140-El Reencuentro. Por José Ilhuicatzin

Me mantengo en lo dicho, es cierto, creo que eres absolutamente perfecto. Tu mirada es diferente a todas, tu sonrisa delata cierto misterio. Y tu cuerpo…tu cuerpo es casi indescriptible. Tú lo sabes, no eres como ellos; no todavía y espero que nunca. No acostumbro dirigirles la palabra, aunque en ocasiones llegue a rozarlos; no frecuento conocerlos y mucho menos suelo pronunciar sus tan gastados nombres, pero contigo es distinto. Desde mucho antes que pensar en hablarte sabía que valía la pena el  intento. Me imagino que prefieres alguien con el cabello muy largo y las caderas pronunciadas. No pretendo competir, no tendría caso. Solo quiero hacerme oír, que me  conozcas y me pienses un poco. Permíteme ser insistente sin faltarte al respeto. Solo hasta que te pierda del todo, solo hasta que me olvide de ti. Es que ya estuve pensando como es posible que sueñe tanto a alguien con solo verle una vez. No tiene sentido, ninguna lógica ¿Será que yo también soy diferente?

Pero es que ésto siempre ha sido mi gran problema: pienso demasiado. No es que exista algún problema en el pensar, o no es que sea un grave problema el pensar, pensar mucho, pensar todo el tiempo y a todas horas; inundarme de pensamientos abstractos o muy concretos, dispersos, y siempre fuera de foco. Pero no, en éste caso y en éste preciso instante el pensar no es un problema, porque solamente estoy siendo estratégico, estoy siendo profundamente analítico; y además tampoco estoy fuera de foco ¿Porqué?, porque tengo muy a la vista mi objetivo: Nuestro encuentro. Si, es un reencuentro anhelado desde hace tantas noches, esas noches que me orillaste a pensar en ti, y después a pensar en mis manos rodeándote despacio, observando tus ojos rasgados, y tu nariz ¡Ah, si! tu nariz también es distinta: Afilada, recta, casi admirable; pero suda mucho. De pronto he observado que le recorren de manera constante una gota, y otra, y le siguen muchas más, y me recuerda tanto a esos prismas basálticos del pueblo mágico al que solía ir por lo menos dos veces al año con mis padres. Eran buenos tiempos. Recorríamos en una lentísima caminata todo el borde de aquellas rocas enormes que la historia había forjado de unas formas espléndidas, y ahí, de frente a la majestuosidad de la naturaleza y ante la pequeñez de mi finitud, podía soñar despierto durante horas, y pedirle al cielo un deseo que cobijo ansiosamente desde que tenía tal vez unos cinco o seis años: No quiero morir. Ese es mi deseo: No morir. Aunque bien podría pronunciarlo de otras muchas formas: Quiero ser eterno; quiero elevarme al cielo en carne y espíritu; quiero que alguien me salve de la sentencia de enterrarme bajo tierra o peor aún, de transformarme en cenizas. Si, que alguien me salve, puede ser Dios o un extraterrestre, pero que me salve uno de ellos.

