{"id":656,"date":"2011-07-02T21:29:11","date_gmt":"2011-07-02T19:29:11","guid":{"rendered":"http:\/\/www.canal-literatura.es\/8certamen\/?p=656"},"modified":"2011-07-02T21:29:11","modified_gmt":"2011-07-02T19:29:11","slug":"83-cambio-de-rail-por-roman-paladino","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.canal-literatura.es\/8certamen\/83-cambio-de-rail-por-roman-paladino\/","title":{"rendered":"83- Cambio De Ra\u00edl. Por Rom\u00e1n Paladino"},"content":{"rendered":"<p>Las cosas no pod\u00edan haber salido peor. Tan s\u00f3lo unas horas atr\u00e1s, ni siquiera hubiera imaginado que acabar\u00eda escondido en la Cueva Del Gran Oso, temblando de rodillas, con la pierna derecha doliendo a rabiar y vomitando sangre. Todo sucedi\u00f3 tan deprisa que no pudo pensar, s\u00f3lo su instinto le ped\u00eda correr, correr con todas sus fuerzas, correr hasta con el alma para salvar su vida. <!--more-->Ahora que su pulso se iba decelerando, intentaba reconstruir los hechos y no alcanzaba a comprender qu\u00e9 pas\u00f3, de qu\u00e9 hu\u00eda, d\u00f3nde estaban los dem\u00e1s. Recordaba gritos, tal vez rugidos, un sonido ensordecedor, el eco de una explosi\u00f3n; una presencia a su espalda, un aliento jadeante, \u00e1vido, un terror que le subi\u00f3 el coraz\u00f3n a la boca, y la \u00fanica y obsesiva idea de escapar, escapar, alentado por el miedo.<\/p>\n<p>En poco tiempo, la cueva se te\u00f1ir\u00eda de absoluta penumbra, el \u00faltimo haz de luz de la tarde apenas alcanzaba la entrada. Polo ten\u00eda un encendedor en su bolsillo, pero nada que quemar, el suelo era una alfombra rocosa, h\u00fameda, irregular. Acomod\u00f3 su espalda en la pared para ocuparse de su maltrecha pierna. Alumbr\u00f3 unos instantes con el mechero y vio su tibia puntiaguda sobresaliendo bajo la piel. Su garganta acall\u00f3 un aullido de dolor y sus ojos desahogaron la tensi\u00f3n en forma de l\u00e1grimas, que chocaban contra el suelo como las gotas que ca\u00edan intermitentes de las ubres de la cueva, enclavadas aleatoriamente en el techo.<\/p>\n<p>Al cabo de unas horas, ten\u00eda la ropa y los huesos calados. Su boca, sin embargo, estaba seca como la tierra \u00e1rida de afuera. Sus ojos ya no ve\u00edan m\u00e1s que un espeso tel\u00f3n negro, as\u00ed que alarg\u00f3 las manos tratando de encontrarse en la trayectoria de alguna gota de agua filtrada que tuviera el capricho de caer en ese momento. Pod\u00eda o\u00edrlas: <em>glot, glot<\/em>, <em>glot<\/em>; concentr\u00e1ndose mucho distingu\u00eda el estallido n\u00edtido de una bolita de l\u00edquido estrell\u00e1ndose en el suelo, repetido por el eco que se repet\u00eda a s\u00ed mismo. Se movi\u00f3 a su alrededor, se arrastr\u00f3 busc\u00e1ndolas, pero sus quejidos y hasta su propia respiraci\u00f3n se superpon\u00edan al <em>glot, glot<\/em>, <em>glot <\/em>que escuchaba cuando se manten\u00eda inm\u00f3vil. La fatiga contribuy\u00f3 a aumentar su sed y Polo abandon\u00f3. Se volte\u00f3 para tumbarse boca arriba y dej\u00f3 caer sus brazos a los lados, formando una cruz con su cuerpo. La punta de los dedos de su mano diestra tuvo la oportunidad de caer sobre un charquito, una peque\u00f1a oquedad que recog\u00eda, sin preaviso del <em>glot <\/em>ni de su eco, la suficiente agua para mojar al menos sus labios. En un acto reflejo, rod\u00f3 sobre la roca y se abalanz\u00f3 sobre el charco, sin acordarse de su tibia quebrada. Sorbi\u00f3 de un trago y acab\u00f3 los restos con lametazos caninos.