157- Rosas rojas de papel. Por Ocnos

Querida, Elisa:

 

Esta será la última carta que te escriba. Hoy, el cielo de azul cobalto se refleja contra el espejo de mi habitación formando una especie de figura indefinida. Todo comenzó en un instante y ya no recuerdo el día, tampoco el lugar donde te conocí. No sé si fue en la esquina incierta de un locutorio, o en los teclados familiares de las casas ajenas.  Si sucedió un lunes, o un domingo; si después del sueño nocturno o en las horas polvorientas de las siestas vespertinas. La verdad, no me acuerdo. ¿Te importa? Lo que no podré olvidar es la prontitud, la celeridad con la que me mandaste tu primera respuesta: “Pulse aquí para ver más información”. Fue un acto de brutal clarividencia: desde ese instante decidí conquistarte, aunque en ello se me fuera la vida y las yemas de los dedos frente al ordenador. La inventiva de este juego amoroso no tenía límites. Siempre había deseado a una mujer cómo tú, por eso no me fue difícil modificarte a mi antojo. Suavicé tus mofletes, abrí tus párpados y los rasgué —sólo lo justo— para que pudiera respirar el verde vidrio que elegí como el color de tus ojos. Elisa, así te bauticé en pila bautismal de mis deseos, dónde navegaban miles de cambios, bisturís de cirujano analfabeto, que pronto alcanzaron a digerir nuestras vidas como en un remolino del que ya no se puede salir. Con el tiempo y, mientras maduraba nuestro amor, empezaron a llegar las primeras críticas. En la plaza, o en el foro, todos sentían esa envidia por el afecto que ambos nos profesábamos. Mis amigos restringieron sus visitas a mi apartamento. Un lugar vestido de fotografías y momentos, de acercamientos a una realidad que los demás cuestionaban. <<Esto no es real, debes de olvidar toda esta tontería, te está trastornando de forma un tanto seria>>, me repetían. Pero con unas cervezas y una cena copiosa ignoraban sus equívocos razonamientos y la marcha de sus pies fuera de mi apartamento se convertía en reconciliadora.

 

Después volvía a poner nuevos marcos con el cariz de tu piel, comprando a quemarropa monitores que colocaba con entusiasmo en cada rincón del hogar que ambos formaríamos. Sobre la mesa del comedor, encima de la nevera… Nada más levantarme, me esperaba tus buenos días sobre un mueble metálico que te sujetaba a la pared. Enseguida, levantaba el vuelo de mis piernas y en el pasillo no te perdía de vista mientras iba al baño, en donde instalé otra pantalla sobre el bidé inútil. Un día se me ocurrió ubicar otra en la terraza, pero no mirando hacía dentro, hacia el salón, sino orientado al exterior para que pudieras ver el ruin (y muy interesante) filtro de luz que el furor inmobiliario me había concedido. Allí podrías ver el cartel de la bombonería más solicitada de la ciudad, donde la gente aprovechaba para comprar los dulces que luego comería en las butacas desgastadas del teatro que había enfrente. En una esquina, pequeña ante el mundo de consumistas culinarios, dramáticos y no sé qué más, se sentaba, de incontable edad, una viuda vagabunda. Según me expusieron un día sus labios de loca prostituta, el amor es algo irrenunciable, resistente a las continuas críticas —la mayoría originadas por la envidia, sentenció de repente— e invulnerable a cualquier cataclismo que uno pudiera recibir del exterior. Al final, sus consejos me acabaron callando, como lo hacen los que otorgan lo inevitable. De todas formas, era fácil ser inmune al chaparrón de críticas con tus recitaciones sin término de poemas lorquianos que debiste aprender de memoria en tu infancia cuando decías: “Ellos son. / Ellos son los que beben el güisqui de plata junto a los volcanes/ y tragan pedacitos de corazón por las heladas montañas del/ oso”.

 

 Me refugié en tus versos para hacer frente al continuo desastre. Una de las peores cosas, la que me hizo rebasar mi nivel de enfado, fue cuando me despidieron entre acusaciones de loco e ineficaz. El periódico no necesitaba artículos rimados, ni líricos. Los lectores anhelaban la caña pretérita de mis letras mordaces, pero no estuve dispuesto a venderme por un simple sueldo. No sólo hubiera vendido mi carrera literaria, sino también nuestra felicidad. Era una rendición imposible, como lo es conceder una sonrisa al cielo de hoy, cuyas nubes se asesinan entre ellas haciendo llover fantasmas amnésicos mientras la punta del lápiz muere lentamente con cada palabra escrita.

