Eusebia recoge los platos de la cena y los lleva a la cocina. Son las nueve, aún es temprano para acostarse por lo que decide continuar con su labor de crochet. Tuerce el gesto al coger la aguja de acero, le duelen las manos – debe ser la artrosis – piensa resignada. De hecho, también le falla la memoria últimamente, observa mientras se dirige a su dormitorio con la intención de tomarse la pastilla de después de cenar. Cuando llega, echa una mirada sin resultado al montón de medicinas que hay sobre la mesilla de noche. No se acuerda. Abre el pequeño cajón y revuelve el contenido, al principio con cuidado de no desordenarlo y al final sacando desesperadamente los calcetines y las medias y tirándolos al suelo. – “Pero, ¿qué estás buscando, Eusebia? ¡Maldita memoria!” – de un portazo cierra el cajón y se queda de rodillas intentando encontrar en el laberinto de su mente un nombre, una forma o el color de una caja de cartón. Una tos seca le hace volver la cabeza hacia la cama que hay junto a la suya: su marido se ha despertado con sus ruidos. Antonio es un amasijo de piel y huesos.
La mujer deja resbalar un par de lágrimas que atraviesan lentamente su piel ajada. “Si yo pierdo la cabeza, ¿quién cuidará a este hombre enfermo? “. Eusebia se acerca a su marido y le dedica una mirada lejana, aséptica. Con resignación mete sus zapatillas debajo de la cama, apaga la luz y sale de la habitación. Por el pasillo oscuro, Eusebia le pide a Dios que no permita que pierda la cabeza, la memoria. Hace días que observa que apenas retiene nada de lo que habla con las vecinas. Ni siquiera el nombre de la medicina que le recetó Don Anselmo.
Al llegar a la puerta de la cocina, la mujer entra y coge un paquete de la alacena y una olla de barro. “Mañana comeremos lentejas” – decide Eusebia intentando animarse un poco. Se sienta en la mesa de camilla y empieza a espulgar las legumbres. Cuando termina, se levanta con dificultad y, apoyando las manos en las caderas, se echa hacia atrás. ¡También la cintura le recuerda que ya tiene demasiados años!
De pronto, su vista se detiene en la pequeña fotografía que hay sobre el aparador que la tía Josefa le dejó al morir. Es de una niña. Es rubia y peinada con trenzas. Inmediatamente, su mirada recorre la habitación de un extremo a otro, estacionándose con extrañeza sobre el retrato en blanco y negro de un hombre joven que cuelga de un trozo de cable forrado con un cordón de seda. Eusebia pasea la mirada de una fotografía a otra sin cambiar la expresión de su cara ni encontrar la relación entre ambas. Se sienta de golpe y hunde su cara entre sus manos; toma un extremo del delantal y se seca las lágrimas; después, coge la fotografía entre sus dedos torcidos y llenos de nudos, como las ramas de un castaño.
Tras unos segundos en los que lo único que la mujer ve es el temblor del papel entre sus manos, empiezan a aparecer ante ella escenas superpuestas de lo que parece ser un recuerdo. Ve a la niña reír y saltar la comba con sus amigas. La niña de las trenzas comiendo castañas y boniatos. Es de noche y el cementerio esta lleno de gente paseando por entre sus crujías con cirios en las manos. ¡Es la fiesta de los Difuntos! Eusebia ha reconocido la escena y tira del ovillo de sus recuerdos con avidez. La niña es ella. Lo que no le cuadra es porqué sus ojos no dejan de ir al otro extremo de la habitación para mirar al joven de la foto.
En el reloj de la iglesia dan las diez. Pero Eusebia no piensa acostarse. Se sienta cómodamente en su mecedora de rejilla junto al cierro y echa a un lado el visillo de encaje que la tía Josefa le dejara al morir. La calle esta desierta. Mira de nuevo la fotografía de la niña y le parece que no ha pasado tanto tiempo desde aquella noche de mil novecientos cuarenta y dos.
La tía estaba enfadada. No quería que Eusebia se marchase al cementerio. Ni aunque fuese tradición que el día de los difuntos todo el pueblo se agolpase en torno a las tumbas de sus seres desaparecidos con sus cestas de castañas y boniatos. La niña le recriminaba entre lágrimas que todas sus amigas iban, y que las calles estaban llenas de velas y de gente contenta que iba a visitar a sus familiares muertos. “Además – argüía la niña – no llueve ni hace frío, tía, por favor”.
Un fuerte golpe en la puerta interrumpió la conversación. Era la tía Gloria, que venía del brazo de una vecina. Ella y la tía Josefa cruzaron unas miradas intensas mientras la recién llegada se ceñía la toca a la cintura. “Eusebia, hija, ve a mi casa de una carrera y no te entretengas. Cuando te abran la puerta, veras a dos hombres esperándote. Uno, ya lo conoces, es el tío Miguel. El otro es tu padre”. Eusebia se quedó inmóvil, con la mirada perdida entre las lozas blancas y negras del suelo. “¡Anda, ve! No quiero que se te haga tarde, ahora mismo las calles están llenas de gente”.
La tía Josefa colocó su toca de lana sobre los hombros de la niña y le abrió la puerta: “Date prisa, mi niña, te esperaré despierta. No tardes”
Eusebia empezó a andar deprisa, después a correr, hasta que, extenuada se detuvo frente al cementerio, jadeando y con las manos apoyadas en las rodillas. “¡Su padre! Pero, ¿no decían que estaba muerto? Madre le dijo que murió en una guerra cuando ella era aún muy pequeña. Por eso no se acordaba de él. ¡Cuando se enterase su amiga Antoñita! ¡Con la de veces que la había hecho llorar en el colegio diciéndole que ella no tenía padre! Se sentó en el banco de piedra más alejado de la verja del cementerio. Desde allí vio cómo entraba la gente del pueblo, con sus cirios encendidos en una mano y los cestos de comida en la otra. Cuando las campanas de la iglesia tocaron a muerto, Eusebia se acercó al camposanto. Cientos de lucecitas rojas, como ejércitos de luciérnagas llenaban el pequeño espacio. ¡Si la tía Josefa la viera!
