1. El asesino cruzó la calle. Encendió un cigarro y miró los cuadros de luz que provenían del edificio. Por la avenida bajaba una caravana de muchachos que salían de la discoteca, ocupaban la calle de una acera a la otra, vociferaban y daban traspiés en los desniveles del asfalto. El asesino recordó su adolescencia tronchada, las tardes de domingo, la matiné y las tertulias en el bar Malecón, donde lo desafiaban constantemente por cualquier tontería. Recordó el patio del colegio, la voz del director y los castigos en cruz arrodillado sobre el suelo. Esperó que cesara el bullicio, tiró el cigarro a la calle, contó los apartamentos y comenzó a subir las escaleras. Trató de no hacer ruido, pero era tal el silencio que sus pasos resonaban, aunque tuviera cuidado al caminar. Se detuvo en el tercer piso, una vecina abrió la ventana para ver quién llegaba a esa hora de la noche. El asesino se recostó a la pared, creyó que la vecina no pudo verlo y solo cuando esta cerró la ventana siguió en ascenso. Cada vez faltaba menos para llegar al octavo piso. La brisa del mar se colaba entre las escaleras y le producía escalofríos. Recordó la apuesta aquella noche de diciembre, el vestido celeste de Laura, su reputación en juego, las olas encabritadas que vomitaban espuma al chocar contra el diente de perro y la burla de todos cuando llegó a la meta de último, braceando sin fuerzas contra la fría corriente que le entumecía los pies y no lo dejaba avanzar. Se paró junto a la puerta, tomó un gancho de pelo y comenzó a forzar la cerradura. Adentro dormía la víctima. El asesinó esperó unos segundos hasta que los ojos se acostumbraran a la oscuridad de la sala. Afuera refulgía la luna, pero las mallas contra las ventanas no dejaban pasar la claridad. Caminó entre los muebles, sobre la mesita de centro estaba enmarcada una foto de la secundaria, junto a un cenicero vacío y una copa manchada de pintalabios. En la foto Laura abrazaba a la víctima, mientras esta mostraba su medalla de oro en el campeonato de natación. El asesinó sacó la navaja del bolsillo. Abrió la puerta del cuarto, se acercó a la cama y penetró las sábanas con el filo, una, dos, tres veces. La brisa del mar descorrió las cortinas y el asesino vio como la sangre bajaba por los bordes de la cama y trazaba surcos sobre las losetas en el suelo.
2. La vecina apagó el televisor. Preparó un vaso de leche caliente para conciliar el sueño.
–Que desperdicio de juventud- dijo al asomarse a la ventana y ver unos muchachos que vociferaban- en mi tiempo todo era distinto, solo teníamos las matinés y los paseos por el barrio las tardes de domingo, con eso era suficiente, ahora no hay decencia, no hay decencia.
Abrió la lata del azúcar y le echó dos cucharadas a la leche. Comprobó que todo estuviera en su lugar antes de acostarse y como cada noche sintió un poco de tristeza, miró la foto de su marido en la pared. Olvidó la cama, el vaso de leche. Se sentó en el sofá, abrió el álbum de fotos de la secundaria y detalló una por una, construyendo su historia, la historia que le hubiera gustado vivir.
En la primera foto aparecían todas las chicas al centro del patio en el colegio: -únanse un poco más- había dicho el fotógrafo –sonrían, ya voy-, ella estaba en la segunda fila, bien pegada a Susana: hombro con hombro, blusa con blusa, cadera con cadera.
Sentía ese ardor de Susana que le ponía los pelos de punta cada vez que la tenía tan de cerca: hombro con hombro, blusa con blusa, cadera con cadera.
En la primera fila despuntaba Laura, esa chica que siempre iba al colegio con un lazo azul celeste, esa que volvía locos a todos los varones y opacaba la belleza de las demás. La segunda fotografía había sido tomada durante el campeonato de natación, la vecina quería una foto con el ganador de la medalla de oro, pero aquella Laura no lo soltaba ni un segundo, tuvo que conformarse con el medallista de plata y aquel de bronce que tan mala cara tenía y que se fue del centro deportivo con un genio de los mil demonios. La tercera era una foto sin importancia, ya iba para la cuarta cuando sintió un ruido de pasos por las escaleras, se asomó a la ventana que da al pasillo pero no vio a nadie. Comprobó los cerrojos de la puerta, guardó el álbum de fotos y aún con la misma tristeza de antes, miró el retrato de su marido, tomó el vaso de leche y se fue a dormir.
