148-Anhelando la cruel soledad. Por Monsalud

      Al fin la encuentro. No ha sido una situación que digamos, sencilla… Tampoco agradable. Mi vida se había transformado en un tormento; un sufrimiento incesante. Toda mi alma era angustia y dolor… ¡Miedo!

Carmen, mi esposa… bueno, ex esposa, porque la dejé hará ya, dos años, más o menos, no lo ha llegado a comprender. Ella no concibe que nuestro matrimonio llorase su fin por una: “estupidez tan ridícula como ésa”, palabras textuales suyas. ¿Qué quería que hiciese?, ¿aguantar hasta que mi débil corazón gritase ¡basta!? Entiendo su cruel… sí, cruel enojo, pues para mí fue bastante despiadada conmigo. La respeto, también aguantó y sufrió lo suyo a mi lado… ¡Menos mal que ya no la quiero! Puedo parecer inhumano por mis palabras.

    Sé que Carmen es una mujer valiente y digna de admiración, al menos por mi parte.

<    El primer y, supongo, el más importante daño que le infligí fue la radical negativa que la impuse a tener hijos. Ella los anhelaba, deseaba poder abrazar y amamantar a unas criaturas salidas  de sus entrañas… Yo no, se me revolvía el estómago al pensar en ello. No los quería. Esta sinrazón por mi parte desembocaba en acaloradas discusiones. 

– Esa goma que tienes puesta, ya te la puedes ir quitando me decía cuando nos hallábamos debajo de las sábanas e íbamos a hacer el amor.

– No- rápidamente le contestaba-, ya sabes que por ahora no.
-Muy bien… muy bien me decía, ya cabreada- entonces vale que escondas tu grotesca “cosa” y me dejes en paz. – Se daba media vuelta agarrando fuertemente las sábanas entre suspiros y, deslizando por sus labios un «eres un egoísta”, me dejaba solo tras su blanquecina espalda.
Esta escena sucedía todas las noches, hasta que, vencida por el amor que me tenía, cesó en sus reivindicaciones anticondón y no me volvió a prohibir que me pusiese el preservativo. Cándida, había aceptado no tener descendencia. Hubiese sido más fácil mandarme a la puta calle y hallar a un hombre que convirtiese en realidad sus sueños maternos, en lugar de permanecer a mi lado y resistir mis agotadoras manías ¡El amor tiene la fuerza de mutar a las personas más sensatas en individuos débiles y mediocres! Si no, que me lo digan a mí, que todo lo que hecho ha sido por ese repugnante sentimiento.
Ahora, gracias al aislamiento que me he autoimpuesto, y a la lejanía con que observo lo sucedido en estos últimos años de mi vida, he llegado a analizar mi comportamiento de forma objetiva, o eso creo. Definitivamente, lo hecho está, y está bien hecho. Ya no sufro, sobrellevo mi carga pesada de forma… ¡tranquila! Sólo por mí, y para mí. Podré resultar un gran egocéntrico; o un ¡egoísta!, como me decía acusadoramente Carmen. Y tal vez sí que tenga algo de razón la mujer con la que me casé. Pero…

He llegado a la lacerante conclusión… de que la amistad es una ¡mentira! Sí, el ser humano es pusilánime (yo el que más)… Débil, que necesita siempre la compañía de otros de su especie para sentirse querido, amado, respetado, adulado… Para mí, todas esas filfas han pasado a engrosar los sentimientos olvidados de mi conciencia.

Tenía dos buenos amigos, los mejores amigos, como se suele decir: Robert y José. Compañeros inseparables desde la infancia, hermanos de no sangre cuya lealtad, camaradería y complicidad avalaban un afecto más consistente que la unión de parentesco. Todo eso ya ha acabado, lo decidí yo… Mañana hará tres años.
<   Los reuní en mi antigua casa, la que ahora ya es hogar sólo de mi ex. Llegaron a la vez, charlando y riéndose de los temas banales más de moda de la televisión. Les mandé sentar.

-¿Qué sucede? ¿Por qué nos apareces con ese careto?-me preguntó José.