Llena de remordimientos comenzó a correr y no paró hasta la plaza de la fuente de piedra. Sólo se oía el murmullo del agua. Tenía la boca seca por el esfuerzo y después de beber, se sentó en el poyo de la fuente a descansar. ¿Cómo estaría su padre? ¿Tendría canas y barba o sería calvo y sin dientes? Cuentan las vecinas que una vez en la taberna del pueblo al padre de Antoñita se le cayó al suelo la dentadura de tanto toser. ¡Que lástima que padre haya llegado ahora que madre está tan estropeada. Eusebia recuerda la hermosa trenza oscura que colgaba de la espalda de su madre. Su piel rosada y brillante. Ahora, su trenza es endeble y áspera como el esparto y su piel ya no brilla. Y cuando se ríe, Eusebia prefiere que no lo haga, enseña unos dientes amarillentos y deformes.
Si padre vive, entonces era verdad lo que dijo aquella vez la tía Josefa hablando en voz baja con las vecinas: “A Manuel le han llevado a un campo de trabajo, dicen que se cargó a un facha de esos”. Al día siguiente, Eusebia le dijo a Antoñita que ella sí que tenía padre, pero que no venía porque tenía mucho trabajo en un campo, pero que aún tenía buena facha. Aún resonaban en sus oídos las risotadas con que la niña respondió a su comentario.
Ya quedaba poco para llegar a casa de la tía Gloria. Al pasar por la casa del Damián, su perro, un labrador viejo y tullido, reconoció a Eusebia y le ladró contento. La niña le acarició el hocico. En ese momento se preguntó cómo serían las caricias de padre. Seguramente rascarían, como las del tío Miguel. Las manos de los hombres que conocía parecían estar hechas de astillas de madera.
Cuando se paró frente a la casa de su tía, la única luz de la calle era la que salía por la ventanuca de su cocina. Dio dos golpes y esperó. Al abrirse la puerta, se encontró con la escena que la tía Gloria le había descrito: Eran dos hombres, uno era el tío Miguel así que el otro debía ser su padre.
Los ojos del hombre, tristes al principio, fueron humedeciéndose y brillando al transcurrir los minutos. Eusebia se acercó decidida pero temerosa a su padre que, agachado, extendía los brazos hacia ella. Nunca había sentido nada igual. Parecía como si en vez de su cuerpo, fuese su corazón el que recibiese los abrazos de su padre. Como si sus dedos llenos de durezas escarbasen entre su piel y ahondasen tanto como para llegar a un lugar muy profundo dentro de ella. Un lugar secreto y desconocido pero muy cálido.
Eusebia empezó a llorar mientras su padre hacía lo mismo. ¡Así que eso era tener un padre! No se fijó en si tenía dientes postizos o estaba calvo, ni si tenía los dedos amarillos del tabaco como los del tío Miguel. Sólo tenía oídos para su llanto y tacto para la humedad de sus lágrimas.
Su madre llegó media hora más tarde acompañada por el tío Miguel, con una maleta de cartón en una mano y el cesto de castañas y boniatos en la otra. Se cruzaron unas miradas llenas de significados que la niña no entendió. Esa noche, Eusebia no volvió a casa de la tía Josefa. Ni esa, ni ninguna más. Sólo recuerda la palabra que más veces oyó decir a su madre desde que padre llegó: “Perdóname”.
Las campanas de la iglesia dan las tres de la mañana cuando Eusebia se despierta llorando. Apoyando sus manos en las caderas, se levanta con dificultad de la mecedora. Va directamente al aparador y coloca con cuidado su fotografía sobre él. Se da la vuelta y mira con veneración la del hombre joven que pende de la colgadura de seda. Besa la imagen de su padre y de camino a la cama sonríe.
Entra en su dormitorio, remete la ropa de cama de su marido y le besa en la frente. Saca sus zapatillas de debajo de la cama, por si mañana estuviera más animado y decidiera levantarse. Se mete en la cama y piensa que aun le queda mucho trabajo por hacer. Ahora que parece que su memoria le da un respiro, ve las cosas de otra manera. Irá de nuevo a que la vea Don Anselmo y hablará con Antoñita. Ella también se queja de esas pérdidas ocasionales de memoria. Cuando está a punto de dormirse, se levanta y va al salón. Ha olvidado echar las lentejas en remojo. Vuelve a su cama y se deja invadir por el sueño entre sonrisas.
146-La noche de los difuntos. Por Lokita,

Lokita: Juan Carlos Onetti decía: “No sacrifiquen la sinceridad literaria a nada.
Ni a la política ni al triunfo. Escriban siempre para ese otro, silencioso e implacable, que llevamos dentro y no es posible engañar.”
Tu escribes para tí, es por eso de la belleza y sinceridad de tu relato y es por eso también que no has tenido comentarios, porque no has escrito el cuento fácil, el cuento que va a darle por su lado a tanta gente que piensa que está «en lucha». No has escrito para un club de fans. Te felicito y ojalá, este mi comentario sirva para que tengas más gente que lea tu hermoso cuento y haga sus comentarios.
Precioso relato, repleto de ternura y de sensibilidad. Me encanta que la gente se acuerde de nuestros mayores, esos niños con achaques. Muchas gracias por compartirlo y mucha suerte.
Una historia llena de sentimientos contradictorios, triste y nostálgico, pero endulzado con castañas y boniatos. Muy bonito.
Suerte.