{"id":222,"date":"2011-06-02T11:14:25","date_gmt":"2011-06-02T09:14:25","guid":{"rendered":"http:\/\/www.canal-literatura.es\/8certamen\/?p=222"},"modified":"2011-06-02T11:14:25","modified_gmt":"2011-06-02T09:14:25","slug":"10-otra-vez-de-camino-por-ildefonsa","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.canal-literatura.es\/8certamen\/10-otra-vez-de-camino-por-ildefonsa\/","title":{"rendered":"10- Otra vez de camino. Por Ildefonsa"},"content":{"rendered":"<p>Otra vez de camino. Repaso la cesta. Pantal\u00f3n, camisa, chaqueta y dos mudas. Todo limpio, planchado, convenientemente remendado y doblado. Sobre la ropa, envueltos en doble capa de estraza, pan, queso y pescado seco. Por \u00faltimo, jab\u00f3n y tabaco. Siempre tengo miedo de olvidarme algo; un miedo desproporcionados y agudo que enra\u00edza bajo el ombligo cuando hago algo irreparable y que vuelve c\u00edclicamente poco antes que su recuerdo. <!--more-->La mano se me va a la tripa. La siento floja, vac\u00eda; \u00e1rida como la tristeza que deja toda perdida. En mi mano juegan los dedos de Paco; ara\u00f1an mi palma para pedirme que lo coja en brazos, como hac\u00edas t\u00fa, de novios, para pedir un beso. Lo miro y veo tu cara. Otra vez tendr\u00e9 decirle que no. Son ya tantas.<\/p>\n<p>Me pesan los pies, se ralentizan; el camino es duro y la carga fatiga, pero es tu cercan\u00eda la que nos frena. La arena del camino se mueve dentro de los zapatos y me roza la piel hasta que el sudor la neutraliza. Trato de no mirar, pero lo hago, salvando la cesta, para sentir verguenza de mi calzado y m\u00e1s de mi coqueter\u00eda. Siempre gust\u00e9 de llevar buenos zapatos, lo sabes, y a fe que los disfrut\u00e9 mientras no los hube de cambiar por otras cosas. No habr\u00e1 ocasi\u00f3n de usarlos y, a\u00fan as\u00ed, los echo en falta cada vez que abro el armario y veo el espacio que ocupaban bajo las perchas tambi\u00e9n vac\u00edas en las que colgaban tus trajes. <\/p>\n<p>El camino gira con el mar y la Torre de piedra se alza con la espuma frente la c\u00e1rcel. Al Llegar a la garita el alma se repliega. El guardia de turno deja el bocadillo, limpia la boca en la manga de la guerrera y se dispone a identificarnos. Revisa la documentaci\u00f3n, vac\u00eda el contenido de la cesta sobre el mostrador en el que com\u00eda y lo inspecciona sin atenci\u00f3n ni cuidado. Veo con asco como tu chaqueta se llena de migas. Fuerzo una sonrisa insulsa mientras desv\u00edo la vista hacia el patio y aguanto las ganas de reprobar su falta de tacto. Con caligraf\u00eda pareja a sus modales anota mi nombre junto al tuyo. Me devuelve la cesta hecha un manojo y se despide como un \u201csabe como va esto\u201d. <\/p>\n<p>Reorganizo el desbarajuste y tiro. Paco llora sudoroso, cansado y fuera de sitio. Es tan peque\u00f1o. No es lugar; no s\u00e9 por qu\u00e9 lo traigo. Le saco el abrigo y, dejando los escr\u00fapulos, abulto con \u00e9l mi tripa. Disimulo, por fuerza, para evitarnos la l\u00e1grima que colme el vaso.<br \/>\nYa en la sala, Paco, como siempre, se acurruca a tu lado y respira tu aire. Hablamos poco, cogidas las manos sobre la mesa. Ya no lloro como al principio. La costumbre y la guerra hasta eso me han robado. Repasamos la salud de la familia. No hay intimidad para besos ni permiso para abrazos.\u00bfCu\u00e1ntos nos habr\u00e1n robado ya? La cesta, bien recibida, no se celebra por respeto a los que ni comen ni lo har\u00e1n m\u00e1s. La examinas de forma extra\u00f1a. Vac\u00edas con mimo su contenido y, mientras lo apilas sobre la mesa, el recuerdo de tus manos desabroch\u00e1ndome la blusa atraviesa mi cabeza. Me pides que me lleve el cesto de vuelta y lo dejas a tus pies. El peque\u00f1o y mi tripa, m\u00e1s grandes, son lo \u00fanico que, a estas alturas, ilumina tu cara. Paco te mira como a un taz\u00f3n de chocolate caliente. Y ah\u00ed la respuesta: por eso lo traigo. Te veo bien, algo nervioso. Escucho, callo y dejamos pasar el rato. Incluso aqu\u00ed, dejamos pasar el rato. Toca la sirena. Me devuelves el cesto como un tesoro, se\u00f1al\u00e1ndolo con los ojos de manera singular  a la ca\u00edda del \u00faltimo beso, siempre con sabor definitivo. Aspiro hondo.  