premio especial 2010

 

May 29

  Tantas veces cuando partimos no pensamos qué sucederá ni tampoco cuándo sucederá el regreso, es una incógnita que se deja al destino o al vuelo de una mosca para que lo resuelva después de cansarse de volar y posarse sobre el mantel de la mesa; pero aún más cuando la partida desde su inicio tiene el sello de definitoria, sin vueltas a la hoja, y que el retorno solamente ha de ser como el de ese efímero visitante, quien asumirá que todo puede ser o no puede ser o que podrá ser precisamente, cuando la aleatoria mosca dejase de planear, y logre posarse en el lugar preciso donde las providencias indican a su favor; como ganarse el premio de la lotería o que el jurado de un concurso halle tus escritos como el idóneo para ganarse el primer premio de la convocatoria.

           Así mismo fue como y, a pesar de las dificultades, después de diez largos años logré visitar a mi país; al que dejé en la distancia, en el remanso de las acontecimientos  y expectativas; muchas cosas habrían ocurrido desde aquel día en que partí en la madrugada y abordé un avión con rumbo norte, al vuelco insoslayable de hundirme en todo ese mar profundo e inmenso de las costum-bres, el idioma y la cultura diferentes a mis orígenes, para con todas las de la ley convertirme en un emigrante, en una diáspora que es más que ser emigrantes; porque en el caso nuestro somos un tanto parecidos al pueblo de los judíos; pero eso no es lo importante ahora, lo importante es que aun creyendo durante noches de insomnios y meses de sobresaltos que no volvería, porque después de tantos años todo lo intrínseco y dilecto, se habría disuelto en el desastre de los aconte-cimientos naturales o los engañosos del hombre; estoy de vuelta para visitar a mi país, con esa visión inevitable que se guarda en la memoria de retener el pasado casi intacto recorriendo las venas del cuerpo; sin embargo no hay capacidad para adivinar las cosas más pequeñas, las que más asombran y desarraigan el alma.

           Llegué por mi fin a mi ciudad natal, pero no era la misma ciudad que dejara inmersa en aquella madrugada de diez años antes, no sé que habría sucedido entre los encantos a la inversa de una revolución, en el desglose polí-tico de conceptos y, de las distorsiones de si caminar para atrás realmente no se abreviaran en la concepción de  la Filosofía,  en referencia con ese movimiento contrario al desarrollo; aunque la gente de mi país  absorbieron muy bien las teorías eistenianas, de que da lo mismo caminar hacia delante que hacia   atrás, porque en resumidas cuenta las cosas todas son relativas.

           Caramba ahora tenía a mi amigo José Martiano, con aquella gorra negra mirándome a los ojos, sonriéndome con su risa antigua, era lo único de su rostro que aún se agarraba en complicidad con mi memoria, sin embargo por lo demás no era la misma cosa, lo demás era una conspiración, una trampa que me hubiera tendido el tiempo, el hambre, las esperas interminables por llegar a que los problemas de la nación se decidieran, a que la Revolución comenzara a llamarse por otro nombre, y dejar de envejecerse en su propio  esqueleto dinosaurio de fó-sil, obstinado a seguir caminando con sus plantotas de pezuñas de hierro  en los siglos modernos; ahora José Martiniano me conocía  mucho más a mí, que lo que yo realmente podía sostenerlo a él con el mismo José Martiniano que se me quedara sujeto en la retentiva; coño que la metamorfosis extraña no sólo la tienen las ranas  y los insectos, que la gente de mi país se ha metamorfoseado complicadamente en estos últimos años. 

