{"id":808,"date":"2010-05-29T19:34:23","date_gmt":"2010-05-29T17:34:23","guid":{"rendered":"https:\/\/www.canal-literatura.es\/7certamen\/?p=808"},"modified":"2010-05-29T19:34:23","modified_gmt":"2010-05-29T17:34:23","slug":"224-el-mejor-regalo-por-paulo-butragueno","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.canal-literatura.es\/7certamen\/?p=808","title":{"rendered":"224-El mejor regalo. Por Paulo Butrague\u00f1o"},"content":{"rendered":"<p>Jura que no volver\u00e1 a comprar nunca m\u00e1s las afeitadoras descartables econ\u00f3micas. Es el tercer corte que se provoca y apenas se alcanz\u00f3 a rasurar la mitad de la barba.<!--more-->\u00a0No son heridas importantes, ni mucho menos, pero Agust\u00edn sabe del ardor que va a sentir en unos minutos, cuando aplique sobre su rostro la loci\u00f3n <em>after shave. <\/em>\u00abEsto me pasa por rata\u00bb, piensa. <strong><\/strong><\/p>\n<p>Se lava la cara e inspecciona las laceraciones en su piel. Dos ya coagularon, pero la tercera se obstina en dejar fluir la sangre. Se cort\u00f3 justo sobre un lunar y le llevar\u00e1 al menos unos minutos de presi\u00f3n con sus dedos sobre la mejilla izquierda, a la altura de la muela de juicio, para cortar esa peque\u00f1a hemorragia. Suena el tel\u00e9fono y Agust\u00edn se sobresalta. Cree que es Lorenzo, llamando para cancelar todo. Se apresura a atender, pero es Pablito, su hijo de catorce a\u00f1os, que le recuerda que se quedar\u00e1 a comer en la casa de un compa\u00f1ero de la escuela. Quiere ver a Lorenzo de una vez por todas. Quiere verlo y poder hacerle el regalo que tanto tiempo plane\u00f3. Mira el obsequio que tiene preparado. Lo acaricia con delicadeza, le susurra algo y lo cubre con su mano izquierda, como para que, al momento de entreg\u00e1rselo, tenga un impacto m\u00e1s profundo del que cree que puede tener.<\/p>\n<p>Agust\u00edn se sienta en la mesa. Pone el noticiero en la televisi\u00f3n y mira con impaciencia como se van consumiendo los veinte minutos que faltan para que salga en b\u00fasqueda del reencuentro con su viejo amigo. Las gotas se desprenden de su frente y transitan por su cara hasta el cuello mojado de la camisa, que est\u00e1 desabotonada para ventilar el pecho. Toma un sorbo de agua fr\u00eda. Otro sorbo m\u00e1s. Intenta un tercero, pero el vaso escapa de su mano y se vuelca sobre la mesa. Trata de relajarse dici\u00e9ndose que no hay raz\u00f3n para estar as\u00ed como est\u00e1, que no va a enfrentar nada del otro mundo. Pero los a\u00f1os pesan. El tiempo y la distancia interpuesta entre quienes supieron ser los mejores amigos del mundo no son una mera pavada. No se\u00f1or. Y si bien no hubo una pelea en medio, existieron ciertas diferencias que fueron decisivas para que la vida los encamine por sitios diferentes.<\/p>\n<p>No recuerda exactamente cu\u00e1les fueron esos puntos de roce y tampoco le importan demasiado. Pasaron veinticuatro a\u00f1os de la \u00faltima vez que se vieron y veintid\u00f3s de la \u00faltima vez que hablaron por tel\u00e9fono. Al alcance de su mano est\u00e1 el grueso \u00e1lbum de fotos de 4\u00b0 y 5\u00b0 a\u00f1o. Decide mirarlo una vez m\u00e1s. Ah\u00ed est\u00e1n Fernando, Luciano, Ernesto, El Colorado Ra\u00fal y C\u00e9sar, que falleci\u00f3 hace m\u00e1s de un lustro. Esa era el grupo del fondo, el de las bromas, el de los machetes, el de las discusiones con los profesores y el de los desaprobados. Encuentra la foto de Jos\u00e9, el estudioso, el flaco, alto, peinado con raya al costado aprisionado por la\u00a0 gomina y anteojos \u00abculo de botella\u00bb.