{"id":920,"date":"2010-05-31T23:39:58","date_gmt":"2010-05-31T21:39:58","guid":{"rendered":"https:\/\/www.canal-literatura.es\/7certamen\/?p=920"},"modified":"2010-05-31T23:39:58","modified_gmt":"2010-05-31T21:39:58","slug":"259-akadia-y-el-olivo-por-patealunas","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.canal-literatura.es\/7certamen\/?p=920","title":{"rendered":"259- Akadia y el Olivo. Por Patealunas"},"content":{"rendered":"<p>Akadia y Enkil se abrazaron profundamente, ambos desbordados de emociones tan dispares que por fuerza deb\u00edan pertenecer a almas distintas. <!--more-->Amor, orgullo, satisfacci\u00f3n, alegr\u00eda, pero tambi\u00e9n pena, miedo y angustia. Ambos eran j\u00f3venes y sus sue\u00f1os volaban a los brazos del otro. Estaban parados sobre la promesa de un futuro c\u00e1lido, pr\u00f3spero, de vi\u00f1as maduras y traviesos ni\u00f1os de ojos color cielo. Esa tierra era el premio por la determinaci\u00f3n y la devoci\u00f3n. Era el pago por numerosas noches de angustia, por esperas y desvelos.<\/p>\n<p>Se miraron, miraron los suaves prados acariciados por el dulce viento. Miraron el templo de Selene, la Se\u00f1ora de la Luna, en el conf\u00edn de sus tierras. Miraron por fin el anciano olivo que los cobijaba bajo sus a\u00f1ejos brazos marcando con su presencia el centro mismo de su futura propiedad. Cuantas veces so\u00f1aron con esa misma sombra derram\u00e1ndose generosa sobre el frente de su villa. Cuantas se so\u00f1aron viejos, sentados al abrigo de ese terco testigo de sus amores.<\/p>\n<p>Akadia se retir\u00f3 del abrazo y se hizo un peque\u00f1o corte en la mano. Dibuj\u00f3 en la corteza del olivo el s\u00edmbolo de Selene y le toc\u00f3 la frente con suavidad a Enkil, dejando dos puntos rojos, uno sobre cada ojo.<\/p>\n<p>\u00a0&#8212; Que la Dama de Plata se apiade del dolor de su hija y vele por este valiente guerrero. Quiera as\u00ed, que los peligros que \u00e9l no vea, cegado por la furia de la batalla, sean advertidos por Ella y as\u00ed mi amado pueda apartarse de la mortal espada, la terrible lanza o el pu\u00f1al artero. \u2013 Los ojos negros de la joven se llenaban de l\u00e1grimas, pero con esa decisi\u00f3n que hab\u00eda arrebatado el coraz\u00f3n de Enkil, las ignoro para proseguir con el tono intenso que utilizaba durante los sermones en el templo.<\/p>\n<p>&#8212; Protege, mi Se\u00f1ora, a este coraz\u00f3n que valoro m\u00e1s que el m\u00edo y atesora en su interior mis sue\u00f1os y esperanzas. Que la noble sangre que impulsa no corra fuera de su cuerpo \u2013 Mientras as\u00ed dec\u00eda, la sacerdotisa pintaba dos dedos carmes\u00ed sobre el pecho de su amado.<\/p>\n<p>\u00a0\u2013 Y as\u00ed pueda volver a mi, y juntos criar valerosos y devotos ni\u00f1os que un d\u00eda ofrecer\u00e1n todo lo que poseen en la defensa de tus lugares sagrados, como hoy hacen sus padres.- Terminada su plegaria, Akadia mir\u00f3 profundo en los ojos de Enkil y sonri\u00f3 al ver en ellos un reflejo de sus propios sentimientos.<\/p>\n<p>Enkil, sin apartar sus ojos de ella, se cort\u00f3 la mano a su vez y dibuj\u00f3 junto al s\u00edmbolo de Selene el sello del Guerrero. Con una voz suave pero cargada de emoci\u00f3n hizo su juramento, mientras su sangre goteaba en ofrenda al Se\u00f1or de la Muerte, que mora en los abismos bajo la tierra.