{"id":824,"date":"2010-05-30T22:44:41","date_gmt":"2010-05-30T20:44:41","guid":{"rendered":"https:\/\/www.canal-literatura.es\/7certamen\/?p=824"},"modified":"2010-05-30T22:44:41","modified_gmt":"2010-05-30T20:44:41","slug":"228-los-angeles-del-progreso-por-beatus-ille","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.canal-literatura.es\/7certamen\/?p=824","title":{"rendered":"228- Los \u00e1ngeles del progreso. Por Beatus ille"},"content":{"rendered":"<p>Llegaron en uno de aquellos autom\u00f3viles grandes y negros como los ata\u00fades de los ricos. Era entonces nuestro pueblo un lugar tan perdido que hasta el cartero y el cura se olvidaban de \u00e9l a menudo.<!--more-->\u00a0A lo mejor es eso lo que nos hizo as\u00ed: algo descre\u00eddos y bastante desinteresados por lo que pasa en el mundo que no es \u00e9ste de adobe y pastos, acostumbrados a creer en los signos del cielo y a preocuparnos por si a Mat\u00edas, el Mocosflojos, se le curaba el constipado que todos los a\u00f1os le pillaba en la \u00e9poca de la siega. Fue precisamente \u00e9l el que primero los vio llegar desde la cumbre, atravesando el camino, entonces de tierra, que lleva directamente a la plaza, dejando tras del autom\u00f3vil una nube de polvo amarillo que a Mat\u00edas le record\u00f3 a los caballos bajando la ladera para huir del hielo. De primeras, pens\u00f3 que ser\u00eda el Se\u00f1or Obispo, ya que recordaba que don Alfredo, el cura, hab\u00eda dicho en cierta ocasi\u00f3n que Su Eminencia vendr\u00eda cualquier d\u00eda a castigar nuestro poco temor de Dios: \u201cinitium sapientiae timor domini est\u201d, sol\u00eda declamar desde el p\u00falpito. Incluso hizo que Augusto, el alcalde, colgara por todo el pueblo carteles en los que se pod\u00edan leer esas palabras. De hecho, en la escuela los ni\u00f1os practicaban caligraf\u00eda copiando la cita latina una y otra vez, con alguna variante, ya que Braulio, el Milmundos, se hab\u00eda empe\u00f1ado en que no pod\u00eda ser \u201ctimor\u201d sino tim\u00f3n, que era el volante de los barcos, como \u00e9l hab\u00eda visto cuando hizo la mili en la marina. Y aunque no fuera as\u00ed, muchos lo cre\u00edan, pues Braulio hab\u00eda viajado, dec\u00eda \u00e9l, por todas las costas de los cinco continentes y sab\u00eda m\u00e1s que nadie. Pero todo eso fue antes de que Mat\u00edas, el Mocosflojos, llegara corriendo a la cantina y, tras sorber el ag\u00fcilla que su nariz destilaba, resopl\u00f3, tom\u00f3 aire dos o tres veces y dijo:<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 \u2014Viene el obispo.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Entonces, Augusto, el alcalde, sali\u00f3 corriendo al Ayuntamiento a ocupar su despacho, que habitualmente instalaba en la tasca. \u201cSi pasa el Obispo por aqu\u00ed, decidle que estoy en la Casa Consistorial\u201d. Viendo la precipitaci\u00f3n del afanoso edil, el due\u00f1o de la tasca, Roque, el Y-ma\u00f1ana-qu\u00e9, al que llam\u00e1bamos as\u00ed porque \u00e9sa era su respuesta cuando le ped\u00edamos que nos fiara, nos dijo que ser\u00eda muy pobre la impresi\u00f3n que se llevar\u00eda el Se\u00f1or Obispo si nos ve\u00eda a todos en el bar y que a lo mejor por ese motivo le cerraban el negocio, que los hombres de Dios y los de las tascas no suelen llevarse bien, por m\u00e1s que Jes\u00fas brindara con vino en la \u00faltima cena, y que nos fu\u00e9ramos todos a la calle a recibir a Su Eminencia, que \u00e9l iba a cerrar. Como el bar del Y-ma\u00f1ana-qu\u00e9 estaba en la plaza, nos sentamos en el banco que hay bajo el olmo esperando a que llegara el hombre m\u00e1s insigne que hab\u00eda pisado nuestra tierra.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 \u2014Por all\u00ed viene, ya casi est\u00e1 aqu\u00ed.