{"id":309,"date":"2011-06-09T19:10:52","date_gmt":"2011-06-09T17:10:52","guid":{"rendered":"http:\/\/www.canal-literatura.es\/8certamen\/?p=309"},"modified":"2011-06-09T19:10:52","modified_gmt":"2011-06-09T17:10:52","slug":"28-entre-suenos-por-frankie-brown","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.canal-literatura.es\/8certamen\/28-entre-suenos-por-frankie-brown\/","title":{"rendered":"28- Entre sue\u00f1os. Por Frankie Brown"},"content":{"rendered":"<p>Abri\u00f3 los ojos, como en otras ocasiones a lo largo del proceso febril en que se hab\u00eda visto inmerso, intentando mantenerse despierto un poco m\u00e1s de tiempo que las veces anteriores. No sab\u00eda cu\u00e1nto tiempo llevaba all\u00ed postrado, aunque comenzaba a sentirse mejor, y comprob\u00f3 que las enfermeras hab\u00edan retirado las vendas de las heridas, y que estas hab\u00edan cicatrizado r\u00e1pidamente, dejando un rastro vago, casi invisible, de aquellas.<!--more--> Permaneci\u00f3 consciente, y repas\u00f3 mentalmente los sue\u00f1os que le hab\u00edan acompa\u00f1ado durante los \u00faltimos d\u00edas\u2026 \u00bfo acaso eran semanas las que llevaba en aquel estado semiinconsciente?<br \/>\nLe vinieron a la mente im\u00e1genes del largo viaje en tren, de las muchedumbres agolpadas al paso del convoy por las estaciones espa\u00f1olas: las bandas de m\u00fasica populares, los ni\u00f1os agitando los brazos, y las chicas, con la sonrisa en el rostro, contrastando con las l\u00e1grimas que resbalaban por las mejillas, incontenibles. Luego, al atravesar la campi\u00f1a francesa, aquellas muestras de cari\u00f1o y admiraci\u00f3n se transformaron en gestos de indiferencia, cuando no de visible hostilidad, como cuando, en un tramo lento, una de las piedras arrojadas por varios j\u00f3venes impact\u00f3 en la cabeza de uno de los compa\u00f1eros de vag\u00f3n, y saltaron del tren en marcha, pistola en mano, el Cordob\u00e9s y un amigo suyo, al que apodaban Malasombra, hombres curtidos y despiadados, y asesinaron a sangre fr\u00eda a uno de los muchachos, que en su apresurada hu\u00edda hab\u00eda tropezado fatalmente, quedando tendido para siempre entre los tempranos brotes de trigo, con la sangre man\u00e1ndole a borbotones del pecho abierto y la mirada triste y perdida.<br \/>\nDespu\u00e9s, Alemania, la gran Alemania expansionista y guerrera. Flotaban en su memoria los largos d\u00edas de instrucci\u00f3n en Grafenw\u00f6hr, y sin embargo, de ellos su mente no supo o no quiso conservar m\u00e1s que la visi\u00f3n de la espalda del compa\u00f1ero pertrechado, marchando en columna por los frondosos bosques del este de Baviera (\u00a1qu\u00e9 bosques aquellos, verdes, enmara\u00f1ados, como no los hab\u00eda en la sierra de M\u00e1laga, ni en ning\u00fan otro lugar que \u00e9l hubiera visto en Andaluc\u00eda!), y las picaduras de aquellos enormes mosquitos, que a trav\u00e9s de las telas mosquiteras penetraban en la carne con sus afiladas trompas, dejando tras de s\u00ed un fin\u00edsimo reguero de sangre que ca\u00eda lentamente hasta secarse sobre la piel.