{"id":789,"date":"2010-05-29T19:03:17","date_gmt":"2010-05-29T17:03:17","guid":{"rendered":"https:\/\/www.canal-literatura.es\/7certamen\/?p=789"},"modified":"2010-05-29T19:03:17","modified_gmt":"2010-05-29T17:03:17","slug":"217-los-dioses-giratorios-por-eleuterio-kasimba-chen","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.canal-literatura.es\/7certamen\/?p=789","title":{"rendered":"217- Los dioses giratorios. Por Eleuterio Kasimba Chen"},"content":{"rendered":"<p>Desde el comienzo todo sali\u00f3 a pedir de boca. Los cuatro toneles met\u00e1licos pintados de anticorrosivo luc\u00edan impecables.<!--more-->\u00a0La cabuyer\u00eda, los remos de aluminio, las tablas calafateadas, dos s\u00e1banas blancas y una br\u00fajula checoslovaca completaban los pertrechos, adem\u00e1s del man\u00ed garapi\u00f1ado y un garraf\u00f3n de agua potable. El montaje fue r\u00e1pido y eficaz, con la ayuda de un planito meticuloso. Incluso la vieja camioneta Dodge, en cuyo alquiler invirti\u00f3 sus \u00faltimos ahorros, cubri\u00f3 el trayecto hasta la costa norte sin chistar. Antes del amanecer se lanz\u00f3 al mar en su balsa bien equipada; voy cuesta arriba, dijo mirando al cielo: los n\u00fameros est\u00e1n conmigo.\u00a0 Pero varios d\u00edas de viaje no fueron suficientes para olvidar. Bajo el sol del quinto meridiano lo asalt\u00f3 el recuerdo de aquellos hombres blancos, peludos como ara\u00f1as, acuchillando vientres por doquier para luego hacer fuego hasta del bahareque mayor, con todo y ancianos adentro. Cada vez que paraba para descansar, le parec\u00eda percibir los gritos de p\u00e1nico rebotando en el bosque y hasta un denso olor a cuero calcinado. Estaba perdido, nervioso y sediento pero todav\u00eda vivo, gracias al invencible Atabey de los ta\u00ednos, murmur\u00f3 levantando los brazos sobre su pintada cabeza. No le resultaba tan molesto el grillete en el tobillo derecho como que las moscas le anduvieran rondando las llagas del l\u00e1tigo, as\u00ed que se detuvo en el primer arroyadero y tras enjuagar profusamente sus heridas, prepar\u00f3 un emplasto con yerbas de ribera y miel de g\u00fcira. Fue cuando se escucharon de repente, cual mbembo de la condenaci\u00f3n, los ladridos de los perros rancheadores. De nada sirvi\u00f3 la mucha reserva sobre su fuga del barrac\u00f3n, ni el haber emprendido camino a favor de los vientos; ahora s\u00f3lo le quedaba muy poco tiempo para alcanzar el pantanal. Se puso en marcha de un salto pendiente abajo, mientras el fragor de la manada se crec\u00eda. Unos atajos m\u00e1s y la ci\u00e9naga comenz\u00f3 a insinuarse entre charcas p\u00fatridas y nubes de mosquitos, justo a tiempo para hund\u00edrsele a fondo. En un momento doce canes pingorotudos rastreaban la orilla, mientras el fugitivo apenas si pod\u00eda respirar con el agua hasta las bembas detr\u00e1s de las ra\u00edces del manglar. Esperar\u00eda el momento propicio para salir, si es que alg\u00fan cocodrilo no descubr\u00eda antes el manjar de sus temblorosas nalgas carabal\u00edes, no quiera Yemay\u00e1 se\u00f1ora de los r\u00edos. Me lo contaba mi padre la otra noche en la terraza alta de su residencia de Miramar, habano anillado entre dientes y recalcando los hechos con su mano de hablar, manca hasta el antebrazo.<\/p>\n<p>A pesar de los buenos augurios que sugiri\u00f3 un comienzo casi perfecto, hacia el final del segundo d\u00eda en el mar todo le vino en contra. Poco despu\u00e9s de perder el arp\u00f3n ahuyentando una cuadrilla de tiburones, comenz\u00f3 a levantar un viento como de borrasca. Enseguida revis\u00f3 los amarres que un\u00edan el piso con la estructura flotante, se asegur\u00f3 de que la jaba con el man\u00ed garapi\u00f1ado estuviera a salvo de las olas y de que el garraf\u00f3n de agua potable no pudiera moverse; arriba, nubes muy cargadas dejaban entrever los primeros rel\u00e1mpagos. Claro que nada habr\u00eda sido peor que morir de hambre o cagaleras negras, como tantos de los paisanos reconcentrados. Tras el fallecimiento de su \u00faltima hermana, apenas si pudo reunir las pocas fuerzas para intentar la huida. El \u00fanico lujo que se dio durante la marcha fue mirar un par de veces el escapulario que usara en vida su madre; de otra manera no hubiera podido desandar tantas leguas. Si de algo se arrepent\u00eda era de no haberse integrado desde el inicio a la insurrecci\u00f3n mamb\u00ed. Ahora tendr\u00eda que hacerlo con retraso y en calidad de refugiado macilento, aunque estaba seguro de poder revertir el tiempo perdido en cuanto le asignaran machete y encomienda, pens\u00f3 mientras se arrellanaba para dormir un