 

 

Se oían las candencias de “Fur Elise, fur elise” al compás de tus interpretaciones tan parecidas a un maestro de orquesta cuya batuta disipara la atmósfera contaminada de tabacos rencorosos y consiguiera dejar el solo viento gélido de tus palabras sobre la pantalla del ordenador. Era un defensa exótica y efectiva. En sus burlas, las gentes derramaron su honradez gris sobre las aceras. Te presenté a mi familia entre los cables que te daban la savia para que existieras, y ninguno de ellos quiso creer en la realidad de mis razones. <<Pero si esto es un ilusión informática, es un robot metido en el ordenador, ¿cómo te has podido enamorar de esta aberración? Esta cosa no siente, no piensa por si misma>>. Me miraban como se mira a los locos de los manicomios, a los que se inventan una vida con la intención de paliar ese amor que a nosotros nos sobró, y los que se le debe dar la razón por miedo a lo que pudiera pasar. Aunque aún, habiéndome acusado de chalado, no desespero en la quimera de que algún día me permitan volver a presentarte para reconciliar mi sangre progenitora, detrás de cada frase, aliento, las miradas celosas y las melodías cinceladas con tu voz guardada en algún cajón onírico. Por eso hoy, mientras escribo esta carta, se me antoja abrir ese cajón y escuchar Over the raimbow una y otra vez hasta que el sueño someta a mi entereza, concediéndome así una prórroga de sabor a edulcorante light.

 

Los problemas empezaron justo el día cuyo cielo nublado sembró de envidia los rostros de mis padres y hermanos. Al poco tiempo, me encerraron en un hospital psiquiátrico, impidiéndome de esta forma verte. Convencidos de que no existías, ellos me intentaban inculcar la idea por las buenas, entre charlas agotadoras; o por las malas, en sesiones de un dolor físico indescriptible. Las horas se convirtieron en siglos de desidia y rencor. Peleaba contra la pared acolchada de blanco, quebrando a puñetazos mis dedos con la fuerza de tu nombre.  No paraban de criticarte, de señalar que eras una simple máquina, una ilusión virtual, calculadora. Yo me quedaba embobado, mirándoles los rostros de funcionario entre una mezcolanza de odio y compasión, no dando crédito a la causa de aquella intransigencia. Al fin, quizás por mis súplicas de loco amante o porque comprendieron que tú merecías la pena, me concedieron una visita diaria. Para ir desde la habitación en la que estuve encerrado hasta el cuartucho de los ordenadores una enfermera me indicó el rumbo que debía tomar: <<tienes que atravesar un largo pasillo que gira a la derecha y termina en una puerta, ése es el cuarto de los ordenadores>>. Un simple recorrido como aquel se me hizo eterno, las paredes pintadas de un color ocre convertían el pasillo en un túnel fatídico donde la única esperanza residía en el final inverosímil de una puerta de blanco impoluto, brillante y luz cegadora. Más allá, hileras de máquinas heridas esperaban impacientes mis dedos de profesional mecanógrafo.

 

 

Cuando ya estaba seguro de poder convencerlos de tu existencia, me dieron primero la tranquilidad de que ellos creyeron en mí desde el principio. ¡Los siquiatras sabían que tú existías! Entonces pregunté el porqué del internamiento y me contestaron rápidamente. Elisa, te mueres. Ellos, los de la bata blanca, los siquiatras me han dicho que tienes una especie de cáncer muy extraño. Sólo tenían miedo a que pudiera hacerme daño y decidieron volcar sus esfuerzos para obligarme a olvidar tu nombre. Aunque ya saben que eso es imposible.