<\/p>\n<p>&#8212; Escucha Vladnir, Amo y Se\u00f1or de quienes parten de este mundo, porque he aqu\u00ed la palabra de este guerrero. No habr\u00e1 ni filo ni p\u00faa, no habr\u00e1 enemigo ni emboscada, no habr\u00e1 enfermedad ni herida que evite que yo vuelva junto a mi amada Akadia. Mi brazo ser\u00e1 centella, mi coraza impenetrable y mi escudo firme como las rocas de esta tierra. Aparta de tu mirada a la dulce Akadia, y lanza sobre mi todo lo que desees para compensar este pedido, pues todo lo superar\u00e9 sabiendo que ella me aguarda. No habr\u00e1 horda ni h\u00e9roe enemigo que detenga mis pasos rumbo a mi mujer y mi tierra. Tierra esta que ambos obtenemos con sangre y sacrificios. Esc\u00fachame, oh! Vladnir, pues tanta es mi determinaci\u00f3n de regresar, que si logras darme muerte, rechazar\u00e9 el descanso y vagar\u00e9 por tus abismos por toda la eternidad gritando el nombre de qui\u00e9n ha valido y valdr\u00e1 todo precio y esfuerzo. Este es mi juramento y mi sangre lo atestigua. \u2013 Sus \u00faltimas palabras llevaban toda la angustia que sent\u00eda por el destino que afrontar\u00eda Akadia en su ausencia.<\/p>\n<p>Como una premonici\u00f3n, el coraz\u00f3n de la sacerdotisa se encogi\u00f3. Enkil hab\u00eda desafiado al Dios de la Muerte y hab\u00eda arriesgado en su juramento la posibilidad del reposo final, conden\u00e1ndose quiz\u00e1s a una eternidad de agon\u00eda y soledad.<\/p>\n<p>El sonido de un cuerno de guerra interrumpi\u00f3 sus pensamientos. Ese sonido, grave y bronco, llamaba a formar a los Hoplitas que partir\u00edan a la batalla, la \u00faltima de una larga guerra para liberar esas tierras de los invasores. Luego de un abrazo largo y profundo ambos se separaron sin m\u00e1s palabras. Sus almas segu\u00edan unidas, pese a dirigirse cada uno a enfrentar un peligroso destino.<\/p>\n<p>Akadia, como Sacerdotisa de Batalla, tendr\u00eda una vez m\u00e1s que hacer los peligrosos y complejos rituales de Or\u00e1culo y luego realizar una muy larga serie de ceremonias para obtener el favor de los dioses. El cansancio y la propia naturaleza de los ritos pon\u00edan en severo riesgo la vida de la joven. Pocos ac\u00f3litos aceptaban integrar las filas de los Sacerdotes de Batalla por ese motivo. Akadia hab\u00eda visto perecer varios j\u00f3venes sacerdotes que hab\u00edan sido compa\u00f1eros con los que descubrir la vida a medida que crec\u00eda. Enkil, como Hoplita, formaba parte de la primera l\u00ednea de combate. Ellos eran, una y otra vez, quienes con su temeridad romp\u00edan las filas del enemigo. Avanzaban dejando tras de si una estela de muertos, propios y ajenos. Combatir junto a los Hoplitas era desafiar la muerte de una manera que intimidaba a la mayor\u00eda de los guerreros. La flor y nata de los guerreros del Reino, su sola presencia hac\u00eda vacilar a los enemigos. Sin embargo, la leyenda de los Hoplitas se cobraba un alto precio en sangre. Uno de cada veinte volver\u00eda luego de cada batalla. Uno de cada cincuenta dejar\u00eda los Hoplitas sin lesiones permanentes.<\/p>\n<p>Akadia sent\u00eda en su mano el relieve del Sello del Guerrero en el pergamino que le hab\u00eda entregado un joven soldado. Su otra mano adivinaba en las rugosidades de la corteza del olivo un signo igual, que la lluvia hab\u00eda lavado hac\u00eda ya tiempo. El viento sacudi\u00f3 el suave cabello de la joven y las ramas del olivo se curvaron sobre ella. Parec\u00eda como si el anciano \u00e1rbol, compadecido del dolor de la muchacha, encontrara en el viento la excusa para consolarla con el roce suave de sus hojas.<\/p>\n<p>El batall\u00f3n del General Astinus, en el que luchaba Enkil, hab\u00eda sido arrasado. Valiente y orgullosamente los Hoplitas de Astinus, los Dragones Rojos, plantaron cara a un enemigo muchas veces superior. El honor que cubrir\u00eda el nombre de Enkil, la compensaci\u00f3n en oro a sus seres queridos y la inscripci\u00f3n de su nombre en el Templo del Dios de la Guerra no daban a la acongojada Akadia ni una pizca de consuelo. Su amado ser\u00eda alejado del descanso luego de la muerte, su alma vagar\u00eda sin cesar gritando con desesperaci\u00f3n su nombre. Selene no hab\u00eda escuchado su ruego, o Vladnir hab\u00eda aceptado con demasiada ansia el desaf\u00edo del valeroso guerrero.