93-Un par de señoras. Por La niña sin manos
Paula ocupó un taburete y gran parte de su trasero quedó suspendido en el aire. Pidió un café, encendió un cigarrillo y aprovechó el espejo de detrás del mostrador para retocarse el peinado.
Paula ocupó un taburete y gran parte de su trasero quedó suspendido en el aire. Pidió un café, encendió un cigarrillo y aprovechó el espejo de detrás del mostrador para retocarse el peinado.
Galileo describía el Universo como un libro escrito en el lenguaje de las matemáticas, un jeroglífico de figuras geométricas.
Hace un tiempo ya que Augustus decidió llamarse a si mismo Augusto, su nombre de emperador romano con el que lo habían llamado por tanto tiempo perdió su poder en la era en la que le tocaba vivir ahora.
A los pies de la cama de Pablo hay un baúl en el que vive el diablo. Es pequeño y panzudo, siempre vestido de rojo, con una capucha cayendo en pico sobre la estrecha frente, enmarcada por los negros cuernos en las sienes.
Mi padre me mira desde el otro lado de la mesa, no deja de gritar frases que yo no puedo entender. Mi madre calla mientras me deja el plato de sopa delante de mí, ella ya ha dejado de creer en aquellas palabras que un día le conté.
Sedujo mi mente novelera en cuanto la descubrí sobre el cansino tiovivo de la cinta de equipajes. Una maleta vetusta pero elegante; una valija de fuelles forrada de piel marrón con pegatinas de destinos insólitos, correa de hebilla como cinturón de castidad y cantoneras de cobre.