Nunca pude soportar a Joaquín. Su absurdo complejo de Edipo y la necesidad de ensalzar sus orígenes humildes me eran absolutamente incompatibles con su derechismo casi fascista, heredado de su simple madre de educación incompleta a la que nadie podía osar contradecir. Su inconsecuencia era contumaz; no cedía a ningún argumento histórico ni lógico y por alguna razón inescrutable, todos parecían perdonarle sus horrendas y conservadoras opiniones homofóbicas, xenofóbicas y fóbicas en general.
Creí que todo terminaría cuando se mudase a vivir al puerto, lo veríamos muy de vez en cuando y cada vez tendría que soportar menos sus antipáticos prejuicios. La semana pasada, sin embargo, tuvo la mala ocurrencia de morir de una neumonía sorpresiva y maligna que se lo llevó sin avisar. Se transformó instantáneamente en santo: sus juicios odiosos acerca del mundo pasaron al olvido y todo el mundo recuerda simplemente sus buenas cualidades… esas que yo nunca conocí.
Ahora debo vivir en el profundo silencio acerca de su persona, porque a mí no se me da bien la hipocresía siquiera para hablar bien de los muertos, como manda el decoro. Me consuelo pensando que yo sigo mientras que para él se acabó el viaje, pero no consigo aceptar que Joaquín me haya vencido para siempre en popularidad ni su manera demagógica de tener ahora para siempre jamás la razón.
124-De verdad que la muerte sienta bien. Por Avaloktesvara ,

La fuerza de este relato viene por su brevedad y por la ausencia de frases rebuscadas y adjetivos innecesarios. Mucha suerte.
Me gustó mucho, cuántas veces tenemos que callarnos al no compartir las cualidades que otros dicen ver en algunas personas. al igual que a hóskar, me gustó su brevedad.