<br \/>\nY luego, la larga marcha hacia Varsovia, infernal caminata, infame idea del gran general. Se le aparec\u00edan en los sue\u00f1os los pies lacerados por los interminables kil\u00f3metros de marcha y los insoportables dolores de la piel en carne viva. Tambi\u00e9n las noches al raso, bajo las improvisadas tiendas de campa\u00f1a, confeccionadas con los ingeniosos ponchos alemanes, que pod\u00edan unirse unos a otros mediante un sencillo sistema de acoplamiento, otorgando as\u00ed una ligera protecci\u00f3n contra las inmisericordes noches polacas, y los primeros e insufribles primeros pasos del d\u00eda, al alba brumosa y fantasmag\u00f3rica, por los campos de un pa\u00eds deprimido por su suerte. Y los ojos tristes de los ancianos campesinos polacos (a los j\u00f3venes los hab\u00edan matado o deportado), con la mirada clavada en la tierra que trabajaban, maldiciendo en silencio las vidas de los que hab\u00edan violado su patria, su tierra y sus familias\u2026 \u00a1No pod\u00eda apartar de s\u00ed aquellas miradas vac\u00edas, sin esperanza, que le asediaban en medio de la fiebre!<br \/>\nA veces, en el sue\u00f1o se confund\u00edan y entremezclaban los recuerdos, dando lugar a escenas irreales, como cuando una vez se despert\u00f3 delirando, despu\u00e9s de haber estado paseando, durante un breve permiso, por los estrechos y tenebrosos callejones de los suburbios de Varsovia, donde los soldados alemanes no osaban adentrarse m\u00e1s que en patrullas fuertemente armadas, que para su asombro, se tropezaban frecuentemente con uno o dos espa\u00f1oles descamisados, despreocupados y sonrientes, que volv\u00edan de alg\u00fan furtivo encuentro con el amor, con el azar o con el alcohol. Esa noche acababa, sin saber c\u00f3mo, dando tumbos por las calles de su Co\u00edn natal, tumbado en el suelo  a la orilla de un olivar, observando el manto de estrellas que a \u00e9l le parec\u00eda muy distinto del que le contemplaba en aquella tierra polaca, tan lejana y tan distinta a la suya.<br \/>\nSin embargo, los sue\u00f1os m\u00e1s crudos eran los que le trasladaban nuevamente el frente ruso. De nuevo volv\u00eda al tren, aunque en esa ocasi\u00f3n no hab\u00eda multitudes, m\u00fasica o llantos de despedida, si acaso una exigua comitiva oficial, y todo lo que se pod\u00eda contemplar desde las ventanillas a ambos lados de los vagones era el rastro de la destrucci\u00f3n causada por la guerra en una tierra ajena, en la que todo le resultaba extra\u00f1o y hostil. Aparec\u00edan los rostros tensos de barbas cerradas y las miradas duras de hombres que pronto yacer\u00edan inertes en el helado suelo ruso. Y aparec\u00eda, sobretodo, el fr\u00edo. Y es curioso, porque hasta ahora, \u00e9l no sab\u00eda que el fr\u00edo pudiera aparecer tambi\u00e9n en los sue\u00f1os. Seguramente, solo el fr\u00edo ruso era capaz de hacerlo con la insoportable intensidad con la que se alojaba tambi\u00e9n en los huesos de los soldados. Y as\u00ed lo hac\u00eda, pues incluso en las m\u00e1s ardientes pesadillas de su postraci\u00f3n, el fr\u00edo, la ventisca y la nieve le atenazaban los huesos, le quebraban el alma y casi sofocaban cualquier deseo de sobrevivir a aquellas condiciones inhumanas, en las que se le antojaba imposible que nadie pudiera encontrar la felicidad.