Por ahora intento buscar la manera más conveniente de acercarme a ti. Estás tan cerca. En cinco pasos llegaría a ti, claro que tendrían que ser cinco pasos de una medida similar cada uno, aunque tal vez podría llegar en dos o tal vez tres largos pasos, y tendría que extender mi zancada para abarcar en tres pasos cinco metros. De cualquier forma ahí estás, no se a quien estés esperando, probablemente no estés esperando a nadie. Quizás te encuentres en una situación previsible: Caminabas por esta zona, buscando dar con el número de la calle para la entrevista de un trabajo del cual esperabas la llamada desde hace varios días; o a lo mejor tratabas de dar con la casa de un amigo que hacía mucho tiempo que no veías, y que te ha invitado a pasar el fin de semana en su casa, y antes de llegar a su encuentro has decidido detenerte un momento a admirar el espacio, éste maravilloso lugar que parece que fue obsesivamente planeado con la finalidad de saciar la exigente vista de la burguesía. Aunque tal vez su mirada no sea tan severa; tal vez sólo se confunden al creer que tienen un gusto refinado en demasía; después de todo, sólo son una serie de luces sistemáticamente acomodadas alrededor de los árboles que rodean la plaza; un violinista al centro a la espera de unas monedas que le alcancen para cubrir la cena de hoy; y tres locales de cafés con sus respectivas mesas pulcramente adornadas con un recipiente de vidrio al centro y una vela en su interior; aunque pensándolo bien, si recrean una atmosfera bohemia y casi romántica ¿O será que yo me siento burgués y mi vista ha sido seducida por la superficialidad de una belleza material, que nada tiene que ver con esos lugares que tanto me complacían en la universidad, en donde me bastaban una decena de cervezas para descubrirme como un ser en extremo risueño y divertido? De cualquier forma sigo tomando cerveza, aunque claro, en éste lugar cuesta por lo menos cuatro veces más de lo que podría costarme una trago sentado afuera de mi casa ¿Y qué hago yo aquí sino pavoneándome por consumir un dinero que ni tengo y tanta falta me hace? Aunque por lo menos yo tengo el pretexto de estar sentado aquí porque es uno de los lugares favoritos de la amiga a la que espero… ¿Será que ella también se siente burguesa? Si, también su trabajo la ha corrompido ¡Pero antes cómo nos divertíamos!, podíamos beber alcohol durante toda la tarde, quedarnos dormidos en algún momento de la madrugada y despertarnos a las siete de la mañana en punto para el examen de las ocho.

 

Pero es que no cabe duda que el tiempo no pasa en vano; y sobre todo los excesos del tiempo, porque no soportamos de la misma manera las desveladas, ni las resacas, y también nos afectan mucho más los desamores; será porque cada vez nos sentimos más viejos ¿Pero cómo podemos sentirnos casi moribundos cuando apenas tenemos veintiocho años? veintiocho años no son muchos; claro ¿comparados con qué?, comparados con doce años son demasiados, comparados con noventa parece que son prácticamente dos días de nacido. Pero si resentimos más los desamores, tal vez sea debido a la presión que se ejerce sobre nosotros, todo lo que nos vemos obligados a hacer para darles cuenta a los otros que ahora somos exitosos. Claro que me sentiría más exitoso si me atreviera de una vez por todas a acercarme, y decirte que desde aquella vez en la que se concretó nuestro primer encuentro, no he podido dejar de pensar en ti ni un solo día, aunque a la distancia tampoco hayan sido muchos.

Te has dejado crecer el cabello, recuerdo bien la última vez lo traías muy pegado a la cabeza; además traes los mismos zapatos, aunque esta vez te combinan mejor con tu playera azul marino, aunque puede ser que sea más bien de un azul índigo. Y tus pantalones tan ajustados que marcan la anchura de tus muslos de una forma maliciosamente provocadora. Y tu cuello ¡Qué fijación he de tener por esos cuellos altos, delgados, a los que se les notan claramente las venas al pasar saliva! Desde aquí alcanzo a ver con detalle tus manos, y tus dedos se observan tan calmados. Así que no, en definitiva no esperas a nadie; es eso, o eres en absoluto ansioso y en extremo paciente.

Dime: ¿A quién aguardas en tu cama por las noches? ¿A quién besas en tu cuarto a la sombra de una oscuridad sin luna? ¿A quién le haces el amor? ¿A quién dejas que te haga el amor?

