{"id":44,"date":"2005-02-01T16:46:08","date_gmt":"2005-02-01T15:46:08","guid":{"rendered":"https:\/\/www.canal-literatura.es\/certamen\/?p=44"},"modified":"2018-02-09T02:23:25","modified_gmt":"2018-02-09T01:23:25","slug":"14-quiromancia","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.canal-literatura.es\/certamen\/?p=44","title":{"rendered":"14. Quiromancia"},"content":{"rendered":"<div class=\"pdfprnt-buttons pdfprnt-buttons-post pdfprnt-top-right\"><a href=\"https:\/\/www.canal-literatura.es\/certamen\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fposts%2F44&print=pdf\" class=\"pdfprnt-button pdfprnt-button-pdf\" target=\"_blank\"><img src=\"https:\/\/canal-literatura.es\/certamen\/wp\/wp-content\/plugins\/pdf-print\/images\/pdf.png\" alt=\"image_pdf\" title=\"View PDF\" \/><\/a><a href=\"https:\/\/www.canal-literatura.es\/certamen\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fposts%2F44&print=print\" class=\"pdfprnt-button pdfprnt-button-print\" target=\"_blank\"><img src=\"https:\/\/canal-literatura.es\/certamen\/wp\/wp-content\/plugins\/pdf-print\/images\/print.png\" alt=\"image_print\" title=\"Print Content\" \/><\/a><\/div><p>\u201cEl destino baraja, y nosotros jugamos\u201d.<br \/>\nArthur Schopenhauer<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Algunos disparos se escucharon lejanos, m\u00e1s all\u00e1 de la alameda, y las esposas de varios coroneles del III Reich se asustaron y dieron un saltito en sus asientos. <!--more-->En ese abrir y cerrar de ojos sobresaltado, Malpartida ech\u00f3 un vistazo a las l\u00edneas de su mano, sonri\u00f3 seguro, cambi\u00f3 la carta por la que ten\u00eda escondida en la mu\u00f1eca izquierda y acab\u00f3 su n\u00famero. Los aplausos en el teatro silenciaron a los fusiles. Pero la tranquilidad no dur\u00f3 mucho tiempo.<br \/>\n-\u00a1Es imposible que ya est\u00e9n aqu\u00ed! \u2013gritaron por las \u00faltimas filas.<br \/>\nEl jefe de sala se\u00f1alaba su reloj, el final de la actuaci\u00f3n, pero el mago continu\u00f3, extendi\u00f3 los brazos y se subi\u00f3 las mangas. Sigui\u00f3 jugando al enga\u00f1o y se concentr\u00f3 en ases, tr\u00e9boles, comodines. Baj\u00f3 las escaleras del escenario, iluminado con azules y con tan s\u00f3lo una silla, una mesa y un gram\u00f3fono. Las mujeres luc\u00edan collares, los hombres adornaban sus solapas con esv\u00e1sticas y cruces negras. Y Malpartida mir\u00f3 la palma de su mano, las l\u00edneas cambiaban sin avisar; de un d\u00eda a otro se hab\u00eda alargado la del destino, atravesaba la palma verticalmente de arriba abajo y hab\u00eda rayado una divisi\u00f3n en\u00e9rgica.<br \/>\n-\u00bfQui\u00e9n es este loco? \u2013escuch\u00f3 preguntar.<br \/>\nLos disparos vinieron rebotando por el camino de la alameda y sonaron tan cercanos que los asistentes se levantaron de sus asientos y comenzaron a inquietarse en exceso. El mago tuvo que llamarles la atenci\u00f3n, gritar al orden. Regres\u00f3 al escenario y les convenci\u00f3 con un alem\u00e1n descarado que los disparos no eran nada diferentes a los que siempre hab\u00edan escuchado, porque el pa\u00eds en el que estaban era guerrero, amante de la lucha, y sigui\u00f3 con que la entrada al teatro estaba rodeada por agentes y tanques, todo el camino desde la carretera hasta all\u00ed, y que si las sirenas no hab\u00edan sonado era porque no hab\u00eda peligro alguno.<br \/>\nEl gram\u00f3fono comenz\u00f3 a funcionar. Picas y corazones luchaban en las manos de Malpartida para hacer de ese discurso delirante un juego. O quiz\u00e1s al rev\u00e9s, porque a veces Malpartida ten\u00eda la oscura sensaci\u00f3n de adentrarse en una zona de pleno delirio, donde las cartas abandonaban sus caras juguetonas confirmando una historia imposible, un juego de abismales proporciones. Con la cantante de \u00f3pera tirando del esp\u00edritu alem\u00e1n hacia arriba, se quedaron amarrados al espect\u00e1culo y olvidaron los disparos.<br \/>\nPor la mente del mago pas\u00f3 la estrechez de las calles de su ciudad, repleta de enanas esperando en los portales y clubes abiertos para acoger entre luces rojas espect\u00e1culos asombrosos, hasta que chillaban las salvas de los antia\u00e9reos y la guerra despertaba con su miedo, sus muertos y sus portales incendiados. Los dedos corr\u00edan entre las cartas, cogi\u00f3 tres, tir\u00f3 el resto. Las se\u00f1oras afinaron la vista, atentas.