<br \/>\nCuriosamente, los largos meses del invierno ruso que lleg\u00f3 a continuaci\u00f3n se resumieron, en los sue\u00f1os, en acciones puntuales y cotidianas, que nada ten\u00edan que ver con el hero\u00edsmo que se les supone a los hombres en el frente de batalla, ni con el romanticismo del que vive ajeno a las realidades de la guerra, que no son otras que la barbarie, el sufrimiento y la muerte. \u00c9l nunca hab\u00eda concebido la batalla de un modo rom\u00e1ntico o heroico, sino m\u00e1s bien como una cuesti\u00f3n de preparaci\u00f3n, suerte y un miedo atenazador hasta tal punto que, durante los instantes en que uno luchaba por dominarlo de alguna manera, no pod\u00eda mover un m\u00fasculo o articular palabra. Y luego, sin saber muy bien c\u00f3mo, afloraban los instintos m\u00e1s primarios, aquellos que manten\u00edan a un soldado con vida y en movimiento, convirti\u00e9ndole en una especie de depredador, cuya presa era la vida del enemigo a cambio de la propia. En esos momentos, el tiempo se ralentizaba y pod\u00eda o\u00edr, por encima del estruendo ensordecedor del combate, el latido de su coraz\u00f3n desbocado, queriendo atravesarle el pecho.<br \/>\nHab\u00eda revivido una y otra vez la ocasi\u00f3n, en plena campa\u00f1a invernal, en que se abandon\u00f3 por completo a su suerte en medio de la nieve, rez\u00e1ndole a un Dios que parec\u00eda haberle olvidado en aquel lugar tan remoto. Como puedo, se protegi\u00f3 del viento g\u00e9lido que le azotaba el cuerpo y ante el cual hab\u00edan acabado sucumbiendo sus compa\u00f1eros de patrulla, que en la superficie helada de un lago no hab\u00edan sido capaces de encontrar refugio alguno. As\u00ed, finalmente, acurrucado junto a tres cad\u00e1veres amontonados, se dispuso a esperar la muerte, con la desesperada tranquilidad del que ya lo ha dado todo por perdido. Fue entonces, en ese estado de semiinconsciencia que preced\u00eda inevitablemente al fatal desenlace, cuando apareci\u00f3 Nicolai, un ruso menudo que, como un fantasma, surgi\u00f3 de la ventisca, devolvi\u00e9ndole a la vida con manos expertas, que evitaron que la congelaci\u00f3n de sus piernas fuera a mayores. No sab\u00eda cu\u00e1nto tiempo hab\u00eda transcurrido desde aquel momento hasta que despert\u00f3 en el interior de una modesta isba, tapado por pieles de animales toscamente tratadas, que hab\u00edan conseguido conservar el calor corporal, y con \u00e9l, su vida. Volvi\u00f3 a ver de nuevo el rostro enjuto y curtido de Nicolai, sus ojos claros y profundos, su barba canosa y las facciones angulosas. Sonri\u00f3 agradecido. \u00bfQui\u00e9n era verdaderamente el enemigo?<br \/>\nEl enemigo, al que hab\u00eda matado una y mil veces desde los pozos de tirador improvisados en la nieve, o en brutales combates cuerpo a cuerpo, a bayonetazos, culatazos o palazos. El enemigo, que sin embargo volv\u00eda una y otra vez para atormentarle en sus sue\u00f1os. Pod\u00eda ver la cara de todos los hombres a los que hab\u00eda arrebatado la vida. No s\u00f3lo pod\u00eda hacerlo: simplemente, le era imposible evitar que, una y otra vez, aquellas personas con el terror previo al \u00faltimo h\u00e1lito de vida dibujado en el rostro le implorasen piedad. Una y otra vez, noche tras noche, impidi\u00e9ndole conciliar el sue\u00f1o nuevamente despu\u00e9s de despertarse sobresaltado y ba\u00f1ado en sudor. Pero era su vida o la de aquellas seres an\u00f3nimos, de ojos ligeramente rasgados y mirada glacial, pelo claro y piel sonrosada por el fr\u00edo. Rasgos tan distintos a los suyos: a su pelo negro azabache, a sus ojos grandes y oscuros, a su piel morena, a su barbilla partida en dos. El enemigo, encarnado en una colecci\u00f3n de m\u00faltiples personajes, embutidos todos ellos en sus botas de fieltro, sus abrigos y sus gorros de piel, segu\u00eda realizando las temidas incursiones nocturnas, mortalmente silencioso, con los afilados cuchillos siberianos entre los dientes, para perturbar