Para un tipo solitario y huraño como él, la fuerza de la costumbre había acabado por convertirse en rito, como si necesitara de la reiteración de gestos y de horarios para sentirse arropado y seguro, cotidiano, a salvo en un mundo hostil hacia su persona y su desvencijado ego.
Hacía tiempo ya que cada día de su cotidianidad era un perfecto clon del anterior, sin el menor resquicio de novedad o cambio, ni siquiera en lo más nimio. Cada acción la llevaba a cabo a su hora exacta, cada cosa emplazada en su lugar concreto, pautada, milimétricamente. Esa pulcritud en el detalle, esa repetición de acciones, esa simetría en la ubicación de los objetos eran el único y poderoso sostén de su sosiego. Las toallas del baño perfectamente dobladas y estiradas en el toallero: a la izquierda la beige, a la derecha la blanca; la colonia y la espuma de afeitar con la marca del producto –siempre el mismo- mirándole a los ojos, la una detrás de la otra; el dentífrico y el cepillo dental, callados frente a frente en el ruedo del vaso, cabeza arriba, sobre la mustia soledad de la repisa; el despertador, digital, concienzudo y exacto en perversión de guiño; la lámpara impertérrita; el lifting matutino e incruento al edredón nórdico; la meticulosidad kafkiana del desayuno; la salida a la calle, siempre con el pie derecho; tomar –siempre como último pasajero- el autobús hacia el trabajo; leer los árboles; recontar los semáforos y, al caminar las calles, empezarse a preocupar por el maldito desorden sónico y el bullicio gestual de lo asimétrico.
Había oído decir, más de una vez, que tan reiterativas y metódicas acciones terminaban por acomodarse en la antesala de un siquiátrico, abrochadas a la camisa de fuerza de una perversión psicopatológica.
Tonterías, –pensaba Hermógenes- a esos insufribles teóricos de la mente quisiera verlos él reaccionar ante una experiencia de vida como la suya. La pérdida tan temprana y tan profunda –en la impericia médica de una simple apendicitis- de su añoradísima madre, le despertó de golpe a la inhóspita realidad de un mundo adulto, mientras le emborronaba el alma neonata a un niño de seis años. Porque su padre, a partir de entonces, hizo por él lo que pudo o lo que supo, sin saber si supo o si pudo hacer más de lo que hizo. Hasta que el alcohol interpretó en su nombre una mazurca oblicua de cipreses. Desde luego, lo que no supo nunca hacer aquel hombre -actor mediocre- fue interpretar, siquiera como figurante, el papel comprensivo de una madre.
El Seminario –con trece años y un día- trató de imbuirle en la doctrina de lo místico, del creerse y crearse un más allá que le aliviara un más acá destartalado; pero su dolor creció tan retorcido, que se lo guardó todo intacto en un arcón de odio secular, bajo una llave herida de silencios. El mismo arcón que, por grande, cobijó poco después otras experiencias de túrbida prosodia, como los insanos manoseos investidos de presunta candidez del hermano confesor –tan rosáceo como orondo- a solas y en atmósfera inusual con aquélla parafernalia de cirios y de inciensos.
Lo de Marina, su ex novia, fue otro golpe bajo, aunque distinto. Una mala experiencia en el amor es susceptible de cegar a cualquier mortal que a sus labios de carmín se asome. Aún así enterarse, al cabo de unos pocos meses, de que su sensual Marina atendía no mucho antes por Mariano, factor de RENFE, le mantuvo por un tiempo al borde del precipicio de ese arcón de rencores donde guardaba, sin aparente fecha de caducidad, las esquirlas atormentadas de los suicidios. Allí se le aparecen y se le agolpan un millón de dudas todavía, susurrándole en las noches de insomnio.
Demasiada adrenalina amarga y picuda hasta para un huérfano prematuro, ex seminarista, metódico, bajo, calvo y de provincias, con vocación tardía de ferroviario del siglo XXI.
