142-El encantador de abejas. Por Huma

Mientras sus manos manipulaban con calma el cierre de las contraventanas, Esteban no pudo dejar de pensar en lo triste que se sentiría su padre si las viese en aquel estado.

—Con un buen lijado y una capa de pintura quedarían como nuevas —se dijo en un susurro.

 

La posibilidad de trabajar con sus propias manos un trozo de naturaleza, domarlo, darle forma hasta lograr la pieza deseada, le transportaba a su infancia. El olor a serrín devolvía a su memoria la imagen de su padre, trabajador solitario y silencioso que le permitía estar a su lado, en su taller, con la única condición de permanecer callado. Cómo disfrutaba, sentado en su pequeño taburete de tres patas, contemplando a su progenitor transformando troncos sin forma en objetos reales.

—Lástima no tener tiempo para vosotras —exclamó Esteban al tiempo que pasaba la palma de su mano derecha por la madera.

 

El reloj de su muñeca marcaba las diez y cuarto de la noche. “Ya falta poco, mañana todo habrá terminado”, murmuró con tristeza mientras se abrochaba el cinturón de la bata, dispuesto a dormir con ella puesta. Apenas había llegado a la casa un par de horas antes y el frío acumulado en aquellas paredes cerradas durante tantos años le traspasaba los huesos. Casi treinta hacía ya que su padre había muerto.

Elegir aquel lugar y aquel momento para culminar su deseo le ayudaba a darle un sentido a su solitaria vida; todo comenzó en aquella casa y todo terminaría en el mismo lugar.

Tenía siete años cuando su madre murió, una enfermedad maldita le robó sus besos y sus cuidados cuando más la necesitaba. Sin tiempo para tristezas ni melancolías, su padre le envió a la capital a vivir con las hermanas solteras de su madre, dos mujeres amables y serviciales, plagadas de manías y supersticiones, que lo convirtieron en el ser asocial que era. Su padre no pudo o no quiso que regresase a su lado. Ni siquiera en vacaciones, ni cuando enfermó y murió solo en su habitación, pidió a su familia que le avisasen. Esteban jamás supo los motivos de tal abandono; bueno, quizá sí, aunque no quería reconocerlo. En una ocasión, espiando a sus tías, escuchó una conversación entrecortada entre ambas, en la que hablaban del enorme parecido del pequeño con su madre, su mismo color de pelo, sus ojos, su forma de sonreír. Las dos coincidían en lo difícil que les resultaba en ocasiones mirarlo, por ello entendían que el padre, roto de pena por la muerte de su amada, prefiriese mantenerlo lejos. Esteban jamás preguntó, prefería la duda a una confirmación con la que no podría vivir; su padre lo rechazaba, no lo quería cerca porque le causaba un dolor insoportable.

 

 

El nuevo día amaneció despejado, la primavera lucía en todo su esplendor, agasajando la vista y el olfato de quien la contemplase.

—No   está  mal  como  último   día,  me  gusta  que  el  cielo  azul  me  despida —sentenció Esteban, que se calzaba dispuesto a dar un paseo por los alrededores

 

 

¿Cuánto tiempo había pasado desde que aquel médico de mirada irritante leyó su sentencia, dos meses? Tal vez no tanto, el ajetreo de aquellas semanas le impedía concretar esos aspectos; días, horas, minutos, todo se entremezclaba. La decisión de no realizarse más pruebas, de renunciar a un tratamiento que quizás le curase, solo quizás, la venta del piso de sus tías, su herencia al morir ellas, la despedida de su antigua vida, si es que aquello era una vida, sobrino perfecto, estudiante ejemplar, trabajador exitoso, compañero de trabajo educado, correcto y servicial, vecino prudente y silencioso; por mucho que buscase, a nadie encontraría que hablase mal de él, ni una sola queja ni un solo defecto, pero… ni un solo amigo, ni una sola pareja, nadie, nadie a quien llamar al salir de aquella maldita consulta, nadie con quien llorar aquel injusto destino, nadie a quien contarle sus planes, nadie de quien despedirse al huir la ciudad. Su miedo a ser abandonado, a perder lo que amaba, condicionó su vida. Jamás dejó que nadie entrase en su espacio, si alguien lo intentó se encontró con una barrera de indiferencia y frialdad que le hizo retroceder para no regresar jamás.

 

Aquella mañana, sus pasos sin rumbo, guiados por un único deseo de despedida, le condujeron a la parte trasera de la casa donde un pequeño huerto abandonado trataba de rebelarse contra la maleza, luchando por defender su espacio y no ser invadido por las malas hierbas. Aquel lugar era el escondite favorito de su madre, en él se refugiaba cuando necesitaba tranquilidad y sosiego para su alma. Esteban recordaba como durante las últimas semanas de su enfermedad, cuando las medicinas no conseguían calmar su dolor, era aquel pequeño oasis el único que lograba devolver el brillo a sus ojos cansados y llorosos.

 

Un zumbido cadencioso y constante le devolvió a la realidad, obligando a sus recuerdos a regresar al pasado del que provenían. Lo que sus ojos contemplaron en ese momento le resultó difícil de creer; pequeños insectos caminaban por su ropa, por su pelo, recorrían sin prisa un espacio que parecían reconocer. Esteban no sabía qué pensar, ni qué hacer, el miedo atenazaba su cuerpo y le impedía moverse, sus músculos no le respondían, agarrotados por un pánico descontrolado. ¡Todo su cuerpo estaba cubierto de abejas!