Guardo tu olor en mis entra\u00f1as; lo \u00fanico que crece en ellas. Necesito correr hacia puerta, pero me aguanto. <\/p>\n<p>Coloco el abrigo de Paco en la cesta y nos vamos por donde vinimos. El trayecto de vuelta es m\u00e1s largo y fr\u00edo. La Torre gris, el mar gris y alma que no asoma. Paco, otra vez, llora. Aun agotada, lo tomo en brazos y me reconforta. Siento el calor de su moflete en mi mejilla, la sensaci\u00f3n acogedora de carne sobre carne. Una l\u00e1grima suya sigue su curso sobre mi mejilla. Me siento rara. Mi piel agostada se alivia, a\u00f1orando sin querer l\u00e1grimas propias. No paro hasta llegar a casa y estar sola. <\/p>\n<p>Escudri\u00f1o la cesta y encuentro tu nota. La leo. No veo m\u00e1s que unas pocas letras r\u00e1pidas y negras. La arrugo contra m\u00ed en un abrazo, como har\u00eda contigo si te tuviera delante. La huelo y la vuelvo a leer, una vez y otra y otra, hasta gastar lo escrito. La mayor\u00eda de lo que leo lo imaginaba, es una c\u00e1rcel: Suciedad, hambre, hacinamiento y miedo, otras cosas son impensables. Duele ver en ti lo que jam\u00e1s hab\u00eda existido, lo que no cre\u00eda posible llegara a hacerlo. Tras la miseria palpo el odio y lo que obliga. Las letras terminan con el papel, con un 39 seguido de una cruz y un nombre que no es el tuyo antes del punto final.<\/p>\n<p>Esa carta, con certezas m\u00e1s duras que lo que imaginaba cada noche, es un b\u00e1lsamo de consuelo. Es el final de la carta lo me inquieta. Ese n\u00famero crucificado, ese nombre ajeno que a cada minuto se me hace menos extra\u00f1o. <\/p>\n<p>Muchas vueltas dieron esos apellidos en mi cabeza antes de comenzar a indagar. La idea me tentaba y yo me resist\u00eda en un proceso que, como la guerra, se me hac\u00eda familiar. As\u00ed que, aunque nunca me tuve por investigadora, como no me ten\u00eda por otras cosas que acab\u00e9 siendo, me puse a indagar.<\/p>\n<p>Un nombre con dos apellidos cuanto hab\u00eda para empezar. Tiro del segundo  menos com\u00fan. Por entonces, no muchos eran en Coru\u00f1a de apellido Carballo, y solo uno a mi alcance: Dolores. Me entero de lo que puedo. La busco, hablo con ella,  pero nada le dicen esos datos. Desisto unos d\u00edas. Luego caigo y se abre un camino. Lo sigo sin saber a d\u00f3nde me lleva; sin intuir lo que pueda costar.<\/p>\n<p>D\u00edas despu\u00e9s, tras una puerta, una foto pone cara a Manuel. Nada que ver con lo imaginado. Muchacho fuerte, pelo negro, sonrisa franca. Me siento a hablar con Carmucha, su madre. Lleva una bata de trabajo gris cruzada en el pecho. Pelo y complexi\u00f3n fuertes, como su hijo, sonrisa ausente. Con la boca peque\u00f1a me ofrece caf\u00e9. Lo rechazo agradecida.  Basta el agua para nuestra conversaci\u00f3n. Con detalle me relata como llevaron a su hijo y los meses tratando de encontrarlo. Extiende los brazos impotentes. Las palmas vac\u00edas hacia el techo muestran, en la obviedad de la ausencia, su fracaso. Le hablo de ti, de nuestras circunstancias, de tu carta. Sin m\u00e1s palabras concluimos que compart\u00eds condena. Carmucha no aguanta m\u00e1s y cede, no s\u00e9 si a la alegr\u00eda de encontrar a su hijo o a la pena de hacerlo en la c\u00e1rcel. Llora en mis brazos hasta dormirse. Procurando no despertarla, la tapo y me siento a su lado. Una mosca se posa en su pelo. La separo apenas con el aire que levanta las manos. Terquea en volver, como hacen las moscas, una y otra vez. Tentada estoy de deshacerme definitivamente de ella, como hac\u00eda de ni\u00f1a, pero vuelvo a espantarla y sigo contemplando a Carmucha. <\/p>\n<p>Recuerdo entonces el tedio de las siestas estivales. Esas tardes de aldea en las que madre me obligaba a permanecer en la habitaci\u00f3n sin m\u00e1s distracci\u00f3n que matar moscas. Por cada una que mataba hac\u00eda una cruz en un cuaderno rayado a doble pauta. As\u00ed en cada siesta. Al final del verano completaba dos carillas de marcas mortales. 