31 años y nunca se había planteado ir a visitar lo más valioso de esa Córdoba sultana donde vivía, La Mezquita.
Era una mañana de lunes, brillaba el sol con fuerza pero sin azotar la piel. Un día típico primaveral… solecito, gente en las terrazas,… cogió el móvil y llamó a su marido para comentarle que iba a dar un paseo y aprovechar para ir de compras por el centro, si quería que le comprara algo. Una vez acabada la conversación, dejó preparada la comida para no andar con prisas a su regreso. Se duchó y vistió con prendas que le rejuvenecían. Estaba alegre, iba a salir e intentar desconectar un poco de su mala suerte laboral pues le habían despedido recientemente debido a la crisis.
– Debo dejar de fumar – se dijo- nada más salir del portal, cogió cigarrillo con ansia. Se dirigía a cruzar la avenida cuando se le acercó un joven.
– Perdona, ¿me podrías indicar dónde queda Los Jardines del Alcázar?
– Sí, claro – le dijo con una sonrisa amable. Una vez dado las instrucciones concluyó diciéndole que ella iba para La Mezquita, que podía guiarle mejor, porque estaban cerca ya. Él, con una sonrisa le correspondió y marcharon juntos.
– ¿Eres de aquí? – le dijo Antonio, que así se llamaba el muchacho.
– No, soy de Bilbao aunque llevo viviendo casi toda la vida aquí.
– ¡No me lo puedo creer! – Dijo con verdadera cara de asombro – Yo soy de Sevilla y ya la he visto tres veces, me conozco todos los rincones e historias y eso que ya sabes lo que se comenta de los sevillanos y los cordobeses… (Risas de ambos). Me encanta, soy historiador y nunca me canso de verla. Iba a pasear por el Alcázar, como te he comentado antes, pero si quieres, te hago de guía porque visitarla sin saber sus historias… es un sacrilegio.
Ella, un poco dubitativa, se pensó unos segundos la respuesta, pero finalmente accedió. No sé, le trasmitía buenas vibraciones.
Le gustaba estar con ese extraño. Le observaba cómo disfrutaba por cada rincón que analizaba del monumento.
– Por cierto, ¿cómo te llamas?, que no te he preguntado – le dijo el joven.
– Lucía.
– Es un nombre bonito, siempre me recuerda a la canción. Oye, ¿te está gustando la visita guiada? Mira que si quieres te detallo menos…
– No, no. Me encanta, no sabía que tenía tanta historia.
Terminaron el recorrido y se sentaron en el patio de los naranjos. Se respiraba ese olor tan característico de la primavera en Córdoba… un olor al azahar de los naranjos inundaba el patio. Lucía estaba absorta, mirándole mientras él hablaba y hablaba… y pensaba en ese momento que qué hacía conversando con un extraño y sintiéndose tan a gusto.
Llegó la hora de irse, Antonio había quedado para almorzar con unos amigos que conocía en la ciudad y Lucía aprovechó para irse también, quería estar para cuando llegara su marido a la hora de la comida.
– Bueno Lucía, ha sido todo un placer. Debo decirte una cosa antes de irme. No sé si te volveré a ver más… quiero ser sincero y comentarte que no iba para el Alcázar. Te pregunté si me podías indicar dónde estaba pero sólo por hablar contigo. Ni yo me lo explico (sonrojándose), pero te vi, y no me pude resistir, fue un impulso. No quiero que pienses que estoy loco o algo por el estilo, sé que estas cosas no pasan…
Lucía se quedó fría.
– ¡Vaya!, me has dejado sin palabras Antonio, y ¿qué te digo yo ahora? Sólo se me ocurre decirte que me siento muy halagada.
Era una situación algo tensa, se impuso el silencio. Al final, ella le acercó su mano y le dijo – Ha sido todo un placer disfrutar de tu compañía. Él le correspondió acercándole la suya. – Hasta otra, Lucía… y ella le completó – …Arritxale
– Pues hasta otra, Lucía Arritxale, apellido vasco ¿eh?, (sonrisa) el placer ha sido todo mío.
Le faltó tiempo para llamar a su amiga Silvia y contarle el acontecimiento surrealista que acababa de vivir. Su amiga, más prudente que ella, le echó la reprimenda: que qué era eso de andar con un extraño por la calle… pero Lucía ni le escuchaba. Le había gustado tanto que una persona desconocida se hubiera fijado en ella y se hubiera inventado una excusa para entablar conversación…
Pasaron un par de meses, cuando Lucía mirando sus documentos en el portátil, un mensaje de correo electrónico sonó. No sin salir de su asombro, un tal Antonio Berrade solicitaba aceptación como amigo en la red de facebook. – ¿será él? Se preguntó nerviosa. Leyendo el mensaje no tuvo duda…
“Guiados por el destino, nos encontramos en una densa neblina de olor a azahar”
Le agregó, no se lo pensó dos veces.