           Pero el primero que me recibió con sus brazos abiertos y carcomidos por los declives, fue mi pueblo natal, a quien no se le pudiera desprender más pedazos del que se le había desprendido ni faltarle más pintura en las fachadas, que las que en  treintitantos años no tuvieran para ungirlo de colores heterogéneos, únicamente habían mantenido la costumbre de escudriñar la intimidad de los vecinos y algunos socorrer  muy servilmente a los órganos policiales, para que estos persiguiesen sin trabajos insomnes a los depredadores de las ilógicas leyes establecidas. A mi madre por su parte no le alcanzaba la piel para mostrar sus huesos ni cabellos que no estuviesen teñidos de gris; tanta fuesen las nostalgias y las esperas, que ya casi los años se les huyeran en el intento inútil de no creer en la teoría de las posibilidades, la que sólo se fundara en el indicio   de volverme a tener sentado en el mismo sillón de hace diez años atrás; el perro Canelo no logró destacarme en su recuerdo, quizás por las decrepitudes lógicas de los perros viejos o porque este olor de foráneo  que yo traía insertado por  toda mi piel y la ropa, no fuera el cotidiano de sudores y desesperanzas, que andaba corriéndole hasta en la sangre a la gente de mi país. La solución era que yo por fin había regresado y, eso era lo importante, ni más ni menos que durante todos estos días de mi estancia, no sólo iba a tener la visita de mi ya extraviado amigo José Martiniano, quien ya no se convenía al que guardaba en mi memoria, al no ser su misma sonrisa antigua, porque las inclemencias propias de los deslices socialistas también como a muchos les hiriera la carne hasta arrugársela, al parecer como papeles ajados o envueltos por los dedos  frenéticos de los intercambios entre los que realmente son los buenos y quienes los malos; también tendría la presencia en mi puerta de los que nunca quisieron conocerme, los que me extirparon de sus agendas por no pensar como ellos, porque yo era un irreconciliable enemigo de las bucólicas enseñanzas de lo más perfecto y lo menos corrupto;  pero bueno, he regresado.  Y asimismo allí estaba María Magdalena, la misma de quince años atrás, con su mismo nombre y sus ojos enloquecedoramente verdes, mas el tiempo y los desmanes del antiquísimo socialismo, con sus abulias y peligros inminentes de guerra, racionamiento e incertidumbres; le habían dejado igualmente vestigios controvertibles, por lo cual tampoco era la misma María Magdalena; quise convidarla para encontrarnos en la noche, pero me dijo que estaba casada, aún así le insistí, porque nada era tan extraordinario como revivir los viejos tiempos, – recordar es volver a vivir-, le dije, y ella se sonrió sin decirme ni que sí ni que no, no obstante ya estábamos para encontrarnos en un sitio obscuro de la ciudad en esa misma noche; no sé  cómo estuve allí a la hora acordada y, a menos de veinte minutos se apareció María Magdalena, escondiendo los prematuros pliegues en su frente y a la orilla de los ojos enloquecedoramente verdes,  con el único talco y los maquillajes  que tuviese reservado para estas ocasiones; venía con su vestido de encaje negro transparente; el que yo le regalase quince años atrás en uno de sus cumpleaños; el perfume que traía  impregnado en el vestido, el brassier y todo su cuerpo me recordó aquellos tiempos en que los rusos nos llenaron las quincallas con sus Noches de Moscú o sus Noches Blancas de Leningrado; pero el asunto es que yo me hallaba aquí y no sé cómo se las arregló con su marido el Yuri, aunque según me dijo después, a éste lo tuvieran en reclusión militar por tres meses  continuos, en espera de que los yanquis algún día invadiesen al país; caminamos las calles como antes lo hacíamos, sin temores a que nos viesen o que alguien husmeara detrás de las puertas o las verjas de los patios para echar comentarios perspicaces; pero no creímos en las consecuencias y caminamos; mas  la conspiración no estuvo en la gente del pueblo; sino en el desahucio sempiterno del erario público: { el  único hotel en la ciudad natal después de las expropiaciones inherentes a los métodos de la bella Revolución, que yo dejase funcionando cuando partí en aquella madrugada,  estaba clausurado dos años atrás por resarcimientos generales; el inicuo motel de las afueras también habría cerrado sus puertas tres semanas antes a mi arribo, porque una plaga de fastidiosos anopluros lo tomasen por asalto desde los cubículos,  hasta el mismísimo mostrador donde vendían aquellos rones  infames, para energizar los inicios lascivos de las cópulas;} entonces me di cuenta que la metamorfosis era un fenómeno endémico; en aquel momento,  y Dios sabe que de habernos  frotado hasta la saciedad los pruritos de uno al otro, de afuera hacia adentro y desde lo más intrincado, a convertirnos  en erizos la piel; fuese aquella manigua cercana el único escape cómplice a tantos fuegos contenidos; María Magdalena  dejó impregnado de Noches de Moscú, coloretes y el talco de ocasión toda la hierba húmeda por el rocío de la noche, mi pantalón y la camisa, quienes sirvieron de sábana y almohada fortuitas; se surtieron de clorofilas y de las virtudes reptiles de María Magdalena; a pesar de todo fue una noche excepcional, como si Cristóbal Colón  todavía no hubiera descubierto a Las Américas y los indios e indias, desplazasen sus voluptuosidades sobre cualquier piedra o el monte más oportuno, en la tierra más hermosa que ojos humanos hubieran visto.