el sue\u00f1o de aquellos que le hab\u00edan arrebatado la vida. Tambi\u00e9n aparec\u00edan, como no, sus compa\u00f1eros agonizantes en el campo de batalla. En sus sue\u00f1os, ninguno ca\u00eda fulminado por los proyectiles rusos y mor\u00eda al instante, sino que le tend\u00edan la mano, le suplicaban ayuda en medio de un infierno de fuego y explosiones, de los silbidos de las balas que en su incandescencia transportaban el dolor y la desolaci\u00f3n. Pero nunca consegu\u00eda traspasar aquella barrera, y los gritos desesperados de los moribundos le despertaban en mitad de la noche, y entonces romp\u00eda a llorar, como s\u00f3lo lloran los ni\u00f1os y las personas que han estado en un campo de batalla.<br \/>\nEl d\u00eda que le hirieron vio morir a muchos de sus mejores amigos. No sab\u00eda con certeza qui\u00e9n seguir\u00eda con vida despu\u00e9s de aquel d\u00eda, aunque estaba seguro de que, en su evacuaci\u00f3n, hab\u00eda dejado atr\u00e1s a muchos a los que ya no volver\u00eda a ver. De algunos de ellos tal vez volver\u00eda a tener noticias. Otros simplemente hab\u00edan desaparecido en la nieve te\u00f1ida de sangre y, con el avance del enemigo, hab\u00edan dejado de existir de forma an\u00f3nima. Ahora, postrado en el camastro del peque\u00f1o hospital, repasaba mentalmente aquellas vivencias que hab\u00edan aflorado de forma inconsciente durante su convalecencia. Mir\u00f3 alrededor, y vio que el sufrimiento y el dolor se hab\u00edan instalado all\u00ed, en los camastros contiguos. Se cuestion\u00f3 el sentido de su existencia en aquel lugar b\u00e1rbaro. Hab\u00eda visto de lo que era capaz el hombre cuando dejaba de ser hombre  y se entregaba a sus instintos m\u00e1s animales, a la forma de supervivencia m\u00e1s primitiva. Estaba hastiado de tanta miseria moral, de tanta muerte. Sinti\u00f3 que se derrumbaba. Le invadi\u00f3 la angustia y la desesperanza, y abandon\u00f3 su deseo de seguir viviendo. Cerr\u00f3 los ojos. Se durmi\u00f3.<br \/>\nAl abrirlos nuevamente, deliraba. La habitaci\u00f3n estaba en penumbra. Recorri\u00f3 con la mirada los cables y los tubos que conectaban su cuerpo a varias m\u00e1quinas. Tard\u00f3 un tiempo en comprender. En un momento de postrera lucidez, se dio cuenta de que todo hab\u00eda sido un sue\u00f1o. Sin embargo, la angustia y la desesperanza hab\u00edan despertado con \u00e9l. Volaron por su cabeza recuerdos m\u00e1s recientes: la enfermedad, sus hijas, sus nietos, su querida Ana\u2026 y supo que todo terminaba. En esta ocasi\u00f3n, tuvo la certeza de que aquello era real. Vio las caras alarmadas de las enfermeras, en medio de una densa niebla que comenz\u00f3 a envolverlo todo. Escuch\u00f3 de lejos el pitido agudo de un monitor. Luch\u00f3 por no desvanecerse. No quer\u00eda morir as\u00ed. Rescat\u00f3 con urgencia otros recuerdos: una caricia, los paseos al atardecer, el mar\u2026De repente, dej\u00f3 de sentir la angustia y recuper\u00f3 la esperanza. Esboz\u00f3 una imperceptible sonrisa. Entonces, todo lo que hab\u00eda a su alrededor se desvaneci\u00f3, le invadi\u00f3 una dulce sensaci\u00f3n de paz y se march\u00f3 para siempre.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Abri\u00f3 los ojos, como en otras ocasiones a lo largo del proceso febril en que se hab\u00eda visto inmerso, intentando mantenerse despierto un poco m\u00e1s de tiempo que las veces anteriores. 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