Aquel arcón –de por sí grande- se le iba agrandando más y más a medida que crecían sus vivencias por esos mundos hostiles; y por mucho que aposentaba duelos y desgaires en aquel alma de conciencia oscura, seguía habiendo espacio todavía para más y más congoja.
Entrar, por oposición, en la Red Nacional de Ferrocarriles del Estado supuso para él un apreciable alivio de luto, ya que al cabo de pocos años consiguió por fin la ansiada plaza de maquinista. Y es que allí, la soledad de su cabina de mando, sin compañeros chismosos y suspicaces, la reiteración matemática de horarios y frecuencias, y el viaje a través de un mundo férreo y unidireccional encauzado en raíles, le aportaba a su mente monorrima las dosis imprescindibles de tranquilidad y de sosiego.
Hasta que Celso, el broker, -¡maldito hijo de mala pécora!- se fugó con sus ahorros en acciones preferentes al diez por ciento libre de impuestos, las suyas y las de otros tantos incautos como él que, cegados por la avaricia, olvidaron la sabiduría popular del refranero, en lo relativo a duros y a reales. Eso, y las apreturas hipotecarias sobrevenidas por la falta de efectivo, le traían acogotado y al borde del marasmo.
Nada –pensó- nada tenía que agradecerle a este ingrato mundo de los vivos, mientras controlaba las riendas de un pura sangre de acero con nombre de pájaro y tecnología punta, a doscientos cincuenta kilómetros por hora, trotando por la árida Meseta, camino de Madrid.
Y siempre por culpa de seres tan mezquinos como aquellos viajeros que transportaba a su grupa, repanchingados en sus asientos de cómodo desdén, entre los que podía imaginarse –seguro- a médicos de pulso errático, padres con manos firmes pero sin vocación, sacerdotes con vocación y manos firmes pero malditamente impuras, o Marianos ataviados de Marinas mintiéndole al corazón la verdad de su entrepierna. Todos leyendo ávidos la prensa, o presumiendo de móviles, o dilapidando su tiempo en agendas personales y ordenadores portátiles, tras un rictus inequívoco de triunfadores al uso que les engreía y engolaba de auto ego, como a dioses de un Olimpo de papel social o de papel moneda, tan falsos como el mismo Celso, el bróker.
-¡Malditos imbéciles!- rumió entre dientes, inyectados sus ojos en inquina, mientras aceleraba el tren con rabia hasta su más férreo galope.
La cercanía de la estación de Ávila le conminó en voz alta a decelerar la marcha, pero Hermógenes -por primera vez en su vida de estricta sumisión- se iba a atrever a desobedecer un mandato y a comulgar -también por vez primera- con el diablo vigoroso de la adrenalina del miedo.
La noticia en primera página de “El Norte de Castilla” aparecía obligadamente escueta y contundente: “AVE Valladolid – Madrid, choca violentamente con mercancías detenido en estación de Ávila. Cuantiosas víctimas”.
Hermógenes volvió de pronto en sí, sobrecogido, optó por cerrar su periódico mental rápidamente, abrir los ojos, palpar la realidad y apretar con firmeza la palanca del freno. La adrenalina pasó a ser entonces relincho de alazán, por la inercia del frenazo, y un griterío de pánico se desató en los vagones a sus espaldas, colmatando la atmosfera de insultos e improperios -hacia él y sus progenitores- en un improvisado orfeón de viajeros.
-¡Pandilla de cobardes! –masculló Hermógenes- si os acabo de perdonar la vida. ¿Y así me lo agradecéis, imbéciles?
Pero inmediatamente tornó a lo suyo. A sufrir callado la histeria de su historia, a seguir atesorando silencios en ese arcón obtuso, a alinear ideas, cepillos de dientes y toallas y –en último término- a limpiar el polvo a su colección callada de venganzas, que hacía tiempo tenía desatendida, con sitio también en aquel arcón sin nombre, grande y silencioso, en el fondo intemporal de su trastero de alma.
