140-El Reencuentro. Por José Ilhuicatzin
Me mantengo en lo dicho, es cierto, creo que eres absolutamente perfecto. Tu mirada es diferente a todas, tu sonrisa delata cierto misterio.
Me mantengo en lo dicho, es cierto, creo que eres absolutamente perfecto. Tu mirada es diferente a todas, tu sonrisa delata cierto misterio.
El ambiente era denso y sólo el cadencioso ascenso del humo del cigarrillo recién apagado en el cenizal trazaba con holgura una línea serpenteante en la penumbra de la habitación.
Quién se podía imaginar que lo iban a dejar después de veinte años y dos hijos en común; veinte años, que se dice pronto.
Carlos y Marta viven sobre un sofá de tres plazas, tan cercanos en distancia como alejados en pensamientos. Pasan las tardes, que a veces parecen días enteros, mirando hacia la misma ventana: un televisor cuyo rumor les sirve para evitar conversaciones, las suyas.
Todo mi cuerpo está en tensión. Mi piel se estremece como mecida por un suave soplo de inexistente viento, y mis sentidos perciben el peligro, una situación fuera de lo común incluso antes de poder verlo.
Cuentan que Fernando Robles llegó al Paraíso en pleno otoño, y quedó maravillado; había de todo; es decir: había todo lo que Fernando quería, incluido un guía personal para responder a sus preguntas y darle lo que deseara.