<\/p>\n<p>Ya sin m\u00e1s agua que la del sudor febril que inundaba su frente, mir\u00f3 hacia donde intu\u00eda que estaba la entrada de la Cueva Del Gran Oso intentando discernir el cielo, el resplandor de la luna, tal vez alguna estrella, acaso algo que le sacara de su ceguera. Recordaba las noches en el desierto, el halo de las estrellas fugaces, el silbo del viento levantando la arena. Sobre una almohada de piedra, su cabeza cedi\u00f3 y sus ojos descansaron, aliviados por dejar de otear en la negrura obstinada de su refugio.<\/p>\n<p>Nunca tuvo buenos despertares. Se levantaba con un regusto amargo, ojeras pronunciadas, cara de enfermo. Despu\u00e9s se met\u00eda en la ducha, zambull\u00eda su cabeza en el chorro humeante y canturreaba con desgana, escupiendo agua. Una taza de caf\u00e9 le hac\u00eda resucitar, y as\u00ed despert\u00f3, con el olfato enga\u00f1ado, burlado por un sue\u00f1o que ese d\u00eda no se har\u00eda realidad. No estaba seguro de cu\u00e1nto tiempo llevaba all\u00ed, de si s\u00f3lo hab\u00eda pasado una noche; a lo sumo dos, si hubieran sido tres deber\u00eda estar muerto. Por la boca de la cueva se filtraban los rayos amarillos del mediod\u00eda. Se arrastr\u00f3 unos metros y coloc\u00f3 su pierna en direcci\u00f3n a la luz. Estaba inflamada, tildada de tonos morados y violetas, transformada en un trozo de carne insalubre. Se rasg\u00f3 el pantal\u00f3n e improvis\u00f3 un vendaje. Ignoraba si hac\u00eda lo correcto, s\u00f3lo trataba de que el hueso, que manten\u00eda la piel tirante como la de un tambor, no acabara por traspasarla. All\u00ed qued\u00f3 durante horas, mirando hacia el exterior, dubitativo, calibrando si deb\u00eda quedarse a la espera de ayuda o salir al encuentro de sus compa\u00f1eros. Tal vez estuvieran all\u00ed, junto al <em>jeep<\/em>, malheridos como \u00e9l, o tal vez estar\u00edan busc\u00e1ndole. Quiz\u00e1 habr\u00edan muerto&#8230; Si algo hab\u00eda aprendido de sus expediciones al desierto es que all\u00ed la vida y la muerte andan por paralelas estrechas, separadas por una l\u00ednea invisible que en cualquier momento las entrelaza, como se unen los ra\u00edles de una v\u00eda f\u00e9rrea para cambiar de direcci\u00f3n sin apenas percibirlo.<\/p>\n<p>Al caer la noche, regres\u00f3 la fiebre. Los temblores se apoderaron de su cuerpo y sus dientes casta\u00f1eaban descontrolados. Tal vez no llegar\u00eda a ma\u00f1ana. Seguro que estar muerto no pod\u00eda ser peor.<\/p>\n<p>Polo odiaba los martes. No los lunes, los martes, porque fue un jodido martes el d\u00eda en el que fallecieron sus padres, y cada martes de cada semana recordaba las palabras de su abuela: \u201cest\u00e1n en el cielo, se los ha llevado Dios\u201d. \u201c\u00bfPor qu\u00e9? Quiero que vuelvan\u201d. \u201cA veces Dios se lleva a la gente buena para tenerlos junto a \u00e9l\u201d. Y para qu\u00e9 necesitaba Dios m\u00e1s gente, si el cielo ya estaba lleno. Por qu\u00e9 sus padres y no otros, cuando \u00e9l, que tan s\u00f3lo era un ni\u00f1o, les necesitaba m\u00e1s que Dios. Era martes, pero por primera vez Polo despert\u00f3 sin saberlo, sin la certeza de que estaba en el d\u00eda en el que no pod\u00eda olvidar que la justicia divina reg\u00eda tan quebradiza como la humana.<\/p>\n<p>Casi no pod\u00eda moverse, con sus fuerzas agotadas le costaba hasta respirar. Ten\u00eda hambre, mucha hambre, y no hab\u00eda vuelto a beber desde la primera noche. \u00bfCu\u00e1nto tiempo m\u00e1s sobrevivir\u00eda as\u00ed? Afuera amanec\u00eda, el sol se desperezaba sobre el horizonte, todav\u00eda no quemaba la arena y el aire se respiraba fresco. Era el momento, salir para salvarse antes que morir sin luchar. Si le buscaban, ser\u00eda mejor ponerse a descubierto, dejarse ver. Si no, tal vez podr\u00eda llegar hasta el <em>jeep<\/em> y regresar al campamento. La duda le paraliz\u00f3 unos instantes, s\u00f3lo unos segundos para reunir el coraje, inspirar profundamente y salir de all\u00ed.