Y es que ése minuto, esos escasos segundos de desobediencia consciente, de intromisión diabólica, acababan de despertar en él una extraña querencia por volver a saborear los desfiladeros del miedo. Del suyo sí, pero también del de los otros, por una única vez, pero sentando un peligroso precedente.
El inequívoco sabor de la venganza, frío, paciente, meditado, curvo, delicioso…
Y prorrumpió en una estruendosa carcajada, mientras aposentaba delicadamente el M-8R-V 527 en los andenes de Chamartín, ahora que ya sabía dónde encontrar la llave inexistente con que abrir -para enmendar- aquel arcón ficticio de perversidad con hielo.
-Tal vez mañana… ¿por qué no? mañana, sí, mañana con el AVE de regreso a Valladolid… ¡ja ja ja ja ja!
216- Arcón de odio. Por Anny Zetto,
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¡Cuánto chiflado hay por ahí! Y, casi siempre, alguien de la curia agazapado en las sombras.
Mucha suerte.
A ver, Aniceto, ¿no se le ocurre una forma menos rebuscada de decir que su personaje es obsesivo compulsivo que esta?
“Esa pulcritud en el detalle, esa repetición de acciones, esa simetría en la ubicación de los objetos eran el único y poderoso sostén de su sosiego”.
Por favor, que esto no es un concurso de retórica, sino de relatos. Seamos más humildes y escribamos cosas interesantes y atractivas de por sí, sin necesidad de embadurnarlas en chantillí.
Para muestra, otro botón,
“Pero inmediatamente tornó a lo suyo. A sufrir callado la histeria de su historia, a seguir atesorando silencios en ese arcón obtuso, a alinear ideas, cepillos de dientes y toallas y –en último término- a limpiar el polvo a su colección callada de venganzas, que hacía tiempo tenía desatendida, con sitio también en aquel arcón sin nombre, grande y silencioso, en el fondo intemporal de su trastero de alma.”
Y no señalo más por no aburrir a la concurrencia.
Venga, haga un esfuerzo por ser más natural y verá qué bien le resulta el experimento.
Suerte.
Gracias HÓSKAR WILD por la amabilidad de tu paso y tu lectura. A la locura se puede llegar de mil maneras, aunque cuando se atesoran tantas, como le sucede al personaje de este relato, es casi obligado empezar a pensar en camisas de fuerza. Lo malo son los oficios en los que puedan agazaparse, desde donde clamar venganza para su desasosiego.
Un saludo.
Estimado Hank:
Antes que nada, que sepa que agradezco mucho su paso por mis letras, tanto como deberán estarlo el resto de compañeros a los que usted ha tenido la amabilidad y la paciencia de visitar para después contarlo.
Y ahí, en el contarlo es donde difiero algunas veces de sus juicios sumarísimos. Normal por otra parte, tan ingente labor de lectura crítica acaba por desbordar cualquier neurona. Y mi relato iba de un obsesivo compulsivo. ¡Qué cosas, Dios! Ya ve qué fácil es hacer juicios de valor equivocados. No se ofenda, no, que es sólo una broma inocente.
Un escritor de relatos es un contador de historias, lo sabe bien. Pero no de cualquier manera, ni coloquialmente –o quizá sí- porque el cómo lo haga ya será razón de su propio estilo. Que a usted le puede agradar o no, pero que no deja por eso de ser el suyo. Para telegramas o titulares de prensa ya hay otros medios ¿no le parece? Dotar al texto de fuerza expresiva, disfrutarlo mientras se lee sin esperar siquiera –o todavía- a conocer su desenlace, es lo que diferencia a un aspirante a escritor de un guionista de telenovelas de serie B. Si se desvincula la expresión escrita de la carga lírica o expresiva (que no retórica) aprovechando las posibilidades con que el rico vocabulario español nos agradece la pluma, entonces se pierde lo mejor. No se trata de tragar a dos carrillos para matar el hambre -como con su impaciencia usted podría dar a entender- no, sino de paladear mientras se lee. Desnudar del todo un texto de la fuerza agradecida de la palabra es peligroso. De tan simple se puede caer en el ridículo. Yo, cuando de lector me pongo delante de un relato, no quiero que me cuente la vecina del tercero – o quizá sí, pero no en este caso- asaltada por el reportero de turno con rulos y pantuflas cómo se les quemó la casa a los Fernández cuando ella regaba los geranios de madrugada ya ve usted, sino que le ponga nombre a las palabras de su texto para ponerme en vías de imaginar texturas. Si fuera en el comer, no está de más una pizza de vez en cuando, pero no me negará usted que un buen bacalao al ajo arriero –por decir algo sano y sin llegar a platos de cocina creativa- tiene más “fundamento”. Cuestión de paladar, es indudable. Allá usted con su cordura.