           Caminando en la mañana del cuarto día de visitas en mi pueblo natal,  me hallé muy cerca de la antigua estación de ferrocarriles,  desvencijada y la que en  mucho tiempo no recibía el bullicio cotidiano de los viajeros ni llegaban ni salían los trenes, desde que dejasen de humear definitivamente las fábricas azucareras de la zona o, cuando ya no habrían los recursos públicos para enlazar a los pueblos cercanos; toda una montaña de traviesas envueltas en las enramadas de los coralillos y los bejucos de hierba mala; alguien me dijo que estaban allí esperando el momento propicio en que las bombas, los aviones y los cañonazos del enemigo yanqui, destriparan las vías instaladas para el traslado de las tropas al frente de batalla, aquello más bien era para suplir con urgencia los desastres acaecidos de una guerra inminente e inevitable; no tuve otra que sonreírme a tanta ingenuidad impresa en la mente de mis coterráneos isleños; seguían viviendo los años de la guerra fría sin darse cuenta que ya su mundo, que ya las fábulas del conejo y la zanahoria se escondían en los anaqueles más polvorientos y olvidados de las bibliotecas universales. Un viejo que conocía desde mucho tiempo y a quien tampoco le reconocí de primer instante, al no ser  la obstinación de preservar las virtudes del demodé,  me obsequió con lujos de detalles la teoría de que aquella montaña  de traviesas para armar las líneas del ferrocarril, consumidas entre los coralillos y los bejucos de hierba mala, era la política más sensata para evitar los desconciertos de un ataque sorpresivo del delirante  enemigo del norte; me volví a asombrar; cómo podía ser posible que aquella gente de mi país, siguiera caminando sobre tales puentes de un solo tronco, sin percatarse de que en el mundo moderno y hasta en los menos modernos, se camina por los de muchos troncos; sin embargo después de culminar con todas las diversas posibilidades de que ese enemigo invisible, pero identificado en la satrapía  que perduraba por más de doscientos y tantos años entre Canadá y México, por casi más de nueve millones y pico de kilómetros cuadrados; les atacara de un momento a otro para quitarles el preciado tesoro de su Revolución; se puso muy compungido mientras me llenó las condescendencias de  los  adentros  para  que lo ayudase  con  algún dolarillo,  para   cubrir las viejas necesidades acumuladas.

           Estoy de vuelta del país de mis orígenes, veintiún días después de largos años sin visitarlo, fue un viaje a una nave antigua clavada en el fondo del mar, preñada de algas, y las medusas de un tiempo con raíces y muros casi inabordables.

218-El diagrama del regreso. Por Joseth Anlocuet Louet , 6.2 out of 10 based on 9 ratings

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3 Responses to “218-El diagrama del regreso. Por Joseth Anlocuet Louet”

  1. HÓSKAR WILD dice:

    Volver con la frente marchita, las medusas del tiempo platearon mi sien…
    Mucha suerte.

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  2. Antístenes dice:

    ¿No le parece algo excesivo ocupar 26 líneas en contar simplemente que el personaje vuelve a su país y que llega a su ciudad?…
    Suerte.

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  3. Luc dice:

    Extenuante cuento de párrafos montañosos.
    Los años como siglos de plomo.
    Suerte.

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