<br \/>\n-Jes\u00fas tambi\u00e9n fue un ilusionista, s\u00ed un ilusionista, como yo lo soy, como cualquiera de ustedes puede serlo \u2013explicaba Malpartida, y a\u00f1adi\u00f3 lo de la multiplicaci\u00f3n de los panes y los peces como ejemplo para que el p\u00fablico riese y se diera gusto buscando alternativas simb\u00f3licas entre panes, peces y otras baratijas de la realidad.<br \/>\nEnse\u00f1\u00f3 las cartas que ten\u00eda y volvi\u00f3 a contarlas: una, dos, tres. Sopl\u00f3 en ellas y, qui\u00e9n sabe c\u00f3mo, comenz\u00f3 a sacar y sacar cada vez m\u00e1s, las multiplic\u00f3 en treinta, en sesenta, y las lanz\u00f3 al auditorio gan\u00e1ndose a los coroneles y sus esposas.<br \/>\n-\u00a1Silencio!<br \/>\nPar\u00f3 la m\u00fasica, no hab\u00eda nada m\u00e1s que el movimiento de las piezas de oro y los galones de los asistentes. Se contuvieron los gritos y las muecas. El auditorio miraba al techo. Tan s\u00f3lo el dorado y grana de la decoraci\u00f3n de la marquesina. La espera dur\u00f3 unos instantes. Despu\u00e9s lleg\u00f3 el tam-tam, como un tableteo de disparos, tambores de guerra acerc\u00e1ndose por la alameda. Tras ello el revuelo y el refregar de trajes nervioso, algunos se\u00f1ores levantados de sus asientos, con los anteojos ca\u00eddos y llevando la mano instintivamente a sus pistolas. Cada vez era m\u00e1s cercano el sonido, el tam-tam entrando por cualquier agujero de la puerta de la entrada, col\u00e1ndose en el teatro y rebotando entre columnas, el tam-tam insistiendo.<br \/>\nEl jefe de la sala revoloteaba por el anfiteatro, no sab\u00eda qu\u00e9 hacer. Miraba su reloj impaciente, a los ojos vidriosos del p\u00fablico, paseaba adelante y atr\u00e1s, una y otra vez, hasta que su ayudante fue y le susurr\u00f3 algo en el o\u00eddo; entonces mir\u00f3 a Malpartida y le hizo un gesto claro: el espect\u00e1culo deb\u00eda acabar. El mago alz\u00f3 los brazos. Les anim\u00f3 a levantarse de los asientos y elevar los brazos al cielo. Los m\u00e1s reticentes tardaron, pero al final la corriente de brazos en alto comenz\u00f3 en las primeras filas, fue un capit\u00e1n el que inici\u00f3 el movimiento, extendi\u00e9ndose a los dem\u00e1s por temor a no hacer lo mismo que un oficial\u2026 Los altos mandos, sus esposas, y m\u00e1s atr\u00e1s soldados privilegiados y operarios formaron una monta\u00f1a de brazos.<br \/>\n-El alem\u00e1n siempre fue un gran pueblo, poderoso. No hay que temer nada aqu\u00ed \u2013convenci\u00f3 Malpartida.<br \/>\nEn un n\u00famero fant\u00e1stico, dijo que all\u00e1 arriba hab\u00eda un diablo que sab\u00eda hacer bien las cosas y que miraran sus manos porque \u00e9l -y mientras lo proclamaba ejecutaba la trampa- hab\u00eda recibido el regalo de dos cartas, y baj\u00f3 las manos y las ense\u00f1\u00f3. Los dem\u00e1s hicieron lo mismo pero no encontraron nada en sus manos, y el malestar gru\u00f1\u00f3 en las bocas de los asistentes. El mago hizo un gesto al ayudante del jefe de sala y \u00e9ste tir\u00f3 de una palanca. Cayeron miles de cartas desde el techo, junto a las cartas lo hicieron esv\u00e1sticas de papel que revolotearon por las cabezas de una forma peculiar, en espiral, bautizando al p\u00fablico. Entonces las risas y los aplausos.<br \/>\n-Ahora miren la palma sus manos, \u00a1ya! \u2013insisti\u00f3 el mago.<br \/>\nLos que lo hicieron vieron unos surcos ininteligibles. Los dem\u00e1s se sentaron en los asientos cansados de tanta pantomima, aguardando.<br \/>\nMalpartida revivi\u00f3 el sonido de los aviones repasando su ciudad, un sonido punzante que se instalaba en el o\u00eddo y penetraba poco a poco con una insistencia permanente, horadando y horadando, hasta que se montaba sobre los recuerdos. Despu\u00e9s, el retumbo de los motores, las bombas y el correr precipitado, las cartas cay\u00e9ndose en un charco y el mismo agujero de siempre para ocultarse hasta que pasara el tiempo necesario, la espera. Los asistentes miraron al techo atemorizados.<br \/>\n-\u00a1Bombarderos! \u2013gritaron.<br \/>\nEl mago escuch\u00f3 los motores en el cielo, y no pudo evitar agacharse en un instinto bien aprendido desde hac\u00eda tiempo. Un instante tan s\u00f3lo, despu\u00e9s se levant\u00f3 de un salto y puso de nuevo el gram\u00f3fono a sonar. La diva alemana m\u00e1s alta que nunca sub\u00eda sus graves, todos sus agudos chillaban sin compasi\u00f3n, se mezclaban con los gritos del mago.