La naturalidad expresiva está en la piel de cada uno. La mía es esta; cuestión de costumbres. Aunque no soy el único. Fíjese que en un relato contiguo al mío le vienen a decir esto mismo que yo le apunto. Una máxima incuestionable: Cuánto más se habla (o más se escribe) más se hierra. Yo incluido. Por eso no es bueno creer que lo que uno piensa es universal. Lo digo por lo de no aburrir a la concurrencia, que dice usted no querer hacer si se extiende enumerando mis circunloquios. No se preocupe, escrito está; y los demás tampoco son tontos, no vaya usted a creer.
Pero no me haga mucho caso, Hank, que todo es opinable, y en literatura –no soy pretencioso, que yo no me incluyo en ella ni de aspirante- mucho más.
Un saludo amigo; y alabo y reconozco su esfuerzo lector y crítico, y el que por su motivo -quien más quien menos- acabe por aparecer a defender su estilo –como acabo de hacer yo ahora- asomando al sol del certamen estos cuernos de caracol adormecidos de indiferencia.
Aún así me sigue pareciendo positiva para mí y aleccionadora su crítica, no crea. Nos veremos en su relato. Hasta otra.
Rebate usted con acierto y cordura mis comentarios, Aniceto, y además lo hace con bastantes argumentos, aunque no todos correctos ni acertados, pero sí es meritorio defender el estilo propio y aunque no coincido en su visión de la literatura moderna, no puedo por menos que alabar las formas con las que ha contestado.
Más de uno de los que se limitan a dos tonterías para llenar el cupo deberían aprender de usted.
Gracias por su sinceridad y me alegrará leer su crítica a mi texto.
Un placer.
Si su objetivo ha sido el que no continuase con su historia tras leerle «…el dentífrico y el cepillo dental, callados frente a frente en el ruedo del vaso…», he de decir que no lo ha conseguido. Ha ocurrido tras «lámpara impertérrita» y «lifting «incruento»…
anny: a los que no nos convenció tu historia, bien podrías aplicarnos estas líneas que tú mismo escribiste:
-¡Pandilla de cobardes! -masculló Hermógenes- si os acabo de perdonar la vida. ¿Y así me lo agradecéis, imbéciles?
Pero inmediatamente tornó a lo suyo. A sufrir callado la histeria de su historia
He disfrutado tu relato y el comentario que le haces a Hank, tanto o más que el propio relato. Comparto plenamente lo que allí expresas pues también me deleito, como tú, en el sabor de las palabras y sus matices irisados. Entiendo que todo relato que se precie debe mantener un delicado equilibrio entre contenido y forma, de tal manera que ninguno prevalezca o predomine sobre su contrario. Al decir, ni huevo ni gallina, sino un buen caldo.
Ocurre que en esto de la literatura, como en casi todos los ámbitos de la vida, hay una tendencia irrefrenable hacia la simplificación, tal vez por comodidad, acaso por ignorancia, o prisa, o molicie ¡qué se yo!