3. La victima abrió la botella de vino y sirvió en dos copas, le entregó una a Laura y dijo:
-Hagamos un brindis a tu salud, que tengas mucha suerte en el viaje y que regreses con un par de buenos negocios. Los japoneses son muy astutos, pero tú eres la mejor.
-Ojalá todo salga bien- dijo Laura- chin chin, querido-. Chocaron las copas, la víctima dijo que pondría un poco de música:
-El taxi aún no ha llegado, nos quedan varios minutos- y se abrazaron al centro de la sala. La luna arrojaba luz sobre el balcón, la brisa del mar corría las cortinas. La víctima pensó que era esa una noche perfecta, como aquella en la costa, cuando cortó la superficie encabritada de las olas y llegó de primero a la meta, demostrándoles a todos que sería el campeón del colegio y que Laura, la chica azul celeste, solo podría ser para él. El taxi parqueó en la calle de enfrente y la víctima acompañó a Laura, le cargó las maletas y la despidió con un beso. De vuelta en la habitación oyó el ruido insoportable de unos muchachos que salían de la discoteca. Cerró las ventanas, apagó las luces, llevó la botella de vino hasta la cama y con el tercer trago quedó dormido.
El sueño lo desplazó de la costa al bar Malecón, donde en una noche de diciembre, después de media docena de botellas de cerveza, apostaba cualquier cosa en una competencia de nado sobre la fría superficie del mar. Cualquier cosa. Incluso a la chica azul celeste. La víctima movía con destreza los pies, mantenía el rostro bajo el agua, solo lo sacaba un instante después de diez brazadas, tomaba aire, volvía a hundirlo, cruzaba el mar bajo las olas, regresaba a la superficie y casi en la meta sintió que el frío se apoderaba de su abdomen cual si le encajaran láminas de hielo, una, dos, tres veces, sintió que su cuerpo se doblaba y en medio del silencio cayó al fondo del mar, mientras en la orilla, junto a la meta, todos esperaban verlo aparecer.
171- La superficie encabritada de las olas. Por Jacques de Sores,
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Historia escrita como un rompecabezas, que solamente después de varias lecturas he conseguido que encaje hasta llegar a reconocer con nitidez el escenario y sus protagonistas.
Es lo que se denomina prosa de hormigón: debe dársele tiempo para fraguar, hasta que la estructura se revele en toda su intencionalidad (con tres lecturas se me ha solidificado).
Lo valioso tarda más en aprehenderse.
Me ha recodado una de esas escenas magistrales y de una sola toma de Brian de Palma en alguna de sus películas.
Mucha suerte.
Detesto los relatos obvios y lineales, el tuyo no tiene nada de esto, es delirante el tiempo en que manejas, como en bloques que se mueven para tener contacto en algunos puntos, pero se amplia lo relevante del argumento gracias a lo fragmentario de los episodios, soberbio para mi gusto. Estoy confeccionando mi lista de relatos ya voy por…(«Sopas de vino», «Seis balas», «La mano invisible que mece la tumba», «Un hombre que contaba cuentos», «La caja de conciencia», «El vecino del quinto», «El espía», «Laburo, nomás») con el tuyo nueve y gracias por compartir tu relato te deseo mucha suerte, voy en busca del décimo, chau
Tiempos verbales descoordinados. De la utilización de los signos ortográficos mejor no teclear… Historia embrollada, pero que, repasada y corregida, puede llegar a «funcionar».
Suerte.
Tiene su «a qué» desde luego. Viva la libertad pero que un taxi «parqueo» se me escapa un poco por el localismo. Demasiado embrollado para mi gusto. Suerte
No creo que sea yo capaz de leerlo 3 veces como Luc hasta que se seque el cemento y lo entienda, sin embargo se me hace un relato original. suerte, ya estás en la lista de lucho x