Thomas Paddock, se apresuró a desenterrar el ídolo de plata. Pletórico, sumergía sus manos impacientes en la tierra húmeda que cubría su hallazgo. Mientras, Roberto, el guía peruano de Paddock, contemplaba la escena con ojos tristes. Tras una larga búsqueda, el archiconocido cazatesoros británico, se encontraba ante la reliquia más importante de su carrera. Una pieza única, tal vez la reliquia definitiva de la civilización inca.
Paddock desplegó en el suelo el pañuelo que solía utilizar para guardar sus tesoros.
―Es maravilloso…maravilloso ―Se decía, mientras sostenía una figura esculpida en plata maciza coronada con rubíes de diferentes tamaños.
Cuando se disponía a guardarla, Roberto puso su pie moreno bruscamente sobre el pañuelo tendido y le dijo:
―Aguarde un momento Sr. Paddock, es importante.
La vocación de Thomas Paddock por la arqueología fue muy temprana. Siguiendo la estela de su padre, un eminente arqueólogo escocés, Paddock pasó su infancia rodeado de libros de historia y reliquias antiguas. Años más tarde empezó su andadura en solitario por diferentes lugares del mundo. Sus múltiples hallazgos lo acabaron consolidando como un referente académico en muchos departamentos de historia precolombina. En una ocasión, el destino lo llevó a realizar una expedición por tierras africanas. Allí Paddock dio con su tesoro más preciado, una joven estudiante francesa que pronto se convertiría en su mujer.
Fue durante la preparación de uno de sus proyectos más ansiados, una expedición a la tierra de los Incas, cuando su mujer le dio a conocer su embarazo. A sus 40 años Paddock iba a ser padre. Por esa razón, y tras haberlo meditado un tiempo, Paddock decidió que el viaje a Perú sería el último que haría; al menos, en mucho tiempo. Lo primero que hizo cuando su avión aterrizó en Lima, fue asegurarse de que quién lo condujera por esas tierras debía ser el mejor guía. Fue entonces cuando le presentaron a Roberto, un joven nativo peruano excelente conocedor de las tierras y tradiciones del país. Mientras cruzaba la selva peruana tras los pasos de su guía, Paddock deseó más que nunca encontrar la reliquia que había venido a buscar. El hallazgo ―pensó― lo llenaría de gloria y lo haría un digno merecedor del puesto de docente que le esperaba a su regreso en la universidad de Oxford.
Pero, ¿qué le ocurría a Roberto? Ahora su joven guía se mantenía erguido frente a él. Después de catorce días atravesando parte de la densa selva amazónica, explorador y guía se hallaban en el lugar indicado. Lugar donde finalmente encontraron su tesoro.
―¿Qué ocurre Roberto? ―La euforia iba dejando paso a una creciente inquietud en el corazón de Paddock.
―Es usted un hombre honrado Sr. Paddock, lo veo en sus ojos ―contestó Roberto. ―Creo que antes de que destierre para siempre a la diosa Pacha de su lugar natural, debería saber algo más acerca de su pequeño hallazgo. Verá…existe una maldición.
―¡Roberto! ―Paddock lo miró con condescendencia.
―Si crees que soy un buen hombre entonces sabrás que no haría nada que ofendiera tus creencias. A lo largo de mi vida he desenterrado muchas reliquias y junto a ellas muchas supersticiones. Sin embargo, jamás me ha ocurrido nada. Se trata sólo de leyendas generadas por hombres como tú y como yo, que creían en los poderes de los dioses de su tradición.
Roberto profundamente decepcionado renegó con la cabeza y después miró al cielo.
―¡No lo entiende Sr. Paddock! ¡No me ha comprendido! La maldición no va dirigida hacia usted, sino hacia mi pueblo ―Y Roberto continuó hablando ―Soy heredero de una remota tradición. Hace miles de años mis antepasados tallaron con el metal más precioso que poseían la figura que ahora usted sostiene con sus manos, y la adornaron con piedras preciosas. Pacha era la diosa de la fertilidad y por eso la enterraron en el que era el centro exacto de nuestra provincia. Gracias a ello, todas las tierras que nos rodean son igualmente fértiles y abundantes en alimentos. Pero también recibimos de la diosa seguridad. Nos hacemos fuertes porque sabemos que ella está velando por nosotros y nos sentimos afortunados por ello.
―Si se llevara de aquí su reliquia tal vez la tierra dejaría de ser generosa con nosotros. Lo peor es que nuestro pueblo también perdería sus pilares, sus fundamentos y la fe en sí mismo― y añadió ―Ambos sabemos Sr. Paddock que no será su Dios el que venga a velar por nuestro bienestar, si usted se lleva nuestro tesoro.
Cuando Roberto acabó de hablar, Paddock lo miró realmente conmovido. Un sosiego, jamás sentido anteriormente, penetró en su alma. Después, con mucho cuidado, devolvió la reliquia al lugar de donde procedía y la volvió a enterrar con la misma tierra húmeda que antes había escarbado. Recogió su pañuelo, lo guardó y le pidió a su guía que lo llevara de vuelta al hotel. Cuando Paddock más tarde llamó a su mujer y ella le preguntó si había encontrado su tesoro, él respondió con una afirmación tierna y le prometió que muy pronto volvería a casa.
70-Pilares. Por Oropéndola,

Precioso relato. Nos muestra que la calidad personal puede existir.
Suerte.
Es difícil encontrar un relato de este tipo, de aventuras, de Indiana Jones reciclado y de guía comprometido. Fluido y de fácil lectura. Gracias por compartirlo y suerte.
Hermoso relato con un dejo de ternura. Te felicito Oropéndola