Han pasado en silencio, caminando con paso firme uno a dos metros del otro, hacia la única mesa que estaba libre en ese momento como si estuviera esperándolos. Se han sentado sin decir una sola palabra, de cara a la puerta y al resto de la gente que hay en el bar. Cuando se ha acercado el camarero, el de bigote ha pedido algo de forma tajante, sin preguntarle al otro, que en ese momento miraba hacia el suelo con aire afligido.
Estoy sentado en la mesa de enfrente. Hay mucho humo y suena una música algo hipnótica, estilo Ambient. El bar está lleno de gente joven, y tengo la sensación de que no he sido el único en pensar que estos dos señores no terminan de encajar en este lugar. Me pregunto qué harán aquí. Podrían ser dos traficantes de droga que vienen a ajustar cuentas con alguien… Pero no, no tienen aspecto de traficantes. Tal vez quieran comprar el local para poner un negocio o una entidad bancaria. Igual son inspectores que buscan algún pequeño fallo para cerrarlo y así poder adquirirlo de forma más fácil. Echo otro trago de mi cerveza y los veo ahora deformados a través del cristal de mi vaso. Han comenzado a hablar en tono muy serio. Uno tiene el pelo canoso, lleva ropa de marca y es un hombre más bien delgado, con cierto aire de distinción a pesar de esa barba sin afeitar desde hace unos días. El otro tendrá algunos años menos, posiblemente alrededor de cincuenta, lleva un grueso bigote que se extiende a los lados, como de otra época, lo que hace que uno se fije algo menos en su incipiente calvicie; viste ropa más bien deportiva, pero impecable. Ahora acaba de abrir una carpeta de cuero y le está mostrando algo al otro. Tengo la sensación de que están haciendo negocios. El más mayor está mal. Eso cambia mis conjeturas y pienso que seguramente se siente amenazado por el otro, que le estará chantajeando en ese mismo momento. Por eso habrán entrado a un lugar donde no los pueda conocer nadie. Seguramente estará mostrándole las pruebas que ha conseguido para poder tenerlo en sus manos y poder pedirle algo a cambio, o tal vez le esté enseñando alguna foto de cuando lo pilló con su amante… Ahora el más mayor se levanta y sale del bar. Hace un momento vi cómo rasgaba el sobrecito de azúcar para echarlo en la taza sin mirar y después daba vueltas con la cucharilla durante un buen rato mientras el otro le hablaba, ahora se marcha dejándolo intacto encima de la mesa. Posiblemente va a intentar conseguir lo que le acaba de pedir. Quién sabe.
El amigo con el que había quedado se está retrasando y mi vaso se ha quedado vacío. En la mesa de al lado unas chicas me miran de reojo. Pienso en qué pensarán. Tal vez estarán haciendo conjeturas, igual que yo en ese mismo momento. El hombre del bigote ha vuelto a beber un trago de su café y se ha quedado con la mirada perdida, envuelto en su aire de misterio. Me ha vuelto a mirar esa chica. Tal vez se habrá preguntado qué hago allí solo, tomando una cerveza y observando a la gente. O igual me ha mirado pensando de mi algo parecido a lo que pienso yo de esos señores. Me siento un poco desarmado sin mi bebida, así que me decido a pedir otra caña.
Acaba de entrar el hombre mayor, lleva unos papeles en la mano y creo que también una foto. Ahora llaman al camarero. Le hablan señalando a la puerta. Después pagan y, al marcharse, veo que ponen un cartelito. Estoy deseando leer lo que pone en ese cartel, pero ya tengo la otra cerveza encima mesa y aún no puedo salir. Justo en ese momento entra mi amigo un poco arrebatado y me pide disculpas por su tardanza. Nos conocimos hace un par de días, cuando veníamos en el mismo autobús hacia esta ciudad. Los dos estamos de viaje recorriendo el país, estamos lejos del nuestro y hemos decidido compartir el hotel.
Ahora que me he relajado, le digo que he de levantarme un momento para hacer una llamada y salgo disimuladamente como hablando con el teléfono móvil. Las dos chicas también se han levantado para salir y la que me miraba me dirige una sonrisa que disuelve todas mis suspicacias. Disimuladamente me paro delante del cartel que han pegado los dos hombres misteriosos. Miro la foto y siento que me embarga una sensación de estupor. Miro a mi compañero que ahora está hablando con el camarero. Vuelvo a mirar a la foto. No estoy seguro, pero podría ser él. Comienzo a leer lo que pone debajo… “SI VEN A ESTE TIPO, HAGAN EL FAVOR DE LLAMAR A LA POLICÍA, SE TRATA DE UN ESTAFADOR PELIGROSO…” Estoy un poco confuso. Pienso en los dos hombres que acaban de salir, en todo lo que estaba pensando de ellos hasta ese momento, en las cosas que he dejado en la habitación del hotel, en mi compañero de mesa, en ese número al que no sé si debo llamar. Y pienso también en que a veces las cosas no son lo que parecen.
75- Nada es lo que parece. Por Walden Tres,

Acabo de leer tu relato al azar, no está nada mal; mantiene el interés y resulta ameno. Suerte. Te voto.
Simpático relato, muy bien llevado y efectivemente, no es lo que parecía.
Es divertido jugar a adivinar quién es quién en lugares públicos. Es un pasatiempo inocuo, casi infantil. Jugar a dejar espacios a la duda. Coquetear con el misterio. Mucha suerte.