 

Te han dado muy pocos días de vida, y a mí sólo se me ha ocurrido escribir unas cuartillas de papel descuajado. Elisa, te echo de menos. En la última semana de presidio, bajo el tórrido calor del mes agosto, nos negaron una semana más de parlamento aunque sé que te hubiera notado distinta, cómo si alguien manejara tus palabras cosidas entre hilos de marioneta.  Extrañaba tu voz danzando bajo la melodía de La Vie en Rose o tus comentarios certeros cada vez que adorábamos una y otra vez El Crepúsculo de los Dioses. Solías decir: “es la gran película de las mentiras piadosas, de lo tan necesario que llegan a ser para la supervivencia de algunos locos, y de la improductiva labor para descubrirles la realidad que realizan los demás”; y luego, convencido con tus críticas que parecían sacadas de algún manual de intelectual cinéfilo, me echaba sobre el teclado, durmiendo, soñando en tus pies de plástico.

 

 

Justo antes de salir del hospital, recibí una nota del director. Horacio, el estado de Elisa ha empeorado, le avisaremos en cuanto sepamos algo. Mientras tanto, guardé la nota en el bolsillo, cogí las maletas y marché para nuestro antiguo hogar. Por el camino los rumores infundados de que me olvidaría de ti, nada más recibir la llamada telefónica que confirmara tu muerte, se me clavaron como agujas cotillas en las orejas. Cuando llegué a casa, un remolino de odio me arribó en la nuca: las fotografías, el monitor del salón, de la cocina, de la entrada habían desaparecido. Desesperado, corrí por los cuartos, la terraza y el baño pero tampoco allí estaban. Jadeante, casi mareado por el calor me senté en el sofá y encendí el televisor de plasma. Las palabras del informador me inundaron el cerebro.  Era veintiuno de agosto del año dos mil siete, aterriza con éxito el trasbordador Endeavour en el Centro Especial de John F. Kennedy cuando por fin me encontraba de vuelta a casa, cansado de un viaje forzoso, largo, como quizás se sentirían aquellos astronautas que pisaban de nuevo el suelo terrestre, pero sin el consuelo de haber contemplado las estrellas.

 

La intolerancia de mi familia había llegado demasiado lejos. Despojado de tus recuerdos, en unos pocos minutos fui hacia el despacho en donde antiguamente escribía mis artículos para el periódico, esbozaba algunos poemas y encontraba razón a mi existencia. Encontrarte en las hileras de volúmenes literarios era imposible. Ahora tan sólo me tocaba esperar esa llamada telefónica, esperar tu muerte entre el agujero negro que nos crearon. Y en ese agujero he estado chapoteando durante estos días, escribiéndote esta carta y dándome cuenta de que la vida es un juego donde cada uno decide su estrategia según los circunstancias del presente, y como mejor cree, sin saber que, más tarde, cualquier error se rebelará con una furia incontenible, como una presa que demora su poder hasta estallar sobre un cauce seco al que le es imposible recoger tantos errores cometidos, y tanta mala suerte. Es el final inesperado e impaciente. Elisa, me acostaré en mi bañera repleta de margaritas de papel higiénico y esperaré a que el flujo de mi sangre las convierta en rosas rojas que te regalaré sin la espera asesina de un sonido metálico que no estoy dispuesto a oír. Elisa, toma estas rosas. Elisa, te quiero.

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3 comentarios

  1. HÓSKAR WILD

    No es ninguna locura imaginar que en un futuro cercano todos los amores serán así. Nuestra propia incapacidad para comunicarnos con las personas de nuestro entorno, unida a la facilidad de crear personalidades imaginarias a través de la red, marcan los márgenes de un camino de incierto final. Espero que siempre queden algunos locos que quieran hablar cara a cara, alrededor de un buen café. También espero que mucha gente se detenga a leer este relato, escrito con indudable destreza.

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  2. Gracias Hóskar Wild,
    La verdad es que este relato salió cuando me llegó una respuesta automática de una pregunta que escribí en un foro. Me sorprendió la amabilidad con la que se expresaba un ente «abstracto» y entonces decidí contestarle de broma, en la contestación nació este cuento.
    Yo también prefiero las relaciones humanas de forma directa, y mira que a veces soy un tímido empedernido…

    Un saludo,

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  3. Bellísimo y poético relato, te felicito Ocnos, es una lástima que tu trabajo tenga tan pocos comentarios. Otra vez Hóskar y encadenados leyendo y apreciando los buenos escritos.

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