Pero como no es lo mismo sencillez que simpleza se acaba cayendo, con demasiada frecuencia, en la vulgaridad. Y es que quienes defienden que los autores debemos escribir tal y como se habla en la calle, confunden la literatura con la crónica. Porque en la calle se habla de muchas maneras y casi todas pobres pues prima la urgencia en la comunicación. Sin embargo, la lectura nos brinda el sosiego necesario para la delectación, la degustación lenta del matiz, el descubrimiento del guiño que se oculta en cada palabra, su poliédrica inteligencia.
Es cierto que, por cuestiones de verosimilitud, el autor debe sujetarse en cada ocasión a las demandas del relato y adoptar, cual mimético camaleón, las formas que mejor se ajusten a ese milagro cotidiano que se establece entre escritor y lector (cuando ambos los son plenamente), que pone en comunicación inalámbrica y eterna dos almas alejadas por el tiempo y el espacio. Cuando el punzón de la palabra es capaz de pulsar y despertar esas emociones atávicas e inconscientes grabadas en nuestro común pasado colectivo y nos hace cómplices de la misma aventura vital. Eso es la literatura.
Desde luego entiendo que has acertado en tu relato con la elección del estilo y del vocabulario (pues al final todo es una cuestión electiva), ya que logras transmitir con precisión esa personalidad abigarrada y contradictoria del personaje. Enhorabuena.
Por último te invito a leer mi cuento, el 181, y te propongo que dejes allí tu opinión sincera sobre el mismo. Te lo agradecería mucho.
Un saludo cordial.
Se apropia usted de la paternidad de un cínico, amigo Antístenes, y trata de hacele honor comentario a comentario. La diferencia es que aquel griego tenía más bagaje cultural que lo que usted aparenta o deja entrever. Mire, le guste o no, la literatura nombra a sus autores por la capacidad que tienen de rendirle culto a la palabra, a la metáfora, al gesto, a la calidad del idioma que emplean, a la par que a las historias que cuentan. O quizá todo lo contrario, pero siempre adrede, intencionadamente. Entrar en los cánones de la perfecta prosa al uso no es mi motor de escritura, sino dotar de sentido lírico e imaginativo a lo que me viene a mostrar la prosa de lo cotidiano. Contar, sin más ni más, no me complace. Otra cosa es cómo le llegue a usted -a los demás- y opinen, como hace usted y los demás, en el sentido de sus propios gustos. Ahí le doy toda la razón. Pero no es bueno descalificar por el mero hecho de no entender o disentir de forma o fondo. Mi verbo lleva implícita una carga poética que a usted le distrae o le persuade de leer. Allá usted con su textura léxica, yo disfruto en el juego de los pormenores, donde los objetos son también parte del entramado de la historia y juegan a humanizarse y a sentirse vivos. Pero sólo es mi idea, apenas nada.
Buscaré su propia prosa para saber cuánto es usted de cínico.
Un saludo y gracias por su comentario.
Es «la ciudad» tan grande que se muestra autosuficiente para contestarse sola. La ciudad nunca duerme, lee y fagocita cuánto atrae.
El respeto a los demás y a sus opiniones es para mí lo primero. Disienta o no de las mismas, sean o no rebatibles. Nunca insulto ni menosprecio a nadie, por sistema, porque tampoco me gusta que lo hagan conmigo. Por eso no le aplicaría a ningún lector el párrafo extraído del relato que usted apunta. Bastante es ya que le lean a uno como para responder con salidas de pata de banco. Otra cosa es defender –por lógica- lo que uno ha escrito, exponiendo sus intenciones primeras y argumentando qué y cómo se propuso llevarlo a cabo. El resultado es opinión de los demás, y siempre respetable, hasta cuando duela. Gustarle a todo el mundo es imposible, pero no gustarle a nadie es del todo decepcionante.
Lo que sucede aquí es que no todo el mundo se expresa tras leer, y la opinión de unos pocos puede dar una visión sesgada. Como en todo, se manifiestan los más osados, los más críticos, los más inconformistas, el resto contempla y calla. Aunque la indiferencia es la peor de las críticas.
