerzas: \u201c\u00a1Ladrones, ladrones, auxilio!\u201d\u00a0 Y no dudo que quedar\u00e1n delatados y atrapados por todos mis colegas.<\/p>\n<p>En la siguiente visita, el par de supuestos rateros, se ubica frente al conocido molino, mantienen la trillada conversaci\u00f3n, pero no se apoderan de nada, ni siquiera dirigen los ojos a los objetos colocados como carnada. Y en vista de que los molinos no rompen su mutismo, no emiten palabra alguna, el par da media vuelta y comienza a descender por la loma. Marcelino sale, revisa sus pertenencias y, considerando la buena conducta de los visitantes, nada de abuso en bien ajeno, cero cleptoman\u00eda, descarta cualquier acto delincuencial y opta por una estrategia antiqu\u00edsima, el disfraz, que tal vez le resulte muy pr\u00e1ctica al combinarla con su sospecha de que los extra\u00f1os son extraterrestres, visitantes de otros planetas. No en vano el disfraz ha servido a la humanidad para develar grandes secretos o camuflar extra\u00f1os personajes.\u00a0<\/p>\n<p>Si no son ni almas errantes ni\u00a0 p\u00edcaros encubiertos -medita Marcelino-, tal vez sean habitantes de otros planetas que quieren en primer t\u00e9rmino apoderarse de los molinos; luego, establecer aqu\u00ed sus bases militares y finalmente adue\u00f1arse de la Tierra. Se visten de ese modo y montan a caballo para despistarnos, pero es probable que tengan sus naves parqueadas en una llanura cercana y guarden all\u00e1 los vestidos que se necesitan para ir de un planeta a otro y adem\u00e1s peligrosos arsenales secretos. Puede que sean buenos -reflexiona- pero si son malintencionados podr\u00edan arrancar de ra\u00edz los molinos y guardar ah\u00ed sus naves espaciales, sus ovnis, como los llama la gente.<\/p>\n<p>Un d\u00eda, varios meses despu\u00e9s de la visita anterior, Marcelo avista a los lejos, en el borde de intersecci\u00f3n del cielo y la tierra, algo plateado que le hace creer\u00a0 que se trata de los viajeros que \u00e9l espera. Se ha obsesionado tanto con la visita de una nave de otro planeta que cualquier luz a la distancia le parece un ovni, cuando podr\u00eda tratarse realmente de un globo, una cometa de papel, un avi\u00f3n o simplemente un espejismo. Apaga los molinos, desciende por la escalera, sale y se oculta en la parte posterior de uno de ellos, del que siempre le ha tocado recibir de frente los insultos; disfrazado ahora el molinero de un r\u00fastico cosmonauta: traje de una sola pieza, hecho manualmente de tela de talegas para empacar harina; gorro de panadero, redondeado y reforzado con cart\u00f3n piedra; unas gafas de culo de botella y un par de antenas de vinil, semejantes a las del popular Chapul\u00edn Colorado.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 -\u00a1Bip, bip! -dice en voz alta Marcelo y espera que los interlocutores le contesten en el mismo lenguaje.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 -Bip. Bip -dice Sancho, m\u00e1s remedando que contestando, mientras don Quijote permanece en absoluto silencio.<\/p>\n<p>-\u00a1Vengo de Marte! -insiste Marcelo, intentando que las palabras le salgan partidas y por la nariz.<\/p>\n<p>-\u00bfDe parte de qui\u00e9n? -pregunta don Quijote, imitando el tono de Marcelo, fingiendo que no le ha o\u00eddo bien.<\/p>\n<p>-\u00a1Marte, Marte! -repite Marcelo, conservando el dejo inicial-. El planeta rojo.<\/p>\n<p>-\u00a1Nosotros tambi\u00e9n somos marcianos! -agregan al tiempo el supuesto caballero y su escudero, dividiendo las palabras en s\u00edlabas.<\/p>\n<p>-\u00bfQu\u00e9 quieren? -recarga Marcelo, temeroso de que el par sea en verdad extraterrestre.<\/p>\n<p>-\u00a1Nada\u00a0 en especial! -responden conteniendo la risa.<\/p>\n<p>-\u00a1D\u00edganlo pronto o me retiro! -insiste Marcelo, con voz temblorosa, como de extraterrestre anonadado.<\/p>\n<p>-Le tenemos una propuesta -agregan sonrientes, mir\u00e1ndose a los ojos el uno al otro.<\/p>\n<p>-\u00bfCucu-cu\u00e1l?\u00a0 -pregunta Marcelo, a punto de derrumbarse.<\/p>\n<p>-Que nos despojaremos de nuestros trajes si usted se despoja del suyo.\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0<\/p>\n<p>-S\u00ed, s\u00ed, acepto -contesta agitado y abre de un solo tir\u00f3n la gastada y larga cremallera de su r\u00fastica escafandra.\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0<\/p>\n<p>Al quitarse los disfraces, quedan al descubierto los tres amigos, todos<\/p>\n<p>\u00a0molineros, hijos y nietos de molinero.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>\u00a0A don Miguel de Cervantes Saavedra\u00a0 \u00a0maestro incomparable de la prosa castellana. \u00a0\u00a0 \u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Al o\u00edr a lo lejos el galope, que le ha sido familiar durante varios a\u00f1os, Marcelino Rojas, el molinero, se ubica detr\u00e1s de una ventanilla\u00a0 y otea, con la ayuda de la mano derecha, colocada en forma de visera, a unos [&hellip;]<\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":[],"categories":[3],"tags":[],"amp_enabled":true,"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.canal-literatura.es\/7certamen\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/727"}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.canal-literatura.es\/7certamen\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.canal-literatura.es\/7certamen\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.canal-literatura.es\/7certamen\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.canal-literatura.es\/7certamen\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fcomments&post=727"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/www.canal-literatura.es\/7certamen\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/727\/revisions"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.canal-literatura.es\/7certamen\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fmedia&parent=727"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.canal-literatura.es\/7certamen\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fcategories&post=727"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.canal-literatura.es\/7certamen\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Ftags&post=727"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}