<br \/>\nEl p\u00fablico ya hab\u00eda abandonado su localidad y vagaba por el anfiteatro alarmado, insultando y vigilando que las pistolas estuviesen cargadas por si acaso, miraban fijamente la puerta de entrada&#8230; Los m\u00e1s atrevidos: soldados, coroneles, capitanes y tenientes, formaron una l\u00ednea que se situ\u00f3 delante de la puerta; los dem\u00e1s esperaban a los pies del escenario agarrados con pasi\u00f3n a sus mujeres y chocando de vez en cuando, para afirmar su val\u00eda, sus talones con fuerza en el suelo. Mientras tanto, Malpartida, hab\u00eda buscado alg\u00fan despistado con pistola y lo hab\u00eda encontrado.<br \/>\nLe abord\u00f3 y comenz\u00f3 a estirar el arma del cinto de ese teniente, simulando una broma, hasta conseguirla. Con ella en la mano derecha, hizo que todos callaran y mirasen al escenario, rompiendo el orden que desde un principio algunos ingenuos intentaron crear. Les grit\u00f3 que escuchasen bien, que no sab\u00edan lo que dec\u00edan ni hab\u00eda nada para alarmarse m\u00e1s arriba del techo porque \u201clos otros\u201d nunca llegar\u00edan all\u00ed. Pistola arriba, pistola abajo, segu\u00eda sosteniendo que no eran bombarderos, motores de aviones quiz\u00e1s, pero no bombarderos, aviones sin m\u00e1s. Porque ellos no lo pod\u00edan saber, solamente presum\u00edan, y por esa regla de tres pod\u00edan ser miles de nubes rugiendo, o miles de demonios, pero nada de bombarderos, porque no hab\u00eda nada de bombas, eso estaba claro.<br \/>\nDe forma brusca, lleg\u00f3 la calma. El mago se arrodill\u00f3 y llev\u00f3 la pistola a su cabeza.<br \/>\n-Un \u00faltimo truco \u2013anunci\u00f3 a voz pelada. La cantante de \u00f3pera mientras tanto romp\u00eda las cuerdas vocales en un afinado inaudito.<br \/>\nEl tam-tam regres\u00f3 m\u00e1s fuerte que nunca, acerc\u00e1ndose por el camino de la alameda un sonido ronco, continuo. Pero nadie se arriesg\u00f3 a moverse, segu\u00edan controlando los movimientos del mago, el \u00faltimo n\u00famero.<br \/>\nLes hizo levantar de nuevo los brazos, la diva chillando, el tam-tam, el toc-toc de las ametralladoras comenzando a retumbar all\u00e1 afuera y quit\u00e1ndole poco a poco yeso a la pared, al techo, cayendo la pintura con cada golpe, tam-tam y disparos, los grillos cantando en la noche y raspando sus patas en sus alas, el rugir de los mil demonios acerc\u00e1ndose violentamente, caminando impasible por el camino que llevaba al teatro, eliminando con una llama violenta a todos los agentes que guardan el camino, cada vez m\u00e1s cerca.<br \/>\nAgarr\u00f3 con fuerza la pistola y apunt\u00f3 al gram\u00f3fono. Antes de que decidieran los coroneles y oficiales que lo importante no estaba all\u00ed sino fuera, apret\u00f3 el gatillo. Una vez, otra y otra. Una vez, otra y otra. Entre disparo y disparo esper\u00f3 unos segundos que parecieron vidas infinitas para un p\u00fablico embobado. Hizo callar la \u00f3pera. Y cuando creaba la tensi\u00f3n precisa, el tiempo necesario de espera, volv\u00eda a apretar. As\u00ed hasta repasar todo el cargador.<br \/>\n-Ahora miren la palma de sus manos \u2013les dijo riendo al acabar.<br \/>\nEn aquel momento, el final de la actuaci\u00f3n. La puerta de la entrada derribada. Militares americanos entrando en el teatro. La sorpresa paralizando al III Reich all\u00ed reunido. M\u00e1s metralletas de m\u00e1s soldados americanos entrando por la puerta, refulgiendo, enca\u00f1onando el aire viciado del teatro. El mago saludando a los americanos. Los americanos golpeando a los alemanes y llev\u00e1ndolos con los brazos en la espalda. Los americanos estrechando la mano de Malpartida, celebr\u00e1ndolo, d\u00e1ndole de fumar, repartiendo cigarros: uno para ti, otro para m\u00ed, mientras Malpartida aceptaba, algo cansado y burl\u00f3n.<br \/>\nAlg\u00fan alem\u00e1n atrevido, ya en retirada, se mir\u00f3 la palma de la mano. Y vio como la l\u00ednea de la vida se acortaba en un juego siniestro.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>\u201cEl destino baraja, y nosotros jugamos\u201d. 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