 

—Tienes el don de tu madre —dijo una voz desde la entrada del camino. Era Mateo, su vecino—. A ella también la querían y respetaban, siempre la consideraron un miembro más de la colmena —explicó el anciano—. Mi esposa y yo conocíamos a tu madre desde que nació, siempre fuimos vecinos. Cuando era pequeña, jugaba con las abejas como lo haría una niña con sus compañeras del colegio, en ocasiones tenía tantas posadas en su pequeño cuerpo que desaparecía de la vista. Recuerdo que durante sus últimos días de vida se pasaba las horas pidiéndoles que te cuidasen, que velasen por ti, que te diesen todas las atenciones que ella ya no podría darte, sentía tanta pena por tener que dejarte solo… Cuando te fuiste a la ciudad con tus tías, desaparecieron más de la mitad de las abejas, mi mujer siempre pensó que habían ido en tu busca.

 

Mientras Mateo relataba sus recuerdos, una suave brisa provocada con el revoloteo de los insectos acariciaba el rostro de Esteban con la misma suavidad y ternura que el dulce beso de una madre sobre su recién nacido.

 El anciano espero durante unos instantes antes de continuar hablando.

—Te dejo aquí encima los papeles que tienes que firmar. —Mateo no se acercó al joven por miedo a la reacción del enjambre—. Con esto el trato quedará cerrado.

—¿Qué harán con la casa? —preguntó Esteban sin apartar los ojos de las abejas que caminaban por el reverso de su mano.

—Creo que unos apartamentos rurales. El proyecto es ampliar la casa y hacer habitaciones en el taller de tu padre, y ahí creo que van a poner una piscina.

—¿Y las colmenas? —inquirió Esteban—, ¿las seguiréis cuidando vosotros?

—No será posible, mi mujer y yo nos vamos a la ciudad, a casa de nuestra hija. Ya no estamos para vivir solos; la edad, ya sabes. Supongo que las destruirán, no es un buen reclamo para los turistas, les suelen dar miedo.

 

La alarma del reloj señaló a Esteban que tan solo faltaban cinco minutos para la hora acordada. Según su partida de nacimiento, su llegada a este mundo había sido a las diez menos veinte de la mañana, de un seis de abril, y esa hora y esa fecha eran las elegidas por él para abandonarlo; sin dolor, sin medicinas y sin enfermedades que le fuesen minando el cuerpo y el alma. Con desagrado recogió los documentos que Mateo le había dejado y, sin perder tiempo en despedirse de él, entró en el hogar de su infancia. A cada paso que daba en esa dirección, un puñado de abejas se separaban de él; con cada zancada unas pocas menos permanecían pegadas a su cuerpo, rozando con sus patas la piel de sus manos y de su cuello, transmitiendo con su cercanía una sensación desconocida para Esteban. Aquella complicidad no la recordaba con otro ser, excepto con su madre. Con el vuelo de la última abeja en dirección a su colmena, regresó  la sensación de angustia, la desazón y con ellas la tristeza.

 

Sentado en el borde de la cama, rodeado de todos aquellos frascos abiertos, Esteban miró el reloj para cerciorarse de que sus deseos se cumplirían.

—Es la hora —se dijo en voz alta.

 

 Su mano derecha se dirigía hacia la boca para introducir el primer puñado de pastillas, cuando una abeja despistada se coló por la ventana entreabierta. El diminuto insecto se posó en su brazo desnudo y lo recorrió sin pudor; sus pequeñas patas peludas acariciaron su piel, sellando en silencio una amistad que Esteban presintió duradera y real.

Contempló la danza del animal, perfectamente sincronizada y ensayada, y las manecillas del reloj avanzaron su camino sin detenerse por nada ni por nadie. Cuando el joven logró apartar la vista de su nueva amiga, ya pasaban veinte minutos de la hora señalada.

Con delicadeza acercó su brazo a la ventana y animó a la abeja a regresar con sus hermanas. Una vez comprobado que la dirección del vuelo era la correcta, Esteban cerró la cristalera, cogió los documentos que Mateo le había dejado, los unió a su carta de despedida y fue a la sala.

 

“Destruir las colmenas para hacer una piscina, qué estupidez”, se dijo Esteban  arrojando con rabia los papeles a la chimenea.

—Mañana llamaré al médico, seguro que podré comenzar el tratamiento desde aquí. —Esteban se asomó de nuevo a la ventana—. Tranquilas, no os volveré a dejar, os lo prometo.

 

 

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2 comentarios

  1. Otro hermoso relato lleno de poesía y con ritmo y cadencia, pero no son de los relatos que le gusten a nuestros compañeros, no hay sexo (aquí me contradigo un poco, puesto que en el relato que yo escribí hay algo de esto) no hay sangre, no hay luchas sociales, sólo hay belleza y creo que la mayoría estamos por la cultura de la fealdad. Te felicito Huma

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  2. Extraordinario cuento, magníficamente escrito, con el ritmo adecuado y sin giros tramposos. La sensibilidad de los animales está muy por encima de la de algunas personas. Te felciito por esta historia y te deseo mucha suerte.

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