-Sí. ¿Qué pasa?, ¿le ha sucedido algo a Carmen? se preocupó Robert. 

   -No, Carmen está bien, trabajando. Os he llamado pare deciros…. Para comunicaros, para -joder qué complicado era mandar a la mierda a estos dos…- que dejéis de llamarme para salir… No quiero volver a saber nada de vosotros, nuestra amistad ha terminado, “sefiní”… 

   Robert se echó a reír, no se lo creía; pero José, que era la sensiblería en persona, arrugó la cara y dijo: 
 
-¿Cómo es posible que puedas decir eso? Sé que no estás hablando en serio.

-Hablo muy en serio. No sé a qué viene esa cara…

José se levantó y anduvo por el salón con el mentón pegado en el pecho y negando con la cabeza.

Robert se acomodó pegado a mí, me miró atentamente como se mira a un enfermo moribundo.

    -Toni, Toni…- (yo me llamo así; bueno, Antonio es mi nombre, pero se me conoce como Toni-, pero ¿qué demonios te pasa? 

-Nada… nada, a mí nada; creo que hemos alcanzado el final de un ciclo y lo mejor es dejar de ser amigos. 

 
El final de un ciclo! – gritó afectado José-. Esto no es un equipo de fútbol. La hostia, Toni…, a ti te pasa algo. ¿Desde cuándo somos amigos? Por lo menos desde hace veinticinco años, y quieres cortar así…. tan… ¡de repente!

Así ¡no! Esto no era lo que yo esperaba. Por culpa de esos comentarios de José, decirles hasta nunca iba va a ser muy duro.
< Ya sabemos que te está afectando mucho el no tener trabajo, lo entendemos. Estar en el paro no es una situación agradable; para eso estamos los colegas, para animarte…

-No se trata del puto trabajo ni del maldito paro -corté a Robert, que seguro que iba a comenzar a darme una charla sobre la unidad de la amistad, lo bien que se siente uno teniendo un hombro donde llorar y unas cervezas que compartir. Pero no, este gato ya no caza más ratones en compañía-. Será mejor que os marchéis y no volváis a llamarme.

Robert seguía en sus trece:

Venga… no digas lo que no piensas, razona un poco…

-¡Cállate! -le grité levantándome del asiento-. Cállate… y largaos de mi casa.

-Eres un maldito… no vales una mierda, –
Así estaba mucho mejor, Robert comenzaba a odiarme. Eso es lo que buscaba, que me detestasen, que no me comparecieran ¡EL DESPRECIO! Para mí así sería más fácil olvidarlos.
Se fueron de mi casa y no regresaron nunca más. Sólo José hizo un pequeño intento por reanudar nuestra amistad por mediación de Carmen, y yo rápido, aniquilé esa posibilidad.

Escribiendo estas líneas no puedo negar que el recuerdo aún me hace llorar. Fueron muy buenos amigos…; sólo eso, nada más. Ya no significan nada para mí… por fortuna.
Lo más duro fue finiquitar mi matrimonio. Las lágrimas de mi ex todavía están clavadas en mi pecho, regando mi corazón, y sus últimas palabras aparecen de vez en cuando para torturarme y hacerme sentir culpable por los pecados cometidos con ella.

Determiné ser rápido. Cuantas menos explicaciones diese, mejor. Para mí, claro, para Carmen supongo que no. El odio, tarde o temprano se le irá pasando. Los humanos somos animales muy olvidadizos; casi, casi, sin conciencia, ni mala, ni buena. El tiempo todo lo borra y… un clavo quita a otro clavo, o a rey muerto rey puesto… y así una inacabada retahíla de refranes que justifican la crueldad, injusticia, insolidaridad y tropelías que cometemos. Puedo decir sin ningún tapujo que los animales más sanguinarios y tiranos somos los humanos ¡Cuánto habría ganado el planeta si no hubiésemos evolucionado! Ningún mal cometeríamos subidos en los árboles, comiéndonos las pulgas y follando todo el día sin el mínimo apego por los demás.

