158-Malditos Perros. Por Erebus

DESCALIFICADO para el premio del público.

Cindy despertó presa del terror. Una pesadilla artera, vívida y pavorosa la trajo de vuelta desde el mundo de los sueños a la realidad de la pobreza. Miguel, su pareja, la quedó mirando estupefacto. Cindy, en esa silenciosa y serena noche adornada con estrellas mortecinas, taladraba absorta las cornisas de los históricos edificios de la Plaza de Armas y ni siquiera oía a Miguel preguntarle qué estaba pasando…

 

– Cindy, Cindy. Háblame ¿Qué ocurre?

– ¿Cómo? ¿Qué? ¿Dónde estoy?

– Estás aquí conmigo. Tranquila. Ya pasó. Fue sólo una pesadilla.

– No lo sé. Fue tan real, casi como una premonición. Había detonaciones por doquier, botas trepidantes y fusiles en ristre. Un hombre escapaba por las calles vacías de la ciudad.  Unas sombras lo perseguían, lo rodeaban y lo golpeaban sin cesar. El hombre que tenía la cara moreteada, la boca sin dientes y escupía chorros de sangre, gritaba con desesperación: “no me maten, tengo familia”, pero las sombras no atendían sus lamentos, simplemente lo arrojaron al suelo y…

– Calma, calma, estás aquí conmigo. Fue sólo un mal sueño. Vuelve a dormir.

– No, no puedo y no quiero ver ese cuadro otra vez.

-Pero Cindy.

 

Cindy y Miguel son dos vagabundos que se han hecho una pequeña casa con cartones en una de las esquinas de la Plaza de Armas. Por las noches gélidas, se cubren con unas frazadas viejas que han sido acribilladas por el inexorable paso del tiempo. Cuando tienen menos fortuna, utilizan diarios amarillentos con noticias aciagas que pronostican que los Cuatro Jinetes del Apocalipsis recorrerán las aceras de esa gran ciudad incendiado la urbe con las antorchas del caos. Pero ellos, no creen en esas exageraciones de la prensa. Tienen necesidades urgentes que no se encuentran delineadas en las columnas de esos periódicos, ¿Acaso esas hojas amarillentas les hablan de su hambre? Sí, esa hambre que día a día se les enreda en las tripas y no los deja pensar. A veces, algunos transeúntes misericordiosos, impactados por los rostros cadavéricos de estos mendigos, les lanzan mendrugos de pan o les traen un gran tazón metálico con agua, del que los vagabundos, sorbetean acelerados, nerviosos, paranoicos, como si alguien estuviera agazapado en las sombras, esperando la oportunidad precisa para castigar a Miguel y Cindy por el sólo hecho de su condición de indigentes. Y no dejan de tener razón. En muchas oportunidades, una pandilla de jóvenes rebeldes, los muelen a palos o les destruyen la mísera construcción que les sirve de improvisada y accidental vivienda. Otras veces, los queman con cigarrillos, mientras celebran estos crímenes con sonoras carcajadas. Pero los vagabundos ya están acostumbrados y se han curtido en estos sufrimientos gratuitos e inexplicables. Los mendigos, conocen la manera de prevenir estos ataques. Miguel es el encargado de hacer una guardia ineludible y cuando observa a los desadaptados acercarse, grita la señal convenida y Rodrigo, otro vagabundo del sector, llega con una pandilla de indigentes y expulsa a los vándalos.

 

Rodrigo se ha transformado en el protector de Miguel y Cindy. Este viejo vagabundo suele recorrer las calles aledañas buscando “opciones de alimentación” que comparte con la pareja. Rodrigo los espera siempre en la misma esquina. Si su rostro denota nerviosismo, trae malos mensajes. Pero si, por el contrario, una sonrisa encandila su cara las noticias son buenas, muy buenas.  Y hoy el mendigo se ha calzado la mejor de las sonrisas. El enjuto vagabundo ha escuchado sobre una oportunidad única. En el centro de la ciudad, cerca de la Casa de Gobierno, un supermercado ha desechado alimentos vencidos. Tienen poco tiempo. “Si no nos apuramos, el camión de la basura se llevará esa comida lejos, muy lejos”. Rodrigo nota algo extraño en la cara de Cindy, que no irradia la felicidad de otras jornadas.

 

          Cindy, ¿qué pasa? te veo pálida.

          No es nada, tuve una pesadilla. Fue terrible.

          Vamos, mujer, deja de pensar en eso, tendremos un festín soñado que te hará olvidar esa pesadilla. Regálame una sonrisa.

          Gracias Rodrigo.