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Precedido por la arena del camino, lleg\u00f3 el autom\u00f3vil, brillante y oscuro. Fue frenando lentamente mientras nuestras bocas se abr\u00edan con la admiraci\u00f3n descarada de los palurdos.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 La puerta del conductor se abri\u00f3 primero. Vimos c\u00f3mo un hombre alto, vestido de un negro herm\u00e9tico, bajaba del coche, lo rodeaba y abr\u00eda la puerta a su acompa\u00f1ante. Del lado derecho del coche baj\u00f3 alguien cuya estampa ninguno de nosotros ha perdido a pesar de las nieves del tiempo. Rubia y esbelta, foto viva de un sue\u00f1o, hada sensual de fantas\u00edas urbanas, vest\u00eda unos pantalones de un pl\u00e1stico que se le ce\u00f1\u00eda a la carne como una segunda piel y una chaqueta que a duras penas conten\u00eda el desborde de sus pechos.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 \u2014Joder, c\u00f3mo est\u00e1 la Obispa.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Dijo Mat\u00edas y sorbi\u00f3 sus mocos.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 El hombre y la mujer miraron la plaza del pueblo como si acabaran de salir del t\u00fanel del tiempo. Enseguida fueron llegando los dem\u00e1s vecinos, que hab\u00edan o\u00eddo el ruido del coche y los rumores de la llegada del Se\u00f1or Obispo. Conforme todos se acercaban, crec\u00edan conjeturas y dudas sobre qui\u00e9nes ser\u00edan aquellas dos personas de ojos velados por cristales oscuros que lo miraban todo con tanta curiosidad y complacencia. Al fin, los dos forasteros se acercaron hasta el banco donde est\u00e1bamos sentados. Fue ella la que habl\u00f3 primero. Los susurros cesaron de golpe.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 \u2014\u00bfD\u00f3nde podr\u00edamos ver al alcalde?<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Su voz sonaba pulida, como trillada de paja, y nos llegaba envuelta en el aroma del deseo.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 \u2014Les est\u00e1 esperando en el Ayuntamiento \u2014dijo Pedrolo, que se llamaba Pedro, pero que por romper piedras con la cabeza ten\u00eda tal apodo.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 \u2014\u00bfNos espera? \u2014replic\u00f3 el hombre, con esa misma voz de agua limpia.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 \u2014Claro, ya nos avis\u00f3 don Alfredo, el cura.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 \u2014No entiendo \u2014dijo la mujer.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 \u2014Venga, se\u00f1orita, nosotros los acompa\u00f1amos.<\/p>\n<p>Y aqu\u00e9lla fue la primera procesi\u00f3n que se celebr\u00f3 en nuestro pueblo, la de los dos forasteros llevados en cortejo por todos los vecinos hasta el despacho de Augusto, el alcalde. Cuando hubieron entrado en el Ayuntamiento, esperamos en la puerta, ansiosos, expectantes. Pero las horas iban pasando y decidimos continuar la espera en la tasca del Y-ma\u00f1ana-qu\u00e9, que hab\u00eda sustituido de golpe el temor al Obispo por un af\u00e1n nuevo de pulcritud y educaci\u00f3n. \u201cNo deis esos golpes en la mesa, co\u00f1o\u201d. \u201cNo eruct\u00e9is, burros\u201d.\u00a0 Y eso que aquella tarde estaba haciendo m\u00e1s dinero que en un mes, pues hasta las mujeres esperaban all\u00ed las explicaciones de Augusto.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Los cuchicheos y susurros corr\u00edan de un lado a otro en una marea de ilusiones y miedos.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 \u2014Esa pelandusca ha venido a llevarse a nuestros maridos.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 \u2014Pues \u00e9l, menudo hombre, ya pod\u00eda llevarnos a alguna.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 \u2014Qu\u00e9 alto, y qu\u00e9 bien plantao, seguro que no huele a establo.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Dec\u00edan las mujeres, perdiendo su recato, virtud que siempre tuvieron por sagrada.