Siento verdaderamente que no le convenciera mi historia. Pero no, “la ciudad”, no hay insultos; agradezco su paso, su opinión y su guiño. Y ahora sí, soy yo quien retorna a la histeria de mi propia historia.
Gracias por su lectura y su opinión.
¡Brillante, brillante! De verdad que me alegro de que hayas creado a este personaje: muy carismático en pocas líneas.
Hay tantas lecturas y tantas críticas dentro del relato que me he quedado con ganas de mucho más (el párrafo 12 es brutal (al menos para mí))… De verdad que el vocabulario es espléndido y, para quién está acostumbrado a la lectura, no me parece complicado.
Me gustaría estar en contacto: para mí el concurso es importante (obviamente) pero lo prioritario es conocer a escritores con los que pueda compartir la pasión por la escritura.
Por lo demás, es una pena que haya lectores que confundan al personaje con el autor… Aunque, sin duda, lo peor es que haya personas que se dediquen a intentar dinamitar a sus compañeros por un concurso… Por lo menos aquí el señorito Hank ha tenido un poco de elegancia y ha escondido la cabeza a tiempo, eso sí, conservando algo de su indispensable prepotencia… Mira que atreverte a decir tonterías sobre un relato como éste, qué huevos (sí, sí, cada uno tiene su opinión, pero la tuya es interesada, no constructiva, que se te ve el plumero).
En fin, enhorabuena y saludos Anny Zetto, espero que no te haya incomodado mi comentario. Si tienes algún espacio donde publiques estaría encantado de conocerlo!
Nada más empezar a leer tu personaje me recordó al de «mejor imposible», una gran película y el tuyo un gran relato. Suerte
Mi querido Anny. No te lo tomes tan a pecho, cierto que nunca duermo y leo y fagocito cuanto atraigo. Me precio de tener tiempo (y no te creas que mucho) lo aprovecho para leer y escribir, que son dos cosas que me apasionan. Que bueno que te diste cuenta del guiño, de eso se trataba, igual hasta de arrancarte una leve sonrisa, pero no de insultarte o de ofenderte. siento mucho que así haya ocurrido, leí tu narración y simplemente no me gustó, celebro que a muchos les haya gustado y que hasta la consideren de lo mejorcito del certamen. A mí no me gusta el gazpacho y eso no quiere decir que no me guste la cocina española.
Hay cosas que si me han gustado como el cuento de Alba Longa, que por cierto contesta a mi entusiasta comentario y lo hace para «trece rosas» y yo, pues no me azoto. Tampoco me ofendí por los comentarios que a mi cuento hicieron Antistenes y Dominose (a lo mejor soy masoquista) Así es esto mi querido anny. Suerte
Un recorrido vital, más que un puro relato, con un estilo muy concreto (llevado sin muchos preámbulos ni contemplaciones a un nivel bastante avanzado), mediante el que han maniobrado con gran éxíto escritores de gama alta. Por ello ésta es ante todo una apuesta arriesgada que, a priori, me imagino que el autor ya espera que será comprendida por unos pero no por otros.
En fin, que cada cual escribe como le da la gana, y para el lector la disposición más pragmática es pensar que con cada cosa que lee se le ensancha el mundo.
Un gran comentario el tuyo Alba Longa, y lo suscribo por completo, porque independientemente de que tus aseveraciones -que son también las mías- pudieran ser rebatibles, el estilo y la corrección léxica, la forma y el fondo no dejan lugar a dudas. Y no lo digo porque estés en consonancia con mis premisas, sino porque aunque fuese todo lo contrario seguiría pensando lo mismo. No es cuestión de estar o no de acuerdo -la diferencia, además, enriquece- sino porque argumentas con inteligencia tus puntos de vista.
Detrás de tu atinada crónica se asoma una persona brillante y buena conversadora, amante de la lectura -entre otras artes- y con los ojos bien abiertos a todo lo que el mundo y sus alrededores acaba por depararnos. Lo demás es ilusión para contarlo.
Lo importante, sobre todo, es el cambio de pareceres.