rato entre las generosas ra\u00edces de una ceiba. Las muchas horas que estuvo all\u00ed tendido no pod\u00eda recordarlas, pero ten\u00eda claro que los sucesos hab\u00edan ocurrido en muy poco tiempo: el inicio de la protesta en el central azucarero, el arribo de los sicarios, la represi\u00f3n desenfrenada y el Chevrolet negro en que lo hab\u00edan metido a empujones aquellos sujetos de lindas guayaberas. Despu\u00e9s un breve silencio hasta las afueras y el disparo en la cabeza, junto a la cuneta. Por fortuna la bala, sin derramar mucha sangre, hab\u00eda ido a parar a la base de la oreja izquierda, donde pod\u00eda palparse con mucho dolor. Mientras se internaba tambaleante en un palmar cercano, ech\u00f3 a llorar cuando record\u00f3 el enjambre de hormigas que le carcom\u00eda el orificio de entrada del proyectil; pero pudo reponerse por completo y dar gracias a la providencia tambi\u00e9n por ello. Entre tragos de Chivas Reagal y su peregrino relato nos hab\u00eda cogido la madrugada en la terraza de mi padre, otrora ingeniero destacado de la industria sideromec\u00e1nica y luego, durante los a\u00f1os finales de la Revoluci\u00f3n, vendedor de croquetas de gato previo invento de un artefacto con rondana para cazar felinos, que todav\u00eda andaba tirado por ah\u00ed \u2013no lo sepa mi madre&#8230; Ahora, como gerente de una cadena de frigor\u00edficos americanos en el renovado puerto de La Habana, el viejo intentaba congelar el tiempo para hacer escarcha de mi decisi\u00f3n pol\u00edtica. Y lo hac\u00eda invocando los fantasmas de la historia.<\/p>\n<p>Las r\u00e1fagas de lluvia se estrellaron con fuerza sobre su cuerpo. Abri\u00f3 los brazos y la boca aprovechando aquella ducha g\u00e9lida. El agua lo empap\u00f3, arrastrando las sales acumuladas en cada pliegue y permitiendo que los poros volvieran a respirar. Pero entonces la balsa comenz\u00f3 a moverse de un modo ins\u00f3lito, como tirada en cualquier direcci\u00f3n por cuerdas invisibles. Luego de muchos vaivenes llegaron los mareos y las tripas revueltas, mientras el Estrecho de la Florida engordaba a toda prisa. Las subidas hasta las crestas de las olas fueron un consuelo enajenante, dulce paseo que le permit\u00eda tocar las nubes con las manos; pero los descensos eran vertiginosas ca\u00eddas libres que lo sepultaban en vida entre las paredes de un mar acerado. Media hora despu\u00e9s s\u00f3lo quedaba de \u00e9l un ser convulso de piernas entreabiertas, una de las cuales tuvo la sensatez de amarrar fuertemente a los toneles flotantes. La mar se llev\u00f3 el man\u00ed garapi\u00f1ado, la br\u00fajula checoslovaca y toda el agua de beber. Nada de trapos blancos para el sol ni remos de aluminio, adem\u00e1s de mucho da\u00f1o en las amarras del encuadre. Sobre tales restos y a la deriva se pregunt\u00f3, en cuanto pudo volver a pensar, cu\u00e1les ser\u00edan sus posibilidades entonces. Pero la incertidumbre durar\u00eda muy poco. Se consider\u00f3 dichoso de no haber muerto en la emboscada del d\u00eda siguiente al desembarco y toc\u00f3 el oro de la Virgen del Cobre sobre su pecho; los expedicionarios sobrevivientes al ataque andar\u00edan dispersos por all\u00ed, con la idea del reencuentro en las lomas. Por el momento, m\u00e1s le valdr\u00eda salir de aquel inmenso ca\u00f1ave\u00adral con sus dos compa\u00f1eros de marcha.\u00a0 Ahora el avi\u00f3n militar llegaba casi de frente, vomitando metralla: de cabeza al suelo, a cambiar de posici\u00f3n en cuanto pasara y a ocultarse otra vez entre las ca\u00f1as hasta que, tras varias rondas, la nave emprendi\u00f3 una retirada de muy poco fiar. La noche fue una bendici\u00f3n a pesar del fr\u00edo, y en los d\u00edas siguientes pudieron hasta bien comer un par de veces gracias a los guajiros de la zona. Los peores momentos fueron quedando atr\u00e1s, y el alma le regres\u00f3 al cuerpo sabi\u00e9ndose cada vez m\u00e1s cerca de las primeras cuestas de la Sierra Maestra; s\u00f3lo desde all\u00ed comenzar\u00eda la guerra, pens\u00f3. En pocas semanas gente de muy diversos credos, oficios y raleas hallaron el camino del ascenso. Desde estudiantes capitalinos hasta un negro llagado y temeroso de los perros; lo mismo empleados de tiendas que cierto joven con una bala en la oreja izquierda; alba\u00f1iles, maestros, obreros y hasta un indio medio loco que juraba llevar siglos perdido. Y en pocos meses bajar\u00edan todos juntos, tomados de las manos; el muchachito que ser\u00eda mi padre los recibi\u00f3 junto al pueblo en muchedumbre a su entrada en La Habana. Pero casi treinta y tres a\u00f1os despu\u00e9s el destacado ingeniero