 

Pero ese día, los miedos de Cindy no parecen un delirio inexplicable, el ambiente realmente expele una fragancia extraña. Otras jornadas, a esa misma hora de la madrugada, ya se ven a las primeras almas traspasar la bruma matinal y dirigirse a sus respectivos trabajos. Pero hoy, ni siquiera se adivinan las sombras lejanas, ni los ruidos de los motores de los autos, ni mucho menos el silbido que anuncia que los basureros están recolectando los tachos de los desperdicios Hoy sólo se observan las bolsas de basura  apretujarse unas contra otras buscando un calor pasajero. Más allá en una pared  se lee un rayado político, una amenaza abierta a la insurrección. Pero Cindy, Miguel y Rodrigo continúan su camino sin musitar palabras. Que saben ellos de política, de amenazas, y de juegos electorales. ¿Acaso esas monsergas están dirigidos a ellos? De ninguna manera, a los vagabundos sólo les interesa ganarle la partida a los basureros invisibles y llegar pronto a ese Jardín del Edén de la comida descompuesta, hurgar entre la basura y encontrar esas latas de conservas de las que sólo puede lamerse escaras de aceite o almíbar, o esos productos lácteos de textura viscosa y sabor ácido que pueden maquillar el hambre brevemente.

 

 El silencio entonces se quiebra. Se escuchan los zapatos de un hombre repicar en el pavimento. El hombre está escapando de un enemigo espectral. Las sirenas de la policía ululan amenazantes y anuncian que se están acercando.  Las veloces botas de sus perseguidores parecen homenajear a Mercurio. El hombre no tiene escapatoria.  Las sombras de la muerte aparecen por todos lados. El hombre está solo en su tragedia. Sabe que nadie atenderá a sus gritos y que esos uniformes bípedos pronto lo rodearán. El perseguido tiene una única salida,  debe llegar al callejón que conduce al Parque Municipal, lugar donde fácilmente podrá perderse entre la tupida foresta y liberarse del terror y la muerte.

 

Los vagabundos se encuentran cara a cara con el hombre y, presos del pavor, cambian su trayecto y prefieren esconderse detrás de unos basureros, cubrirse con cartones y mirar expectantes. Dos sombras, un teniente y un conscripto,  han logrado cazar al hombre y lo empujan  al suelo. Los golpes le caen a la víctima por todos lados, sean de puños, de culatas o de puntapiés.  El hombre se queja y grita, se retuerce y clama por piedad; como un último recurso, les explica a los uniformados que tiene familia y que no ha hecho nada malo. Las sombras son sordas a sus lamentos.

 

El oficial le espeta al conscripto que cumpla con su deber. Pero el joven tembloroso, no puede apuntar a la cabeza del hombre, que, arrodillado, mira a los vagabundos esconderse bajo los cartones.

 

          ¡Qué espera Pérez!, Dispare. Mate a este subversivo. ¡Es una orden! ¡Ejecútelo!

          Pero, teniente, es sólo un hombre…

           No me venga con esas estupideces, Pérez. Cumpla la orden, Si no lo hace, no dude que yo ejecutaré  a este desgraciado  y además lo pondré al lado de este terrorista y los mataré a los dos. Dispárele ¡Carajo!

 

Pérez hala el gatillo y una detonación sorda traspasa la nuca del hombre. Sin embargo, la bala no está satisfecha y necesita llenarse la boca con más sangre. El hambriento proyectil sigue su mortal vuelo y se incrusta en el pómulo de Rodrigo. El vagabundo no alcanza a quejarse y se desploma en el suelo inerte. Cindy y Miguel se miran estupefactos.

 

Miguel observa a su amigo muerto, y comprende que este absurdo crimen no debe quedar impune. El vagabundo emerge de los cartones y da un salto sobrenatural contra el teniente. Cindy le grita, que se detenga, que no vale la pena morir. Pero Miguel, obnubilado por la venganza, no escucha, enseña sus colmillos y muerde al oficial en la mano.

 

          Arghhhh. ¡Demonios! ¡Me mordió! ¡Este perro me mordió! ¿Quieres ser héroe, maldito perro? Pues, te vas al infierno, animal desgraciado.

 

Sólo necesita un disparo que desciende como un rayo y aniquila al héroe anónimo. Cindy mira desde lo lejos y se acurruca entre los cartones. Sus ojos negros se cruzan con la mirada demente del oficial, que vuelve a cargar el revolver y la apunta. Las balas escapan: una, dos, tres, cuatro… Cindy no siente nada, simplemente deja que el metal premonitorio la libere, la eleve a otra dimensión sin uniformes, ni subversivos; sin asesinos, ni muertes…

 

          Malditos perros, se creyeron terroristas y ahora están bien muertos. Pérez, llama al cuartel, di que la situación está controlada y que envíen una patrulla de inmediato. Pérez, ¿Qué demonios está esperando? Es una orden…

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43 comentarios

  1. Pues yo pensaba que al certamen se acudía con seudónimo precisamente para no saber quién es el autor de cada relato y que el público votase imparcialmente, y que eso entraba dentro de las normas.
    Pero a lo mejor es que sólo soy un pobre demonio y los fuegos del infierno me han derretido las neuronas.

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  2. AZRAEL: SE SUPONE QUE SE ACUDE CON UN SEUDÓNIMO, PERO YA VES QUE EN MUCHOS CASOS HASTA DE MAMÁ O DE AMIGA SE REFIEREN LOS LECTORES A ALGUNOS AUTORES.

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  3. excelente cuento me dejo perplejo la situacion final.

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