<\/p>\n<p>Despu\u00e9s aparecen las chicas. Mabel, la linda de la clase, que en los cinco a\u00f1os del secundario tuvo nueve novios distintos, pero ninguno de la divisi\u00f3n. \u00abUna vez, en cuarto a\u00f1o, se hab\u00eda corrido el rumor de que Silvio, el callado que se sentaba delante de todo, sobre la izquierda, hab\u00eda mantenido un breve amor\u00edo con ella\u00bb, recuerda Agust\u00edn. \u00abEsther, Claudia, Roxana, Anal\u00eda, Rosa y Cintia\u00bb, rememora. Hay otras chicas en el fondo de la foto, pero no recuerda sus nombres.<\/p>\n<p>Prende un cigarrillo rubio y lo apoya sobre una taza de caf\u00e9. No hay ceniceros en la casa. Los tir\u00f3 todos tres a\u00f1os atr\u00e1s cuando se decidi\u00f3 a dejar de fumar luego de sufrir un agudo e incisivo dolor en el pecho, que los m\u00e9dicos diagnosticaron como un pre infarto. Se vio obligado a pasar un fin de semana internado y continuar por varios meses con un tratamiento a base de comprimidos. \u201cLa muerte te pas\u00f3 cerca\u201d, le dijo un doctor, y le recomend\u00f3 abandonar el cigarrillo. Despu\u00e9s de ese episodio, Agust\u00edn tuvo que soportar el reproche de varios familiares, incluida su ex mujer, por no haber informado a nadie de su situaci\u00f3n. No quiso hacerlo. Tuvo por intenci\u00f3n no molestar a nadie. Menos sabiendo que era un fin de semana largo y muchos de ellos aprovechan para viajar a distintas partes del pa\u00eds. Supuso que los dem\u00e1s ten\u00edan cosas m\u00e1s importantes que hacer antes de estar con \u00e9l en una sala de terapia intermedia.<\/p>\n<p>Su relaci\u00f3n con el tabaco comenz\u00f3 a los diecisiete a\u00f1os, convencido por Lorenzo, que le aseguraba que era algo indispensable para disfrutar de la juventud, para divertirse en las noches de parranda, para tener posibilidades de conquistar a una chica. No le gust\u00f3 al principio. No le gust\u00f3 porque se ahogaba y el sabor desagradable que quedaba en su boca le daba asco. Sin embargo, ced\u00eda ante las insistencias de su mejor amigo y continuaba intentando enamorarse del pucho. Se dio cuenta de que lo hab\u00eda logrado una ma\u00f1ana de excursi\u00f3n, mientras se preparaba para encender el fuego que cocinar\u00eda la carne. Sinti\u00f3 la necesidad imperiosa de fumar, de tragar el tibio humo que se inspira en una larga bocanada, y por eso, \u00a0Lorenzo lo felicit\u00f3 con una sonrisa y con la mirada c\u00f3mplice le dio la bienvenida al mundo de las adicciones. En esa misma tarde, rompi\u00f3 con Melina. \u00c9l se estaba enamorando. Los amigos, con Lorenzo a la cabeza, lo persuadieron de que hasta los 25 a\u00f1os no hay que ponerse de novio. Melina se enoj\u00f3 tanto por tal decisi\u00f3n que lo insult\u00f3 por m\u00e1s de dos minutos. Retrasado mental, le grit\u00f3, retrasado y est\u00fapido. Y antes de terminar con el mon\u00f3logo de agravios, le dijo: -Y ahora morite de bronca porque tu amiguito Lorenzo le quit\u00f3 la virginidad a tu hermana- Todos estallaron de risa. Agust\u00edn se qued\u00f3 mirando el piso, callado, tratando de comprender la furia de Melina, dejando que se desahogue, pensando en que estaba haciendo las cosas bien, mirando el piso. Y callado.\u00a0<\/p>\n<p>Se pone en puntas de pies para buscar el colectivo entre la marea de autos que transita por la avenida. Se aproximan varios, pero no el que espera. Acordaron encontrarse en la puerta de la escuela secundaria, un lugar al que no regres\u00f3 despu\u00e9s de haberse graduado. Piensa en la cantidad de a\u00f1os que pasaron. Le parece mentira c\u00f3mo la vida corre tan veloz, si en primer a\u00f1o ten\u00eda la sensaci\u00f3n de que nunca m\u00e1s iba a salir all\u00ed.