Al cabo de los días, se decidió a ponerle un mensaje personal en su perfil…
“… y la neblina me sedujo y embriagó de su dulzor”
¿Pero qué estaba haciendo? – Se pensó – , ¡tengo marido!, ¿es que no le quiero? Pensaba que estaba enamorada de él, pero entonces, ¿por qué me atrae Antonio? No sé adonde me llevará esta historia, pero no puedo pararla…
Los meses siguientes, se mensajearon a diario pero las letras no bastaban y se dieron sus móviles. Lucía andaba siempre a escondidas de su pareja para que no descubriera su gran secreto. Esperaba ansiosa buscar un hueco de intimidad para poder hablar con él, sentirse deseada. Era casi una obsesión para ella.
Antonio solía viajar mucho a Córdoba, tenía familiares y amigos y la cercanía se lo permitía. En una de las visitas se citaron nuevamente. Ella arguyó una mentira a su marido para escaparse todo un día… y era poco para estar con él.
El encuentro fue raro pero intenso. De la mano del hasta pronto último, al reencuentro con abrazo, que siguió la caricia por su cuello y mejilla, se besaron intensamente.
– qué estoy haciendo- pensaba Lucía, esta ciudad es muy pequeña, aquí todos conocemos al amigo del amigo, al primo del amigo… ¿y si alguien me ve? Antonio, vayámonos a tu hotel, aquí no me encuentro tranquila.
– He estado con mi amigo Pedro y tenía que volver a quedar hoy, pero… ¿como rechazar la mejor proposición que me han hecho en toda la vida? (rieron ambos).
Querían tocarse, tenerse, invadir sus cuerpos… lo hicieron intensamente. Siempre es distinto el hacerlo por primera vez con una persona, una pasión que sobreviene los cuerpos, que los enciende hasta la extenuidad.
Lucía llamó a su marido para decirle que saldría con su amiga Silvia esa noche y que si terminaban tarde, se quedaba a dormir en su casa, que no se preocupara. A veces lo había hecho, por lo que su marido sólo le dijo que se lo pasara bien, que le vendría bien salir algo porque últimamente la notaba distante y rara. No era una persona posesiva y confiaba en Lucía, siempre lo había hecho y ella lo había correspondido… hasta ahora.
Hicieron el amor toda la noche, eran como dos colegiales descubriéndose. A la mañana siguiente, Antonio se levantó temprano pues había quedado para cerrar un trabajo de guía turístico. Estando en la ducha, su móvil sonó. Lucía vio que era un mensaje, estaba en la mesita de noche. Cogió el móvil y justo sonó un toque “Bego llamando” ponía. Duró unos instantes, era un aviso. ¿Sería ella la del mensaje? Se pensó, y con una angustia e impulsivamente, se dispuso a leerlo.
Sí, era de una tal Bego, le costó entenderlo, tenía muchas acotaciones, en él ponía que le deseaba una y otra vez, que sus sábanas aún guardaban su olor a sexo. Siguió mirando en mensajes anteriores de más mujeres: Anita, Pau,…, a cada cuál más erótico. Su mundo se derrumbó, comenzó a llorar. Llamaron a la puerta, era el servicio entregándole la bandeja con el desayuno. Lo despachó rápido. Se sentía engañada. Intentó recomponerse para que no se diera cuenta.
Antonio salió fresco y sonriente de la ducha. Se acercó dulcemente a Lucía para darle un beso y decirle que estaba muy ilusionado con la entrevista de trabajo, así podrían verse más asiduamente. Fue escuchar esa sentencia, y Lucía cogió rápidamente el cuchillo de la bandeja y se lo clavó con furia en el pecho. La sangre empezó a brotar… asustada, se desprendió del cuerpo, dejándolo inerte, boca abajo en el colchón. Sonó nuevamente el móvil, pero esta vez no era un toque, llamaba Begoña… lo descolgó y se quedó callada escuchando:
– ¿Pedro? Pedro, ¡no te oigo! ¿Dónde estás?, ¿qué no tienes cobertura? Ya ni contestas a mis mensajes ardientes.
Lucía, confusa y temblando, colgó la llamada y buscó más mensajes, uno ponía…
“Piter, llego mañana, recógeme en la estación a las 10 y te cuento. Qué nervios, lo voy a dejar todo por ella, pero es la mujer de mi vida… nos vemos golfo».
73-El encuentro. Por Malia,

De nuevo la atracción hacia lo desconocido, el dejarse llevar sin mirar más allá, rompiendo reglas… Un carácter ciertamente fuerte el de esta adúltera. Suerte.
No creo que el final de antonio debiera ser el que la adultera (como la llama hóskar) le asestó, creo que no era para tanto, por la forma en que la conoció y logró conquistarla, la mujer debió imaginarse la clase de lobo que era antonio. caperucitas: mucho cuidado