<\/p>\n<p>\u2014\u00c9sa debe de ser la querida del alcalde, de cuando viaj\u00f3 a la capital.<\/p>\n<p>\u2014M\u00e1s quisiera el Augusto. Esa hembra es de otro mundo.<\/p>\n<p>\u2014As\u00ed deben de ser los \u00e1ngeles de los que habla don Alfredo.<\/p>\n<p>\u2014Mejor que sea diablo.<\/p>\n<p>Confesaban los hombres recreando en palabras cada detalle del cuerpo que hab\u00edan visto.<\/p>\n<p>Braulio, el Milmundos, se subi\u00f3 a una silla y habl\u00f3.<\/p>\n<p>\u2014Escuchadme, yo os dir\u00e9 a qu\u00e9 han venido esos dos, que yo he viajado por todos los continentes. Esos dos han venido a comprar el petr\u00f3leo del pueblo. Nos haremos todos ricos.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfPetr\u00f3leo? \u00bfPero qu\u00e9 dices, Milmundos?<\/p>\n<p>\u2014Ya lo ver\u00e9is. Nuestro pueblo tiene petr\u00f3leo, yo lo he visto en la charca de la cumbre. All\u00ed est\u00e1, no hay m\u00e1s que recogerlo a cubos.<\/p>\n<p>\u201cClaro, el petr\u00f3leo, claro\u201d, se o\u00eda en cada mesa. \u201cY para qu\u00e9 vale eso\u201d, \u201cpues para qu\u00e9 va a ser, para todo\u201d<\/p>\n<p>Poco a poco, opiniones y conjeturas se volv\u00edan certezas, y las ilusiones ahogaban temores y recelos. Por eso, cuando al fin el alcalde entr\u00f3 en el bar acompa\u00f1ado de los dos extra\u00f1os, todos los recibimos con aplausos y vivas. Augusto, entonces, se subi\u00f3 a una silla. Ten\u00eda en los ojos un brillo fan\u00e1tico y contagioso. Todos nos callamos. El hombre y la mujer se pusieron uno a cada lado de nuestro alcalde. La imagen de aquellos dos forasteros iba calando a trav\u00e9s de cada pupila que los miraba, filtr\u00e1ndose por los ojos y dejando en el fondo de cada uno el deseo de, alg\u00fan d\u00eda, tener esa piel, esas manos, esa ropa, esa belleza pulcra y como de otro mundo.<\/p>\n<p>\u2014Ya s\u00e9 que todos quer\u00e9is saber por qu\u00e9 el se\u00f1or y la se\u00f1orita han llegado a este humilde pueblo que es el nuestro \u2014empez\u00f3 a decir Augusto, con una pasi\u00f3n que nunca le hab\u00edamos visto, que parec\u00eda brotarle de un manantial remoto, extra\u00f1o y fascinante\u2014. Pues os lo voy a decir. Han venido a rescatarnos de nuestro atraso, a ense\u00f1arnos todos los avances que no conocemos: maquinas, aparatos, prodigios que ni imaginamos; felicidad y prosperidad para todos. En poco tiempo, seremos otras personas, todos tendremos todo lo que queramos, se acab\u00f3 preocuparse por la lluvia y las heladas, ya no habr\u00e1 enfermedades, ni cansancio, ni aburrimiento. La vida ser\u00e1 otra. Nuestros nuevos amigos, queridos vecinos, han venido a traernos el futuro.<\/p>\n<p>Al acabar Augusto su discurso, todos aplaudimos y chillamos con furor, henchidos de ilusi\u00f3n, dando gracias al cielo por habernos enviado a los \u00e1ngeles de la prosperidad. Cuando salimos de la tasca, el sol iluminaba nuestra vieja plaza con desgana.<\/p>\n<p>Camiones, coches brillantes, gente de voces pulidas, incluso el Se\u00f1or Obispo; el futuro no tard\u00f3 en llegar. Quiso el cielo otorgar a nuestro pueblo la bendici\u00f3n de la nieve; \u00e9se era el petr\u00f3leo que el Milmundos hab\u00eda imaginado.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 La vida corre ahora con otro ritmo que ya no es el del banco bajo el olmo ni el de la tasca del Y-ma\u00f1ana-qu\u00e9. El tiempo es m\u00e1s estrecho y las palabras escasas. Caras y voces copiadas se renuevan cada a\u00f1o. Y yo, encogido y miedoso, me escondo en mi casa, cierro los ojos y veo la imagen del futuro: rubia y esbelta, foto viva de un sue\u00f1o, vestida de una piel tan negra y brillante como los ata\u00fades de los ricos.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Llegaron en uno de aquellos autom\u00f3viles grandes y negros como los ata\u00fades de los ricos. 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