<\/p>\n<p>Ten\u00eda el cuerpo entumecido, se asemejaba a un reptil de sangre fr\u00eda movi\u00e9ndose torpemente entre las rocas, en las que se apoyaba como pod\u00eda para avanzar, hasta que sali\u00f3 a la llanura y no encontraba d\u00f3nde asirse. Entonces se arrastr\u00f3 y consigui\u00f3 ganar unos metros, serpenteando sobre la arena, dejando tras de s\u00ed un surco rectil\u00edneo, la marca de su carga inservible, su pierna inerte. El peso de su propio cuerpo le dej\u00f3 exhausto. Volvi\u00f3 la cabeza para mirar atr\u00e1s, comprobar sus progresos. All\u00ed estaba, a una distancia m\u00ednima, desesperanzadora, un gran oso erguido, con las garras amenazantes y las fauces dentadas con colmillos de cuchillo. El sol ya superaba la cabeza del oso y segu\u00eda su camino indefectible hacia el oeste. Pronto se colocar\u00eda justo encima de Polo, soltando sus rayos perpendiculares, convirtiendo los granitos de arena en min\u00fasculas bolas de brasas. Ten\u00eda que seguir, Polo sab\u00eda que deb\u00eda encontrar el <em>jeep<\/em> antes de que el sol le alcanzara. Clav\u00f3 sus codos en la tierra y exhalando gemidos animales de rabia y desolaci\u00f3n, consigui\u00f3 adelantar su cuerpo medio metro, un metro, un metro y medio, medio metro m\u00e1s. Tras cada impulso, miraba al horizonte, enfocaba sus ojos tratando de apreciar alg\u00fan objeto sobre la planicie. Parec\u00eda que hab\u00eda algo, all\u00ed, a lo lejos. S\u00ed, algo vislumbraba tras la cortina de calima, unas sombras, unos bultos, que se mov\u00edan despacio, que se acercaban hacia \u00e9l. Quiso gritar, hacerse notar, pero el grito se le qued\u00f3 ahogado en la garganta. <em>Estoy aqu\u00ed\u2026 <\/em>se repet\u00eda, con la barbilla clavada en la arena; <em>estoy aqu\u00ed&#8230;<\/em> sin que el sonido alcanzara siquiera la distancia entre su boca y el suelo.\u00a0<\/p>\n<p>Una mano le enganch\u00f3 el hombro y, con un movimiento certero, le gir\u00f3 ciento ochenta grados y lo puso de cara al cielo. El sol le cegaba, no pod\u00eda distinguir el rostro de aquel hombre. Hab\u00eda m\u00e1s gente junto a \u00e9l. Uno de ellos se agach\u00f3 para poner su brazo bajo el pescuezo de Polo y acercarle una cantimplora a la boca. El agua limpia refrescaba sus labios, su lengua, inundaba su faringe, le devolv\u00eda a la vida. Entonces pudo reconocerlos: a Tsong\u00e1, su gu\u00eda y amigo, con su caracter\u00edstica sonrisa blanca; a su mujer, Clara, a la que por fin hab\u00eda convencido para que le acompa\u00f1ara en ese viaje; a su padre, su padre, tal como era, tal como lo recordaba, impecablemente aseado, oliendo a perfume y a espuma de afeitar. A Polo le sobrevino una sensaci\u00f3n placentera de alivio, ya no hab\u00eda cansancio, ni dolor, ni sed&#8230; \u00a1Le encontraron, le hab\u00edan encontrado!<\/p>\n<p><em>Vamos<\/em>, le dijo su padre, <em>nos est\u00e1n esperando<\/em>. Y Polo sonri\u00f3.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Las cosas no pod\u00edan haber salido peor. Tan s\u00f3lo unas horas atr\u00e1s, ni siquiera hubiera imaginado que acabar\u00eda escondido en la Cueva Del Gran Oso, temblando de rodillas, con la pierna derecha doliendo a rabiar y vomitando sangre. 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