<\/p>\n<p>Akadia paseo su mirada por ese campo que supo ser el crisol de sus ilusiones. Repas\u00f3 uno a uno los paseos con Enkil, dados de la mano y construyendo ambos el sue\u00f1o de una familia. Record\u00f3 cada vez que se hab\u00edan separado, con el coraz\u00f3n apretado, a desafiar la muerte en procura de esos sue\u00f1os. Ambos eran de familias pobres, la \u00fanica posibilidad de obtener una tierra, la distinci\u00f3n de un nombre de familia y los medios para fundar una villa, radicaba en esta guerra atroz. El Rey hab\u00eda proclamado que aquellos que lucharan entre los Hoplitas y sobrevivieran obtendr\u00edan 1000 talentos de plata. Otro tanto hab\u00eda prometido a quienes se unieran a los Sacerdotes de Batalla. Esa cantidad asombrosa de plata comprar\u00eda ese predio y pagar\u00eda la construcci\u00f3n de la Villa. Sus hijos tendr\u00edan un nombre digno, un hogar c\u00e1lido y unos padres amantes que jam\u00e1s volver\u00edan a separarse.<\/p>\n<p>Ahora Enkil estaba muerto y con el todas sus esperanzas. Ahora Enkil estaba condenado y eso era m\u00e1s de lo que la joven sacerdotisa pod\u00eda aceptar. Envuelta en una fina pieza de gasa blanca, tembl\u00f3 con el fresco aire nocturno y la sac\u00f3 de su enso\u00f1aci\u00f3n. Dej\u00f3 caer el pergamino e hizo acopio de todo el coraje que pudo. Solo quedaba algo que una sacerdotisa como ella pod\u00eda hacer por su amado. Selene no hab\u00eda escuchado su plegaria al pie de este olivo, pero sin duda aceptar\u00eda interceder ante Vladnir para que liberara a Enkil de su promesa. Akadia esperaba que su propia vida fuera ofrenda suficiente para la Se\u00f1ora de la Luna. Una l\u00e1grima corri\u00f3 por su mejilla, hab\u00edan estado tan cerca. Cuantos d\u00edas esperando sonriente a los pies del olivo ver llegar al cansado y polvoriento guerrero. Cuantas noches ovillada junto al viejo \u00e1rbol adivinando en cada ruido el de las sandalias de Enkil. Cuantas veces suspir\u00f3 anticipando el momento de fundirse en sus brazos.<\/p>\n<p>La hora hab\u00eda llegado, la luna brillaba en la Casa de Selene. Era el momento propicio para su sacrificio. Ya no hab\u00eda duda en su coraz\u00f3n, liberar\u00eda el alma de Enkil.<\/p>\n<p>Dirig\u00eda sus pasos hacia el Templo cuando a su espalda una voz cansada y llena de emoci\u00f3n susurro:<\/p>\n<p>&#8212; Akadia, mi amor\u2026<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Akadia y Enkil se abrazaron profundamente, ambos desbordados de emociones tan dispares que por fuerza deb\u00edan pertenecer a almas distintas.<\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":[],"categories":[3],"tags":[],"amp_enabled":true,"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.canal-literatura.es\/7certamen\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/920"}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.canal-literatura.es\/7certamen\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.canal-literatura.es\/7certamen\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.canal-literatura.es\/7certamen\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.canal-literatura.es\/7certamen\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fcomments&post=920"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/www.canal-literatura.es\/7certamen\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/920\/revisions"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.canal-literatura.es\/7certamen\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fmedia&parent=920"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.canal-literatura.es\/7certamen\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fcategories&post=920"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.canal-literatura.es\/7certamen\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Ftags&post=920"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}