Gracias por tu lectura y tu tiempo, y un abrazo.
Gracias por tu presencia y tus hermosas palabras «Ojalá vivieran Hodgson o Milton» y aunque reconozco que me halagan, también creo en conciencia, que son exageradas y no las merezco en absoluto. El escritor busca, muchas veces sobrepasado por la imaginación de sus personajes, en donde ubicar su ficción y con qué personajes asumir una historia como creíble, dudosa o concienzudamente descabellada, y aunque una y otros conserven algo -es inevitable y hasta grato- de la personalidad de su autor, precisamente la más divertida de las prebendas que tiene el escritor es que puede fantasear, jugar, elucubrar y atribuirse dotes de dios menor para ubicar y contar dónde y cómo mejor le parezca todo lo que su sapiencia o desmesura le cumpla. Lo demás, el reconocimiento, los premios, el anhelado éxito, será después otro escalón, otra vigilia.
Lo que es indudable es que quien pretende escribir, tiene que tener también la vocación de leer, y de enriquecer su vocabulario, siquiera para saber llamar a cada cosa por su nombre, aunque luego lo utilice o no lo utilice, en la medida que desee. Hasta para jurar en arameo hace falta estilo, ¿o no?
Desvelar aquí y ahora personalidades y lugares de escritura estaría en contra el anonimato de este certamen. Ya habrá tiempo, al finalizar el mismo, de ubicarse y ubicarnos.
Gracias y un abrazo.
Muchas gracias Ruiz de la Muela por tu paso por mi relato, y la por la aportación que haces al relacionarlo con esa película de Nicholson. La verdad es que no había caído en la cuenta. Tampoco he visto la película aunque conocía de su existencia, pero trataré de hacerlo ahora, picado ya por la cuiriosidad que tú me revelas.
Mis personajes nunca acostumbran a ser triunfadores de la vida, sino todo lo contrario. Mi escritura apunta, quizá por vocación -me lo voy a tener que hacer mirar, por si acaso- a personajes que deambulan las calles sin especial sobresalto, personas aparentemente normales, vulgares, cotidianos, con los que puedes cruzar un buenos días a la salida de cualquier panadería de barrio, o dictaminar a solas, en el ascensor, el clima del próximo trimestre. Los grandes héroes de las grandes mentiras improbables, acaban por cansarme la piel de aburrimiento. Y asumo el día a día, como el mejor botín de inspiración posible.
Un abrazo de gracias.
!Qué miedo me dá este conductor! Anny. Tengo que decirte que me ha gustado el relato y su forma de expresión; sus metáforas y esos juegos de palabras que nos hacen saborear la prosa. Mi estilo de escribir es distinto, pero cada uno escribimos como nos sale, ¿verdad?
Me lo he pasado en grande con los comentarios. Mucha suerte.
Me ha gustado mas el trazo del personaje que la historia, pero la historia me ha gustado mucho asi que…despejen la incognita.
Suerte!!
Gracias «la ciudad» por volver al relato y dejar evidencia de tus apreciaciones. Pero yo no estaba ofendido, no, sólo que me parecía poco clarificador tu comentario al texto, y el párrafo del mismo elegido como respuesta, por el propio contenido; aparte de que no te hubiera gustado el relato, como cláramente manifiestas, y yo acepto y te alabo por tu sinceridad. Para gustos se hicieron los colores, y hasta quienes se sueñan escritores. Se aprende más de una mala crítica que de una alabanza sin fundamento.
Sonrío contigo, alabo tu esfuerzo de tiempo y lectura y comparto contigo el gusto por la cocina española, gazpachos aparte.
Un abrazo.
Muy buena visión crítica Luc. Sintetizar estructura y pretensiones, de quien se atreve a publicar sus miedos literarios, hacen de tu ojo lector una lupa grande y concisa. Apoyo tu tésis (no buscada a priori) de recorrido vital más que relato, pero seguro que tú sabes que suele ser la historia quien obliga al escritor -por mucho que éste se niegue- antes que al contrario. Es empezar a tirar de la madeja y el personaje se emancipa del autor y pretende volar solo, o conducir trenes de RENFE con ínfulas de suicida vengador. Personajes de papel, sueños de blanco.