Sólo os diré que la última palabra que oí de Carmen fue: “egoísta”. Probablemente tenga razón. No, seguro que la lleva. Que yo sea un avaro sin sentimientos. ¡En eso me he convertido!…, en un cerdo, rompe corazones, rompe amistades, rompe pelot…

Mi existencia es solitaria. No es placentera, a nadie se la recomiendo, mas es la que he elegido. 
Me da pánico el sufrimiento, aunque el mío es el que menos. El padecimiento de la gente a la que amo, o amé; eso es lo que me hunde, lo que me ha llevado a querer la soledad. La soledad, nunca muere, y ésta es a la que deseo.

La primera vez que padecí un dolor provocado por terceras personas, sucedió el día en el que mi hermana tuvo un accidente. Jamás olvidaré cuando sonó mi móvil y mi madre llorando me contaba la tragedia. Luego, las largas e interminables horas de espera en el hospital, contemplar a toda la familia reunida, destrozada. Y después la siniestra noticia de su fallecimiento; más lloros, más lamentaciones, suspiros amargos…

Meses más tarde llegó la muerte de mi padre. El pobre no soportó la pérdida de su hija. Una cuerda y un árbol fueron los instrumentos utilizados para terminar con su dolor.

Volvió a sonar mi móvil, y las imágenes nunca olvidadas aparecieron de nuevo: más dolor, más pena, más sufrimiento, más…
La pesadumbre me pudría; debía ser fuerte, ayudar a mi madre, estar con ella…”La madre está destrozada por todo lo que le ha pasado, menos mal que tiene a Toni, que es un chaval fuerte… ” Fuerte, fuerte, y una mierda… Yo lloraba en solitario, me desgañitaba por culpa del dolor…; mas tenía que ser fuerte.

Conocí a Carmen, me enamoré. Mi madre también murió pocos años después. El dolor, aunque lo hubo, fue soportable gracias a mi esposa; me cuido, me mimó… ¡La quería! 

Hasta que el teléfono sonó de nuevo para comunicarme una nueva tragedia: Carmen había sufrido un accidente de tráfico. ¡No! Otra vez no. Reapareció la angustia, el miedo…

En los interminables días de hospital, un pensamiento abordó mi raciocinio. ¿Cómo no tener más sufrimientos? no queriendo,así de simple.

Cuando mi esposa, ya recuperada, me habló de su deseo de tener hijos, retornó en mí mi enemigo más odiado, el miedo. No lo podía permitir; qué pasaría si saliese enfermo, si le ocurriese algo, si… si… por circunstancias muriese. ¡NO! No deseaba sentir de nuevo esas amargas sensaciones.

Aún no estaba tranquilo. Sólo Robert, José y Carmen permanecían en mi corazón. Podría sucederles alguna desgracia. No podía pensar, ocuparme tranquilo de mis asuntos, ¡no podía vivir! de miedo. Tomé la determinación de romper mis amistades. Y lo que más me dolió fue terminar con mi matrimonio; decir, “hasta nunca” a Carmen. La amaba, me amaba, pero si llegase a ocurrirle algo, sé que no lo soportaría.

En estos momentos no tengo a nadie. Nadie por quien preocuparme, nadie a quien amar, nadie al que tenga cariño. El ser humano es olvidadizo, por eso he dejado de querer a mi ex. Ya no sufriré por sus dolores, ni por sus accidentes… Ni por los males de ella ni por los de ningún otro. Lo negativo de esta decisión es ¡la soledad! Es cruel, canalla, y a la vez débil. En cualquier momento se puede marchar, y se presentaría de nuevo la compañía… Eso es lo que no deseo.

Nunca más tendré teléfono. Esa endiablada musiquita me ha dejado marcado para los restos de mi patética vida. Siempre que oigo sonar a uno, me retornan a la mente recuerdos, malos recuerdos. Pensamientos funestos…

Sé que las decisiones que tomé no son las acertadas, puesto que también ahora sufro; pero son mis sufrimientos, sufro sólo por mi… cobardía.

    Soledad… desgraciada soledad.

 

 

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