Me imagino que tus besos serán profundos, de una fuerza casi inenarrable; irrumpen de pronto como dos olas dispuestas a tumbar a un niño que yace descuidado a la orilla del mar; y de pronto ese poderío en tus labios disminuye su furia, y se transforma en un delicado roce entre dos almas que se ajustan a la perfección. Y al tiempo que nuestras bocas danzan, alcanzo a percibir tu aroma que se impregna hasta el último rincón de mi cuerpo deseoso de tus manos inquietas. Y de pronto siento que en ese momento, que en ese preciso instante, nada me falta y nada me sobra, culmino con la felicidad con la que un poeta dictaría punto final a su obra maestra. Si, nuestro primer, entrañable y extraordinario beso; aquel que añoré tanto desde esa otra vez en la que me encontré detrás de ti haciendo fila para ingresar al metro. Confieso que no podía dejar de verte, sobre todo la parte baja que queda inmediata a tu espalda; la redondez exacta de tus caderas aprisionadas por un pantalón, que no hacía sino desbordar mis más oscuros deseos. De ahí me seguí al ancho de tus hombros, a tu cuello y a tus cabellos. De repente volteabas de reojo y yo aprovechaba para mirarte las pestañas, el marco de tus cejas y tu nariz que se inundaba de gotas y más gotas. Y pensaba yo: “Lo seguiré. Si, no me importa llegar tarde al trabajo; es más, no me importa el trabajo. Lo seguiré y después de un rato en el que piense cómo acercarme y qué decirle, le cerraré el paso sutilmente y le diré…” Bueno, comenzaba a pensar en qué decirte cuando de pronto me di cuenta que ya te había perdido. Te había extraviado en la multitud de pies que por esas horas colmaban el lugar; parecía incluso que la muchedumbre se esforzaba por no dejarme avanzar de prisa, por no dejarme buscarte. Estaban decididos a separarnos.

Más no lo lograrían, porque heme aquí, a un costado de ti, temblando, pensando, murmurando y con la vista más que fija: Esta vez no te irás. Sigue leyendo e imaginando cuentos infinitos; sigue negándome, sigue así, sigue siempre así. Habrás de comprender las sensaciones que me recubren el pecho cuando tenga el valor para ponerme en pie de un salto, acercarme y decirte:… ¡Pero es que todavía no se exactamente qué decirte! No puedo llegar así simplemente con un extraño al que sólo he visto una vez en mi vida, a decirle que lo amo ¡Sí, lo amo desesperadamente!…Pero no puedo decirle eso; se asustaría, saldría corriendo ¿Y si se enoja y comienza a insultarme? Si, eso también podría ocurrir ¿Qué tal que mantiene una fobia intolerable hacia aquellos, que como yo, depositamos nuestros sueños en quienes se asemejan a nuestro propio reflejo? He ahí otro gran problema, puesto que seguro, sería mas fácil acercarme a una chica sin el temor de que se enoje y me lance un golpe…pero eso también podría suceder, porque tal vez ahora me sienta seguro de acercarme a una mujer, toda vez que no me sentiría con estas ansias enormes por suponer un rechazo anticipado, en tanto detenerme a observar una chica e incluso abordarla, no me causa la menor vergüenza, porque no me causa el menor morbo. No lo sé, todo esto es tan confuso.

Y ahí sigues, con los músculos de tus brazos al aire, y con esa calma que sólo los dioses, tan seguros de sí, están tan empeñados en mostrar. Pero no me ves. Estás tan ensimismado en tus pensamientos, que te pierdes de todo lo que pueda suceder a tu alrededor. Si terminas de leer tu libro parece que no te importa; si un mesero se acerca a ofrecerte servicio, lo ignoras. Pero yo no soy ni un libro, ni un mesero, ni me parezco a cualquiera de ellos. Sí, desde hace tiempo me he empeñado a creer que soy lo suficientemente distinto como para que alguien, no importa quién, se enamore de mis labios. Me esfuerzo en pensar, que mi imagen puede suscitar innumerables batallas épicas entre cien hombres. Aunque para serte honesto tampoco son muchos; acaso uno o dos, o casi nadie…

Pero… ¿A dónde has ido? ¡No otra vez!… ¡Es que el tiempo no me ha suficiente!…

VN:R_N [1.9.22_1171]
Rating: 6.6/10 (11 votes cast)
140-El Reencuentro. Por José Ilhuicatzin, 6.6 out of 10 based on 11 ratings

2 comentarios

  1. HÓSKAR WILD

    Extraordinaria forma de narrar un deseo contenido. Si tan sólo intuyéramos las veces que esto ocurre a nuestro alrededor, puede que nos sorprendiéramos. Enhorabuena.

    VA:F [1.9.22_1171]
    Rating: 0.0/5 (0 votes cast)
  2. Una narración llena de deseo y de frustración escrita con verdadera pasión. Te felicito José

    VA:F [1.9.22_1171]
    Rating: 0.0/5 (0 votes cast)

Deja una respuesta