sideromec\u00e1nico pregonar\u00eda a voz en pecho un flamante hallazgo: muy pocos de aquellos barbudos volvieron a la vida por donde mismo hab\u00edan subido. Entonces se deshizo de su militancia revolucionaria y dijo que no cometer\u00eda el mismo error, porque quiz\u00e1 m\u00e1s importante que alzarse era saber retomar la senda. Ya era muy tarde para discusiones irreconciliables, as\u00ed que me empin\u00e9 los restos del \u00faltimo whiskey y dej\u00e9 la poltrona para darle un beso de despedida: bello intento pap\u00e1, la he pasado muy bien, le dije antes de abandonar su residencia de Miramar masticando un pedazo de langosta con mayonesa. Eran casi las tres de la ma\u00f1ana. Sub\u00ed a mi autom\u00f3vil solar, conect\u00e9 el modo de bater\u00eda y me vine a casa.<\/p>\n<p>Pasado el mal tiempo se incorpor\u00f3 lentamente, reajust\u00f3 como pudo los restos de la balsa y comenz\u00f3 a remar con una mano, medio aturdido todav\u00eda. La dentellada tajante de un escualo tenaz lo acab\u00f3 de despabilar y se vio de s\u00fabito dando gritos, con un brazo mutilado y sangriento a todo lo alto. El pavoroso espect\u00e1culo fue avistado desde un guardacostas americano que merodeaba las doce millas n\u00e1uticas, salv\u00e1ndolo tanto de una muerte segura como del retorno obligatorio a la Isla, vigente para los que fueran interceptados en alta mar desde los tiempos del presidente Clinton; luego de los primeros auxilios en la enfermer\u00eda del buque, fue trasladado a un hospital militar del sur de la Florida. Justo all\u00ed conoci\u00f3 a mi futura madre, una enfermera cuarentona ansiosa por reproducirse lo antes posible. Y claro, no corrieron el riesgo de esperar por los anhelados cambios en la Isla: me vine al mundo en la playa equivocada, mucho m\u00e1s al norte de lo que hubiera deseado, aunque mi primer presidente fuera un mulato bemb\u00f3n de apellido distante. Ahora, mientras actualizo en la p\u00e1gina del Movimiento los archivos de audio de una de las memorables concentraciones en la Plaza de la Revoluci\u00f3n (de seguro tambi\u00e9n algunos bytes pertenecientes al entonces abnegado ingeniero de la industria sideromec\u00e1nica) pienso en mi padre, sucumbiendo como tantos a los a\u00f1os m\u00e1s negros. No pretendo juzgarlo, s\u00e9 que aquello fue dif\u00edcil, que el hambre es mala consejera y todo lo dem\u00e1s. Pero que no espere cambiar el curso de mi vida con su espiral cerrada de la historia, como no hubo penas ni glorias que modificaran el curso de la suya. Por mi parte estoy seguro de que voy cuesta arriba, a\u00fan sentado c\u00f3modamente frente a esta pantallita de mando por voces, pero cumpliendo con mi nueva labor desde su a\u00f1eja trinchera; tenemos que cambiar el estado actual de cosas. Que todo sea por el regreso de aquel caf\u00e9 serrano mezclado con ch\u00edcharos para que alcanzara entre todos, pienso mientras me llevo a los labios esta horrible infusi\u00f3n transnacional envasada al vac\u00edo: que dios as\u00ed lo quiera.\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0<\/p>\n<p><strong>\u00a0<\/strong><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Desde el comienzo todo sali\u00f3 a pedir de boca. Los cuatro toneles met\u00e1licos pintados de anticorrosivo luc\u00edan impecables.<\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":[],"categories":[3],"tags":[],"amp_enabled":true,"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.canal-literatura.es\/7certamen\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/789"}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.canal-literatura.es\/7certamen\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.canal-literatura.es\/7certamen\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.canal-literatura.es\/7certamen\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.canal-literatura.es\/7certamen\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fcomments&post=789"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/www.canal-literatura.es\/7certamen\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/789\/revisions"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.canal-literatura.es\/7certamen\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fmedia&parent=789"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.canal-literatura.es\/7certamen\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fcategories&post=789"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.canal-literatura.es\/7certamen\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Ftags&post=789"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}