65-Silencio. Por Satine

Katja siempre ha tenido muchas preguntas. Desde pequeña ha querido siempre saber el qué, cómo, cuándo, dónde y por qué de todo lo que la rodeaba. No es que ahora sea muy mayor, cuando apenas acaba de cumplir unos quince mal celebrados que ya le pesan como toda una vida inmortal a sus espaldas. Pero volvamos a lo importante.

Se pasó desde que aprendió a hablar hasta los siete años pidiendo explicaciones de todo y a todos. Luego aprendió a callarse para evitar los moretones escondidos y los golpes que nunca veía venir ni podía evitar. Después se dio cuenta de que, a veces, era mejor saber poco. Por su propio bien. Era mejor no saber dónde se escondía su padre cuando aquellos hombres armados aparecían en la puerta preguntando por él, en mitad de la madrugada, ni tampoco quién era el señor desaliñado, pálido y gordo que se llevaba a su madre y la devolvía al cabo de un par de semanas con los ojos rojos y las manos temblorosas. Ahora, Katja vuelve a querer saber y muchas veces lo consigue, pero no comprende.

No sabe leer, en cambio. Su hermano era el único de la familia que podría haberle enseñado, pero una noche cualquiera, cuando ella tenía cinco años, salió a la taberna, y encontraron su cuerpo congelado en mitad del camino a la mañana siguiente. Tenía un tiro entre los ojos y los bolsillos llenos de deudas escondidas.

Katja siempre ha tenido dudas que no se ha atrevido a consultar. No sabe por qué tiene que ser ella y no su padre (que se pasa la vida zascandileando sin hacer nada) quien se encargue de mantener la casa decente y la comida en la mesa, y de cuidar a su hermanito pequeño (al que papá llama bastardo a gritos cuando se pone a llorar, aunque ella tampoco sabe qué significa esa palabra), así como tampoco sabe por qué Andrej dejó de visitarla y ahora siempre le vuelve la cara cuando se cruzan. Le echa de menos, pero (y esto que lo sabe) no se lo dirá, porque el orgullo herido duele.

Otra cosa que sabe, pero de lo que no siempre es consciente, es que es guapa. El pelo rojo se le ondula cerca de las puntas y tiene los ojos grises y brillantes, sus mejillas están de continuo encendidas por el trabajo y su piel, aunque a veces manchada de tiznado negro, es blanca y con pecas. Su figura es esbelta y no hay un gramo en su fino cuerpo que no sea músculo fruto de puro ajetreo. Pero, aun así, Andrej dejó de acercarse a ella, así que, ¿qué más le da?

Ahora mismo la rodean docenas de cosas que no comprende, pero tiene muy claro que, de no ser por su físico, no estaría donde está. No la habrían aceptado si no fuese guapa. Ha sido eso lo que la ha sacado de su hogar para llevarla a otro mundo completamente distinto.

En él, aparte de ver cosas extrañas y que no puede explicarse, ha aprendido algunas que la ayudan en el día a día. Quizás tampoco entienda la mayoría, pero sabe que si las hace no hay problemas, y ella sigue lejos de la casa llena de miseria en la que estuvo hasta hace unas semanas, y no hay más golpes.

Las chicas que viven con ella tienen casi todas su misma edad, quizás un poco mayores o más pequeñas, pero las únicas personas que superan los veinte son Dedos y la rubia (y los llama así porque al primero le faltan tres en la mano izquierda, y de la segunda es lo único que sabe, porque no hablan), que aparecen casi todos los días, si no uno el otro, para controlarlas y decirles lo que tienen que hacer, o llevarles cosas.

Las chicas no se hacen preguntas como ella, o por lo menos no las comparten, aunque tampoco sería sencillo, porque no hay dos que hablen el mismo idioma ni se parezcan. Solamente callan y se miran los zapatos, sumisas y apagadas.  Las hay castañas, rubias, morenas y pelirrojas como ella, más altas o más bajas, todas delgadas y de buena figura (unas más que otras), y a todas, ella incluida, las visten de forma parecida: las faldas, cortas, las camisetas, escasas, la ropa interior, de encaje (las que la llevan), y los zapatos, incómodos y con mucho tacón. Cuando hizo frío, si tenían que salir, les dieron botas, también muy altas y bastante feas, pero nadie rechistó.

Por lo general es la rubia quien las viste y maquilla, y Dedos quien las maneja. Las deja en casa, las baja al club o las saca a la calle y las aposta más o menos por la misma zona, a las afueras del parque. Y Katja sólo tiene que sonreír, llevar la ropa que le dan y no decir nada que no sea la única palabra que le han enseñado: Cien. Se la dice a aquéllos que paran sus coches a su lado o la agarran mientras baila o sirve mesas en el club, aún con menos ropa.

Y luego todo viene a ser casi siempre lo mismo. Le enseñó Masha antes de desaparecer, la única que hablaba un poco de su idioma. Dejarse acariciar, seguir sonriendo, dejarse desnudar y seguir sonriendo, tocar y ser tocada, gemir en los momentos precisos, moverse, seguir un ritmo. Y, sobre todo, no hablar, no quejarse, no poner malas caras. Una hora después, ella vuelve a estar en la calle y tiene cien en el bolso. A veces le hacen fotos y hubo un tipo que incluso grabó lo que hicieron en vídeo. A ella le da igual mientras le paguen.

No sabe qué juego es ni tampoco sabía que tendría que participar cuando la sacaron de su casa. Nadie le explicó las reglas al subirse al barco o al tren de después. No tiene ni idea de en qué país está, pero sabe que hay coches en las calles, que no nieva, que no tiene que ocuparse de una casa ni esquivar a un padre borracho. Ni siquiera sabe cómo se llama lo que hace todas las noches con esos hombres (aunque sospecha que es aquello que Padre no quería que hiciera con Andrej cuando los dos desaparecían un par de horas para dar un paseo por el bosque). Sólo ve que ha salido de una cárcel para meterse en otra, porque, aunque no se lo cuente nadie, es capaz de imaginar lo que les pasa a sus compañeras cuando replican a Dedos y éste se las lleva enfurecido para no volverlas a traer.

Por la mañana, todas vuelven a casa y duermen tiradas por el suelo de un piso que no tiene muebles. Suelen volver todas, pero a veces no es así. Cuando se dan cuenta, la habitación cambia un silencio sumiso por otro de pena. Algunas lloran la inocencia perdida en lágrimas de sal que escuecen en las heridas, luchando por no soltar un sollozo más alto que otro y escondiendo la cara hacia la pared para que no las vean. Otras aprietan la mandíbula con rabia contenida, jurando por dentro en trece lenguas distintas, y se mantienen muy quietas en su sitio, sin poder dormir.

Pero todas callan y se siguen mirando los zapatos.

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3 comentarios

  1. Cruel realidad en este amargo relato. Bien narrado y que emociona. Suerte.

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  2. Muy buen relato Satine, aunque parece cuento de hadas comparado con lo que debe suceder en la realidad. te felicito

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  3. HÓSKAR WILD

    Durísimo relato que muestra una realidad más dura aun. Hay que escribir sobre estas personas y, a mi modo de ver, la mejor forma de hacerlo es como lo has hecho tú: sin concesiones al melodrama fácil; poniéndose en la piel de esas mujeres cruelmente explotadas. Felicidades por la historia; gracias por tu sensibilidad. Mucha suerte.

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