168 cruces, una por baja. <\/p>\n<p>Una conexi\u00f3n inmediata me devuelve a la \u00faltima l\u00ednea de la carta. Un fuerte pinchazo en la tripa viene a confirmar lo que acabo de entender. La tarde comienza a oscurecer cuando Carmucha abre los ojos. Me mira sin sobresalto. Apenas hablamos m\u00e1s. Nos hemos acostumbrado a esperar, es lo que toca. No tengo fuerzas m\u00e1s que para una despedida corta y fr\u00eda, y as\u00ed es.<\/p>\n<p>Es poner el pie en la calle y echar el almuerzo. Me siento un momento en el escal\u00f3n de la acera para recuperar el aliento. Busco un pa\u00f1uelo en el bolso y me limpio la boca y las manos. Me topo de nuevo con aquel trozo de papel enrollado. Releo la \u00faltima l\u00ednea. <strong>\u201c39\u253c. Manuel P\u00e9rez Carballo\u201d. <\/strong>Camino hasta la parada del tranv\u00eda rezando por esos 39 paseados conducidos al Campo de la Rata. 39 condenados por rebeli\u00f3n. 39 que acabaron sus d\u00edas con una l\u00ednea de fusiles al pecho y el mar de H\u00e9rcules cerrando la retaguardia. Ofrezco al aire la cara y siento, en el viento eterno de la Coru\u00f1a, la fuerza de esas 39 almas golpeando.<\/p>\n<p>Tengo miedo. No quiero hablar con nadie. Entre las cuatro paredes de casa no pasan los d\u00edas. Salgo al mercado, a mover tus papeles o a ventilar al ni\u00f1o. Ya es m\u00e1s t\u00fa que vuestro nombre. Le puede el encierro, como a ti. Le veo angustiarse, presiento tu angustia y crece la m\u00eda. Los d\u00edas se van como la vida.  <\/p>\n<p>Otra vez de camino. Repaso la cesta. Pantal\u00f3n, chaqueta y una mudas. Todo limpio, remendado y doblado. Sobre la ropa, envueltos en estraza,  pan y carne seca. Por \u00faltimo jab\u00f3n, no hay para tabaco. Ya no tengo miedo a olvidar, ha pasado, repaso por costumbre. Me asusta lo que puedas contar, me causa uno de esos miedos proporcionados y agudos que enra\u00edzan bajo el ombligo cuando algo irreparable va a pasar. Miedos que ya nunca marchan. La mano se me va a la tripa. La siento dura, vac\u00eda y yerma como la angustia que nos consume. En mis manos las esperanzas de Carmucha ara\u00f1an mi alma. Deseo m\u00e1s que nada equivocarme. Va a ser que no. Ser\u00e1n tantas.<\/p>\n<p>Paso el control. Voy a tu encuentro. Paco y la tripa no est\u00e1n. No preguntas por ellos. Quieres saber si habl\u00e9 con \u201cmadre\u201d. No tardo en entender. Hablas de Carmucha. \u201cS\u00ed\u201d, es la \u00fanica palabra que captas. Me callas y hablas. En clave de econom\u00eda dom\u00e9stica me cuentas, con fuego en la boca, lo importante que es que yo lleve las cuentas. Nada debe olvidarse y, en lo que se pueda, todo ha de ser convenientemente registrado y notificado. Tu sistema de cifrado es tan simple y pensado, el lenguaje tan cotidiano, que m\u00e1s que desconcertarme me asustas. Te veo bien, por primera vez tranquilo y entusiasmado. Escucho y callo sin sentir el paso del tiempo hasta la sirena.  Me devuelves el cesto como un tesoro. Un beso de camarada se hace definitivo. Aspiro hondo para aguantar el dolor que se revuelve en mis entra\u00f1as, lo \u00fanico que en ellas llevo.<\/p>\n<p>Siento la necesidad de correr pero no s\u00e9 hacia d\u00f3nde y me quedo quieta. Un guardia me empuja hacia la puerta y todos nos vamos por donde vinimos. Toca hablar con Carmucha, ejercer, por vez primera de muchas veces, de p\u00e1jaro de mal ag\u00fcero. <\/p>\n<p>No recuerdo el trayecto de vuelta. <\/p>\n<p>Han pasado los meses. Ahora, a\u00fan antes de golpear la puerta, se abre. Tras ella, como surgidas de un lienzo, l\u00e1grimas. Otro esposa pasa a viuda, un hu\u00e9rfano en un instante, el dolor y el alivio, ojos que no se llenan, sin querer, de l\u00e1grimas y consuelo pasajeros.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Otra vez de camino. Repaso la cesta. Pantal\u00f3n, camisa, chaqueta y dos mudas. Todo limpio, planchado, convenientemente remendado y doblado. Sobre la ropa, envueltos en doble capa de estraza, pan, queso y pescado seco. Por \u00faltimo, jab\u00f3n y tabaco. 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