<\/p>\n<p>Agust\u00edn sonr\u00ede. Est\u00e1 recordando las preocupaciones que ten\u00eda en esa etapa feliz de su vida: estudiar para un examen, hacer un trabajo pr\u00e1ctico, resolver ejercicios de matem\u00e1tica. Recuerda, tambi\u00e9n, los almuerzos que organizaban en la pizzer\u00eda de la esquina despu\u00e9s de clase, lugar testigo de innumerables peleas que sol\u00edan ajustarse cerca de la puerta, a plena vista de los comensales. No puede evitar que las im\u00e1genes de charlas diarias en el aula le ocupen los pensamientos. Los festejos del D\u00eda del Estudiante. Los campeonatos de f\u00fatbol. Las discusiones con los profesores. El viaje de egresados. Son recuerdos lejanos, algo erosionados por el tiempo, opacos y descoloridos, como las pel\u00edculas viejas, pero a la vez cercanos y vivos, c\u00e1lidos y capaces de obligarlo a pasar disimuladamente un pa\u00f1uelo sobre una de sus mejillas. No tiene dudas. Si pudiera pedir un deseo, ser\u00eda volver al secundario.<\/p>\n<p>Busca en el bolsillo del pantal\u00f3n las monedas y le pide al chofer un boleto m\u00ednimo. Ya en el asiento, mira en su billetera una foto de Lorenzo. El pelo negro y desprolijo, los dientes grandes y desalineados, la nariz peque\u00f1a, el acn\u00e9 dominante sobre el rostro, los ojos ocultos detr\u00e1s de unos aparatosos lentes de sol, los tres aros en el l\u00f3bulo de la oreja izquierda. Es una foto antigua, de la \u00e9poca escolar. Agust\u00edn la guarda. Apoya su cabeza sobre el vidrio de la ventanilla. Mira los autos que pasan haciendo maniobras bruscas, los peatones que caminan con la cabeza gacha y el paso apurado, los rayos de sol que se cuelan entre las hojas de los \u00e1rboles, las marcas del asfalto, que pasan r\u00e1pido, tan r\u00e1pido como se le pasa la vida.<\/p>\n<p>Baja del colectivo. Se acomoda el pelo con las dos manos. Busca con la mirada. Camina en direcci\u00f3n al antiguo colegio que lo vio entrar siendo un adolescente y vio salir convertido en un adulto. Se seca la transpiraci\u00f3n acumulada entre la nariz y los labios y luego intenta comerse las u\u00f1as, pero est\u00e1n todas tan cortas que no puede intentarlo sin sentir el inc\u00f3modo dolor de dejar expuesta esa carne del dedo. A unos cincuenta metros, alcanza a distinguir la silueta de Lorenzo, parado sobre la ochava, con las manos en la cintura. Unos mechones de pelo intentan ser una melena. Su frente se ha extendido unos 7 u 8 cent\u00edmetros hacia arriba y su cuerpo no puede disimular la acumulaci\u00f3n de grasa que sufri\u00f3 en estos a\u00f1os.<\/p>\n<p>Agust\u00edn camina con la mirada fija en \u00e9l, sin hacer ning\u00fan gesto. Lorenzo levanta sus brazos y sonr\u00ede con efusividad. Nota Agust\u00edn que su dentadura est\u00e1 alineada y m\u00e1s blanca de lo que puede recordar, por lo que deduce que es postiza. No puede creer que por fin se encuentran, que por fin est\u00e1 sucediendo, que por fin puede afirmar su pie izquierdo al dar el paso y dejar su otro pie apoyado sobre la punta de los dedos, que por fin puede hacer rotar su cadera junto con sus hombros para soltar esa derecha cruzada sobre el ment\u00f3n de su amigo, que por fin puede verlo caer estrepitosamente, sin control, como un edificio deteriorado al ser sacudido por un fuerte terremoto, que por fin puede mirarlo a los ojos y decirle que esa trompada no fue por haber andado con su hermana, sino por no hab\u00e9rselo contado, que por fin puede darse media vuelta y volver a su casa con un peso menos sobre los hombros, con la tranquilidad de saber que su obsequio tuvo, en definitiva, un impacto m\u00e1s profundo del que cre\u00eda que pod\u00eda tener.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Jura que no volver\u00e1 a comprar nunca m\u00e1s las afeitadoras descartables econ\u00f3micas. 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