Gracias por tu comentario crítico.
Un abrazo.
Gracias Minerva por tu paso y tu comentario. No le temas a los suicidas que anuncian su decisión, son sólo seres timoratos que buscan la comprensión y el cariño que les negara la vida, quizá porque nunca se atrevieron a demandarlo de viva voz, o a salir ellos mismos en su busca sin esperar a que fueran los demás quienes se les acercaran a compadecer su entorno.
En todo caso, me sirvió de argumento para enhebrar este relato cariacontecido, crítico y algo irónico, que disgusta por igual -parece- a quienes lo alaban como a quienes lo denostan. Y eso no es del todo malo, lo peor es la indiferencia.
Afortunadamente cada quien busca su propio estilo de contar, y eso hace amplio y agradable el horizonte del concurso. Ya se sabe que en la varidad…
Un abrazo.
any: Ya no te dije en mi segundo comentario, pero volví a leer tu relato y ¿qué crees? no sólo me gustó, le encontré sentido. felicidades
La historia que cuenta el relato me ha gustado, la forma, menos. Desde mi punto de vista el abuso de adjetivos dificulta la lectura. De todas formas, creo que cada uno tiene un estilo, y haces bien en defender el tuyo.
Suerte en el certamen.
Gracias «Seres Entrópicos» por vuestra apreciación y vuestra visita. Es lo que tiene ser varios, que podéis consensuar vuestra opinión con vosotros mismos, y así nunca os equivocais a pesar de vuestro desorden aparente. Los que vivimos del singular, anunque tengamos varios «yos» acabamos siempre en el perfil de la duda, porque no tenemos con quien contrastar los gustos.
El galimatías que formulais tiene su miga, y yo -egoista- me quedo con la parte más favorable.
Siempre se aprende, hasta de la incertidumbre.
Un abrazo.
Gracias «la ciudad» por hacerte tan habitable. Parece que los semáforos están en el lugar de siempre y funcionando a pleno rendimiento. El tráfico es a veces como un relato parsimonioso que abunda en el epíteto (atasco) pero que deja disfrutar del panorama o del humo de los tubos de escape, según tendencias, y que obliga al conductor o al peatón a detenerse un momento y observar su entorno, observarse sí, por si le hubiera de importar tomar conciencia de seguir viviendo. Mañana…, mañana quizá ya sea mañana.
Un abrazo.
No es nada egoísta, todo en mi comentario era favorable 🙂
Gracias Roberta B. por tu visita y tu sincero comentario. Nadie dijo que leer un relato, o cualquier otra cosa, hubiera de ser facil. Leer es una diversión y dentro de ella se encuentra la dificultad o el disfrute de aprovechar las posibilidades infinitas que el idioma castellano proporciona. Jugar con la palabra, aprender de ella y con ella es ya en sí mismo un objetivo. Puede que mi relato abuse del adjetivo, que abusa, pero desde la idolatría que la palabra merece. Vulgarizar lo obvio hasta la deglución sencilla es tan miserable por parte del escritor como hacer pasar por la turmix un arroz con bogabante con tal de que se lo coma la prole de los vivos. Que se lo coma tal como está quien verdaderamente le guste y lo disfrute, y lo valore. No quiero hacer similititudes ni categorizar mi relato, no, es sólo un ejemplo de que no hay que tratar, por sistema, de que todo sea sencillo para todos. Será el lector y su voluntad de llegar al final de una lectura quien haga fácil o difícil la forma y el fondo de cada relato. Pocas cosas hay sencillas en la vida, todo cuesta un esfuerzo, no simplifiquemos tanto la prosa que rebajemos -sin querer- la categoría del arte.
No obstante, comparto contigo que mi relato abusa del adjetivo.
Un saludo.