Los últimos tres gramos de saliva desaparecieron anoche junto con mi reloj y algunas células de mi sombra…igual ya no los necesito. También respirar, que aún es algo necesario, es hoy más complicado; el aire no se salvó de la explosión ni de la posterior sobredosis. El techo, igual; las paredes, iguales; la ventana, entreabierta y mojada…supongo que llueve o llovió o estuvo por aquí llorando un pájaro gigante. Como un autómata, como antes, me levanto-camino-me ducho-como…entonces no puedo evitarlo y pienso, y siento y me desarmo. Salgo a la calle, a tus calles, que me acorralan casi sin malicia; me deslizo por los rincones como un ratoncillo asustado en un laberinto sin salida. Miro el humo. ¡No es verde! ¡No es verde!… aunque tiene el color del mercurio, de la peste de las pulgas, de las noches largas y malditas. Nieva aunque aquí no haya estaciones y recuerdo que nunca conociste la nieve, saco un par de fotos para mostrártelas algún no-día. ¿Qué estarás pensando? Me llevo a la boca un poco de nieve, para ver si reemplaza la saliva; sabe a tierra fría y a porcelana. La escupo. Te quiero. Mis pies están mojados. Duelen. Tú también. Camino despacio buscando fragmentos de tu sombra, perdidos quizá en las fisuras de las piedras, en el óxido de las fachadas, en un escalón irregular o en las letras de algún anuncio; pero no encuentro más que fantasmas soñolientos. Los saludo. Me ignoran. Sigo mi camino buscando, buscando…no puedes haber desaparecido tan totalmente… algún fragmento, por lo menos, debería ser la excepción a la regla. Sigo, debo seguir, si no los encuentro ahora probablemente se deshagan, cansados de esperarte. Bostezos, viento, bostezos, nudo, bostezos, sangre, susurros… Sí, alguien susurra mi nombre, el nombre secreto, el nuestro. Sonrío, cierro los ojos, recuerdo, intento casi en vano mantener el equilibrio, los abro, me acerco. Lo sabía, como antes, como siempre. Los recojo con cuidado y los envuelvo en mi camisa, lento, extendiendo los segundos. Miedo. ¿Y ahora? Doy un paso, otro, otro, me tiemblan las piernas, avanzo, tú me guías. El techo, igual; las paredes, iguales; la ventana, entreabierta y mojada. Reconstruyo los fragmentos con hilos de colores, con fibras de camisa y de nieve y de mi sombra; susurran confundidos, los miro, me confundo. Ya nada importa. Sábanas revueltas y una vela verde.
123-Fragmentos. Por Carrot,123-Fragmentos. Por Carrot
4 comentarios
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La verdad es que pierde mucho con ese formato sin separación en párrafos, lo cual es una pena porque es un muy bien relato que se hace imposible de leer.
Cuanto menos, original.
Suerte.
Lluvia sobre el empedrado. Calles con luz mortecina. Soledad en cada esquina. Bares que esperan con los brazos abiertos a los desencantados… Siempre existirán escenas así, fragmentos de lo que fuimos. Suerte.
Relato por demás surrealista, escrito de manera inusual pero efectiva. Suerte Carrot